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Reportaje:FUERA DE RUTA

La ciudad blanca entre volcanes

El convento de Santa Catalina y otros secretos de Arequipa

Jorge Eduardo Benavides

A mediados de 2002, el presidente Alejandro Toledo sufrió un serio descalabro cuando la población de Arequipa, furiosa por lo que consideraba un burdo engaño electoral, se lanzó a protestar contra la privatización de un par de empresas eléctricas de la región: gran parte de las calles del casco antiguo de la ciudad está empedrada, de manera que en la revuelta callejera que se inició por esos días se arrojaron aquellos antiguos adoquines contra el presidente y la ciudad quedó impracticable. Pero los mismos furiosos arequipeños volvieron luego para colocar los adoquines en su sitio, dejando así a la llamada Ciudad Blanca nuevamente como lo que es: el orgullo de sus habitantes, que se extasían frente a su verde campiña y ante los tres volcanes que -antes que una amenaza- parecen resguardarla de cualquier contingencia: el Chachani, el Pichupichu y el Misti, este último el verdadero emblema de los arequipeños. Todos rondan los 6.000 metros de altura.

Mil kilómetros al sur de Lima, la pujante Arequipa, donde nació Mario Vargas Llosa, conserva un casco histórico colorista y mestizo. Y un paisaje rotundo, rodeada de tres grandes volcanes.

Ese carácter beligerante e indómito, de un orgullo más bien algo áspero pero sincero -que en el resto de Perú mueve muchas veces a escarnio y risa... a pura envidia, que dicen los arequipeños-, ese orgullo de su ciudad, hace de Arequipa un lugar peculiar dentro de un país que oscila a menudo entre el desencanto y el fatalismo. No sólo por ese talante esponjado y orgulloso -República independiente de Arequipa, bromean por allí- ni por la franca disposición de los arequipeños para hacer de cicerones con sus visitantes, claro está, sino porque se trata de la segunda ciudad del país, con más de un millón de habitantes y con uno de los cascos antiguos más bellamente conservados del país.

Arequipa es el motor económico e industrial del sur peruano, rodeada de asentamientos mineros y paisajes de contundente belleza, pero el dinamismo de su sociedad no le ha desdibujado del todo un cierto aspecto de estampa finisecular, de ciudad remota y plácida, de dama coqueta y pretenciosa que se mira en el espejo de sus recuerdos: probablemente se trate de la ciudad más española de Perú, y en su viejo convento de Santa Catalina, por ejemplo, el visitante se sumerge de pronto en un dédalo de callejuelas andaluzas, donde el propio tiempo parece estancado y ahíto del sol intenso de esa Andalucía que es origen de muchas familias arequipeñas. La luz de esta ciudad salpicada de casas blancas como huesos mondados puede resultar muy familiar para los mediterráneos, pese a que la ciudad no tiene mar.

No es de extrañar: con 300 días de sol al año, Arequipa es una ciudad de clima seco y serrano, con temperaturas que no suben más allá de los 25 grados en verano ni bajan de los cinco en invierno, muy distinta de la agotadora humedad limeña, y es lo primero que uno advierte al llegar allí. El propio cielo -el hermoso cielo azul que pregona su himno- tiene una textura distinta, donde todo resulta de una nitidez inverosímil y cegadora que nos acompaña como un reverbero de ensueño al caminar por sus calles limpias, adoquinadas y silenciosas. Vale la pena hacerse con un plano de la ciudad y recorrer el pequeño casco antiguo visitando edificios puntuales: el Palacio de Justicia, la iglesia de Santa Teresa, la casa Tristán del Pozo, los claustros de la Compañía, dejándose llevar por su sopor de siesta y su paisaje ora español, ora andino: prácticamente desde cualquier punto de la ciudad se divisan los tres volcanes, imperturbablemente nevados.

Una pequeña excursión para visitar el molino de Sabandía resulta inexcusable: rescatado de sus ruinas, quedó plenamente terminado en 1973 y sigue funcionando como cuando se construyó en 1621. Por allí uno puede disfrutar, en cualquier de sus muchas picanterías, de los platos típicos de la región: el adobo, el pebre, la ocopa, el chupe de camarones o los famosos rocotos rellenos, estos últimos sólo aptos para paladares accesibles al picante...

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El barroco andino

Fundada en 1540, es decir, apenas cinco años después que Lima -con la que mantiene una encarnizada rivalidad-, sus pobladores tuvieron que soportar desde los albores de su historia el mal que de tanto en tanto asola la región: los terremotos. Una y otra vez levantada sobre sus escombros, Arequipa ha sabido conservar su identidad gracias también a que muchos de sus edificios más señalados han sido reconstruidos con una tozudez indómita. La ciudad, una clara muestra del barroco andino, se ha construido fundamentalmente con sillar, lava solidificada, de porosa textura y suaves tonos níveos: de ahí que Arequipa sea conocida como la Ciudad Blanca. Su catedral, solemne y algo pomposa, es uno de los principales edificios religiosos que se construyeron durante el siglo XIX, aunque la iglesia de la Compañía, muy cercana a la plaza Mayor, resulta más interesante: construida por primera vez en 1649 siguiendo los planos de la iglesia de Gesù, en Roma, es uno de los puntos de referencia al visitar esta ciudad, situada a 1.000 kilómetros al sur de la capital y a 2.360 metros sobre el nivel del mar.

Para los amantes de la aventura y el turismo todoterreno, el cañón del Colca -cuya profundidad, 1.150 metros, supera la del cañón del Colorado-, a 4.450 metros sobre el nivel del mar, resulta una cita impostergable. Existen numerosas ofertas para realizar esta excursión que ofrece no sólo la posibilidad de practicar rafting en las turbulentas y heladas aguas del río del mismo nombre, sino también para detenerse a observar el elegante vuelo de los cóndores y los nevados perpetuos de Ampato y Corupuna, así como los vestigios dejados por los collaguas, sus antiguos habitantes, y los pequeños poblados aledaños donde aún existe un decena de caseríos del siglo XVI y de clara influencia hispánica, como si el vértigo del progreso hubiera perdido el rumbo entre aquellas colosales montañas.

Jorge Eduardo Benavides (Perú, 1964) es autor de El año que rompí contigo (Alfaguara).

El laberíntico y enorme convento de Santa Catalina, cuya visita dura unas tres horas, fue fundado a finales del XVI.
El laberíntico y enorme convento de Santa Catalina, cuya visita dura unas tres horas, fue fundado a finales del XVI.ROGER VIOLLET

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos- Población: Arequipa tiene un millón de habitantes. Altitud: 2.350 metros de altura.- Prefijo telefónico: 00 51 54. Moneda: nuevo sol (un euro equivale a unos cuatro nuevos soles).Información- Oficina de turismo de Perú en Madrid (914 31 42 42).- www.peru.info.- Turismo de Arequipa (22 12 28; www.muniarequipa.gob.pe/turismo).

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