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Crítica:

Lecciones del porvenir

Michel Houellebecq aplica toda la acidez de su estilo a una historia de clones que, más allá de la ciencia-ficción, certifica la infelicidad y las contradicciones del ser humano.

Cita Houellebecq en la primera parte de La posibilidad de una isla la novela Desgracia, de Coetzee, y no es casual que lo haga, ya que ambas comparten el punto de partida argumental: la desazón amoroso-sexual de un hombre enfrentado a su declive. A partir de ahí cualquier parecido resulta ilusorio. Coetzee logra una novela austera, densamente trabada, en la que cada acontecimiento se despliega ante el lector con absoluta coherencia interna, mientras que Houellebecq construye un relato en el que la narración queda subordinada a la especulación de las ideas, a menudo contradictorias, que lo sostienen. Entendemos, por ejemplo, los conflictos de los personajes porque se nos explican, no porque los veamos. Señalar, sin embargo, a estas alturas ese déficit resulta superfluo teniendo en cuenta que sus tres novelas anteriores (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales y Plataforma) se resentían de lo mismo. Como superfluo resultaría, igualmente, juzgar el libro a la luz de lo que dichas ideas expresarían sobre la concepción del mundo de su autor. Que Houellebecq sea un novelista más bien discreto no entraña que, al enfrentarnos a sus textos, la única salida sea moralizar sobre su propia postura moral. Entre otras cosas, porque ésta nunca se muestra clara. Houellebecq no predica. Es un agitador vocacional, un desestabilizador de conciencias satisfechas, un pesimista furibundo que no sólo no cree que vivamos en el mejor de los mundos posibles sino que desconfía de que tal cosa, siquiera como mera especulación, sea posible. En ese sentido, es quizá el escritor actual que más radicalmente ha plasmado las contradicciones del ser contemporáneo; apresado en esa misma falta de certezas. Sería demasiado pedir, aunque leyéndolo sea imposible no desearlo y constatar que no lo es nos deje en consecuencia un regusto amargo, que además fuera mejor novelista.

LA POSIBILIDAD DE UNA ISLA

Michel Houellebecq

Traducción de Encarna Castejón

Alfaguara. Madrid, 2005

439 páginas. 20,50 euros

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En La posibilidad de una isla

abundan las obsesiones características de Houellebecq: el sexo, la religión, el éxito, la ciencia, los diferentes roles sexuales...; pero se percibe un salto considerable con respecto a sus novelas anteriores en su voluntad indagatoria. Aunque sigue haciendo gala de su ácida perspicacia al plasmar críticamente ciertos fenómenos sociales de hoy en día, en esta ocasión ataca directamente al ser humano despojado de toda concreción histórica y tomado, si es que eso es posible, en su más abstracta forma. Para ello, pone en pie una eficaz estructura que lo obliga a adentrarse en la ciencia-ficción creando dos narradores, Daniel1 y Daniel25 (hay un Daniel24, pero su intervención es menor), separados por dos mil años de historia y que son a la vez la misma persona, pues el más moderno es una replica genética con algunas modificaciones del primero. Uno vive en el mundo actual, dominado por las pasiones y con un constante miedo a la decrepitud y a la muerte, mientras que el otro vive en una hipotética sociedad futura en la que la muerte ha sido vencida y, con ella, las desestabilizadoras pasiones a las que comúnmente se echa la culpa de las zozobras humanas. Pues bien, ni uno ni otro son felices. El dilema humano, parece concluir Houellebecq, carece de solución; es una aporía (palabra, por cierto, que aparece por lo menos tres veces a lo largo del texto). O lo que es lo mismo: "El sufrimiento de los hombres no tendrá fin", ya que, como sostiene Daniel25 al final de su narración, "el simple hecho de existir ya es una desgracia". Palabras de pesimista que no sorprenderán a los houellebecqianos pero que cobran toda su entidad (y esto acaso sí sorprenda a más de uno) en una novela que a la vez contiene una desconcertante celebración de debilidades humanas tales como el amor y la amistad. Más curiosos aún son los numerosos guiños en los que Houellebecq parece mirarse a sí mismo: "El humorista asume la brutalidad del mundo y le responde con mayor brutalidad. Sin embargo, el resultado de su acción no es transformar el mundo, sino hacerlo aceptable convirtiendo la violencia en risa; y de paso, también, ganando bastante pasta".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de diciembre de 2005

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