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COLUMNA

Resistencia

Los actos de resistencia se están poniendo imposibles. Sobre todo porque, intoxicados como andamos con la sociedad del espectáculo, parece que no sabemos protestar contra algo si no vamos en bicicleta o nos tiramos al suelo como si fuéramos víctimas de un bombardeo o tocamos tambores. A algunos ya nos costaba levantar el puño, encender la clásica cerilla o alzar la voz para gritar consignas como para hacer este otro tipo de monerías en las que intervienen las habilidades psicomotrices. Para protestar en estos tiempos hay que hacer al menos un curso con Cristina Rota. Sin embargo, hay actos de resistencia discretos pero no menos encomiables: la cola que hacían, por ejemplo, este fin de semana decenas de familias para ver la exposición sobre Darwin en el Museo de Historia Natural de Nueva York, exposición que convierte al museo en el más vanguardista de la ciudad. Recuerdo que hace unos años se contaba como algo anecdótico que en las escuelas de Kansas se enseñaba el creacionismo. Los tiempos que vivimos nos demuestran que nunca hay que dar el progreso por supuesto. Durante estos años, el sector reaccionario se ha rearmado; viendo que el creacionismo podía sonar a cuento infantil, lo ha dotado de base científica con esa teoría del diseño inteligente, en la que consiguen hacer compatible venir del mono y creer en la mano divina. Es una manera de reconciliar a los americanos descarriados con la idea de Dios. Pero ahí estaban esos padres una mañana de domingo, guiando a sus niños por una sala llena de bichos, piedras, manuscritos, cartas familiares, señalándoles los tesoros de las vitrinas: Darwin, el hombre que viajó por el mundo preguntándose el porqué de la diversidad de las especies; Darwin, el hombre familiar, el padre al que se le murió su hija más querida. Estos dos aspectos fundamentales de su vida, sobre todo la muerte de la niña, le llevaron a la pérdida de la fe. En la exposición también se exhibe un vídeo en el que aparecen científicos que explican cómo creer en Dios y en Darwin no es imposible. Es sin duda una concesión a la galería. Porque lo que Darwin nos dice desde un imposible más allá es que él renunció a Dios. Su rostro enérgico, casi oculto por la barba blanca de santo laico, lidera esta silenciosa manifestación ciudadana, de alegre pero firme resistencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de noviembre de 2005