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AULAS

De la integración a la asimilación

El colegio El Puche de Almería cuenta con más alumnos marroquíes que autóctonos

Almería
De los cerca de 47.000 alumnos extranjeros que estudiaban el pasado curso en Andalucía, sólo el 9,26% lo hizo en centros concertados. La realidad demuestra que los inmigrantes se concentran en colegios públicos de barrios pobres que corren el peligro de convertirse en guetos. EL PAÍS ha visitado dos de estos centros en Almería y Granada.

Son las 10.30 de la mañana y en el comedor del Colegio Público El Puche, en el barrio de Almería del mismo nombre, siete alumnos preparan las mesas. Allí están Farid, Milod, Ikram, Fatijha, Jamira, Sara y Dani, el único español del grupo y de etnia gitana. Este grupo da cuenta de las proporciones numéricas del centro: 48% de niños gitanos y 52% de magrebíes. En algunas aulas hasta el 64% son musulmanes.

El Puche es un barrio marginal,territorio de nadie donde camellos, prostitutas y delincuentes de poca monta tienen su refugio. Sólo 15 años atrás el barrio era un gueto gitano que muchos han ido abandonando para dar paso a otros aún más marginados: los inmigrantes. A juicio del director del centro, Adolfo Magán, la escala de valores de sus alumnos es "algo diferente" a la del resto de la ciudad.

"Ellos entienden la vida de una manera. La relación entre ellos es regular. Hay unas connotaciones que no tienen otros colegios. Si ya esto era un gueto dentro de Almería ahora hay un gueto dentro de otro gueto. Son dos culturas diferentes y eso marca a las personas. Difícilmente una mayoría se integra en una minoría", aprecia.

Ikram y Fatijha, mientras ponen la mesa, esbozan con inocencia lo que el director ha expuesto: "Los niños son muy malos. Les ponen chinchetas a los maestros y son los que se pelean. Los españoles les pegan a los árabes porque no quieren que vengamos a su país", resumen.

En este colegio hay dos recreos de 15 minutos para evitar que de tiempo a excusas que desencadenen conflictos. "Mientras salen, se comen el bocata y empiezan a jugar vuelve a tocar el timbre. Así no se pelean", apunta Magán.

La marginalidad que se respira en el barrio se desvanece, no obstante, cuando se entra en el colegio cuyos problemas de disciplina son "los mismos" que los de cualquier otro centro de Primaria. María Jesús García Escarabajal es profesora de quinto y sexto de Primaria y lleva en el centro 20 años. Desde su percepción, el colegio puede mejorar con más apoyo en recursos humanos, que no materiales.

"En clase no tenemos problemas para trabajar con los magrebíes. Sus padres responden muy bien y apenas hay absentismo, algo que no ocurre con los gitanos. Los árabes no faltan a clase. Pero sería deseable bajar la ratio de las aulas, muchas de las cuales tiene 25 y 23 alumnos. Lo deseable sería llegar a 18 o 20. En los años que llevo, puedo decir que hay promociones buenas y menos buenas. Pero este no es un centro con niños que tengan un rendimiento escolar bajo", asegura la maestra.

Más allá del estigma que los alumnos de El Puche puedan padecer por vivir donde viven, lo cierto es que el abandono por parte del Ayuntamiento de Almería para el mantenimiento del centro es absoluto. El colegio no tiene pistas deportivas, no existe un parque infantil para los niños de preescolar, ni columpios. El Consistorio tampoco han pintado el interior del recibidor, cuyas losas se vinieron abajo; ni ha podado el jardín desde hace dos años.

El feísmo que rodea a la escuela contrasta con el servicio y la atención que reciben los alumnos en su interior: el centro dispone de una biblioteca de 5.000 volúmenes, un servicio de comedor con cocina propia gratuito para todos los alumnos, dos aulas temporales de Adaptación Lingüística, dos aulas de Informática y un plan de acompañamiento al alumnado a través de monitores educativos de ayuda al estudio fuera del horario escolar para cuatro grupos de alumnos de 5º y 6º de Primaria.

A Mina, inmigrante marroquí madre de la alumna Yasmín, de cinco años, las prestaciones del colegio no la entusiasman. Ella no oculta su incomodo por el centro donde su pequeña está matriculada. "No estoy muy contenta porque hay muchos gitanos. Estoy obligada a vivir en El Puche y ella tiene que ir allí. Los gitanos pegan a mi hija", confiesa la mujer. El marido de Mina compró la casa donde ahora viven hace seis años por 2.400 euros. "La compré barata, por eso no puedo vivir en otro lado", reconoce.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de noviembre de 2005