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MI AVENTURA | ESCAPADAS

Un trío de oro

A LO LARGO de 1.500 años, los desiertos de Asia Central fueron una importante vía comercial y cultural entre Oriente y Occidente. Audaces caravaneros se adentraron en estos caminos polvorientos y encontraron fabulosas ciudades. Sus historias se transmitieron boca a boca y se forjó la leyenda de la Ruta de la Seda, cuyas míticas ciudades fascinaron a viajeros, peregrinos y mercaderes de todo el mundo. Samarkanda, Bujara y Jiva son tres de ellas, y este verano he tenido la suerte de recorrerlas en un grupo de buenos amigos.

El poderoso Tamerlán, Timur El Cojo, un turco-mongol que se consideraba descendiente de Gengis Jan, convirtió Samarkanda en el centro del mundo. La espléndida plaza del Registán, el corazón del mito, está enmarcada por tres escuelas coránicas flanqueadas por afilados minaretes y decoradas por miles de relucientes azulejos y cúpulas turquesa.

La noble Bujara aún conserva su aire medieval pese a su turbulenta historia. Estanques públicos rodeados de centenarias moreras; bazares cubiertos con multitud de cúpulas; casas de baños, caravasares donde se refugiaban comerciantes y viajeros, mezquitas y medersas a la sombra de minaretes con cenefas y dibujos geométricos, convierten la ciudad en una de las joyas de la gran ruta entre Roma y Xian.

Jiva es un oasis con un conjunto monumental impresionante. Aunque se considera un museo al aire libre falto de vida, la población vive en pequeñas casas de barro escondidas entre antiguas medersas, mezquitas y minaretes, protegidos por una muralla de dos kilómetros de longitud y ocho de altura.

Ciudades que siguen fascinando a quienes se atreven a recorrer la Ruta de la Seda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de noviembre de 2005