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Necrológica:

Sergio Citti, director, guionista y actor de cine

El director, guionista y actor italiano Sergio Citti, amigo personal y colaborador habitual de Pier Paolo Pasolini, murió el pasado jueves, 13 de octubre, en Roma a los 72 años, a causa de una dolencia cardiaca.

Sergio Citti nació en 1933 en Fiumicino, Roma, un distrito en el que habitaban los sustratos más bajos de la clase obrera italiana, y dio sus primeros pasos en el mundo artístico a mediados de los años cincuenta, tras entablar amistad con Pasolini, a quien siempre mostró respeto y admiración; la relación entre ambos viviría en el cine y sólo concluiría tras el terrible asesinato del cineasta boloñés. Precisamente, los abogados de Pasolini exigieron la reapertura del caso el pasado mes de mayo, en este año en que se cumple el 30º aniversario del crimen, y Citti sostuvo públicamente, en declaraciones al Corriere della Sera y otros medios de comunicación, su convencimiento de que el crimen era el resultado de un complot enmarcado en una trama política.

Citti no entregó su primera película como director hasta el año 1970: Ostia, una reflexión sobre las constantes temáticas que siempre acompañaron su obra, como la complicidad masculina, la ambigüedad latente e inevitable en las relaciones familiares, la angustia existencial y la ardorosa denuncia en favor de los desfavorecidos; sin embargo, la llegada de Citti al mundo del séptimo arte había tenido lugar muchos años antes, con sus trabajos como dialoguista para Fellini en Las noches de Cabiria (1957) y como guionista no acreditado en La notte Brava (1959), de Mauro Bolognini y en Morte di un amico (1960), de Franco Rossi.

1960 se convierte en una fecha clave en su carrera: es el año en que Pier Paolo Pasolini convulsiona el cine italiano al entregar su explosivo debut cinematográfico, Accatone, escrito a cuatro manos junto con Sergio Citti, en la que éste colaboraba como actor junto a su hermano Franco, que interpretaba al personaje protagonista. Tras ella, llegaría la inolvidable Mamma Roma, en la que Citti aportaría una reseñable labor como ayudante en la creación de los diálogos.

Esos diálogos secos, concisos y al mismo tiempo vivos, naturales, puramente romanos, que serían una de las características más brillantes de un autor inimitable y que en esta obra engrandecían a una impagable Anna Magnani, así como, de nuevo, a su hermano Franco Citti. Desde entonces, la pluma de Sergio Citti se pondría al servicio de los nombres estelares del cine italiano, desde el Bertolucci de La commare secca (1962) hasta el Ettore Scola de Brutos, feos y malos (1976), incluyendo nuevas y polémicas asociaciones con Pasolini, como en la tan deslumbrante como conflictiva Saló o los 120 días de Sodoma (1976), un brutal retrato de los abusos fascistas y una de las obras más revulsivas y salvajes de la historia del cine.

Sin embargo, a Sergio Citti se le quedaba pequeña una labor creativa que se limitase a las páginas del guión y a alguna ocasional intervención ante la cámara. También quería un lugar detrás de ella y de la inevitable mano de Pasolini trabajaría como director de la segunda unidad en varios de los filmes del maestro: Pajarracos y pajaritos, Pocilga, Medea, Los cuentos de Canterbury, entre otros, llevan tras de sí la labor de un artista total, de un hombre implicado en todos los procesos de la creación artística, de un sujeto inquieto y comprometido, que también entendía el cine como uno de los medios más importantes de lucha antiburguesa.

La labor como director de Citti resulta breve, pero intensa, y enmarcada siempre dentro de una trayectoria por completo independiente, alejada de intenciones comerciales: un total de 12 películas que desvelan a un autor atento y equilibrado, de firme talento para la puesta en escena, capaz de moverse con habilidad en terrenos dispares.

Storie scelerate (1973), su segunda película, tras su debut con Ostia, viajaba con sorna a la Roma papal del siglo XIX. Cuatro años más tarde, en 1977 abordaba situaciones cómicas repletas de referencias sexuales, rodadas íntegramente en el interior de una caseta playera, en La caseta de la risa (1977); tras Due pezzi di pane e Il Minestrone, entró en un período de siete años de retiro como director, que rompió en 1989 con la entrañable Mortacci, una historia compuesta por varios episodios independientes y ambientada en un cementerio, a la que siguió, de nuevo siete años después, I magi randagi.

En 1996, en la recta final de su carrera, dirigiría junto con su hermano Franco Cartoni animati y en 2001, aún activo, daría órdenes a dos monumentos actorales como Giancarlo Giannini y Harvey Keitel en Vipera, un nuevo relato ambientado en el mundo del subprolatariado en el que tomaba abierto partido por los personajes desclasados y marginales, fiel a su máxima combativa y a su confesada idea de que los relatos cinematográficos no deben ser instrumentos creados con la sola finalidad de proporcionar evasión, sino instrumentos de lucha, de toma de partido en busca de la agitación de las conciencias.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de octubre de 2005