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Reportaje:

La bienal hidrófila

La tercera edición de la Bienal de Valencia, que se presenta hasta el 20 de noviembre, ha sido realizada en un formato mucho más reducido que las anteriores. El tema central de este año es el agua y cuenta con obras de 44 artistas instaladas en su mayoría en el convento del Carmen.

La III Bienal de Valencia se acaba de abrir con lo que para muchos representa una buena noticia: ha pasado de contar con un presupuesto de once millones de euros a otro de menos de tres. Esta drástica cura de adelgazamiento parece obligar, en principio, a cambiar las actitudes. Exige evitar la tentación de la grandilocuencia y el despilfarro, y obliga, sobre todo, a concentrar más las cosas y los esfuerzos, y a aguzar el ingenio. A este respecto, uno empieza por preguntarse si el un tanto cursi motto elegido para el evento -Agua (sin ti no soy)- ha resultado una opción realmente afortunada. Desde luego, todos somos conscientes de la importancia del líquido elemento como fuente de vida (y de muerte). Ni siquiera es necesario que el responsable último de la muestra -el, por lo visto, inevitable Luigi Settembrini- nos recuerde el llamamiento de la ONU sobre el problema del agua, ni que se nos remita a la filosofía de Tales de Mileto; ni mucho menos, por cierto, al dictum de Mao acerca de las ventajas de hallarse "como un pez en el agua".

Lo que salta a la vista es la escasa relación que muchas de estas obras tienen con el agua en ninguno de sus estados

A propósito de peces: la exposición principal (o única), organizada por el francés Franck Gautherot y la coreana Seungduk Kim, lleva por título Reflexiones de un pez en el mar profundo: se diría que aquí el peligro estriba en confundir la natación abisal con la profundidad de la reflexión por ella propiciada. No sólo, como se sabe, los peces carecen de memoria, sino que cuanto más profundo se nada, menos luz se tiene. Por eso no es raro que muchas de esas reflexiones artísticas tiendan a permanecer en la mera superficie, para no hundirse tristemente hasta el fondo. En la exposición participan cuarenta y cuatro artistas de todo sesgo y de muy diferente interés. Se divide en seis secciones, que paso a describirles en forma de ékphrasis -al viejo estilo de Filóstrato- para que se hagan una idea.

La primera de ellas, bautizada como Niebla tropical, resulta acaso un tanto incoherente, al menos en la medida en que incluye trabajos musicales de Arto Lindsay, junto a obras vagamente lúdicas e ingenuistas de Yakoi Kusama (formas blandas e irregulares llenas de aire); esculturas geométricas evocativas de figuras naturales realizadas por Moon Shin; nubes algo banales de Denis Santachiara, una instalación más bien decorativa de Lynda Benglis y, vaya usted a saber por qué, una pequeña selección de esculturas de Andreu Alfaro que, con independencia de su indudable valor intrínseco, es bastante obvio que no tienen absolutamente nada que ver -pero nada- ni con la niebla ni con el trópico.

La segunda sección, Isla de clausura, no se nos ofrece tampoco de muy clara lectura. Gimhongsok presenta una versión arrugada del Love de Robert Indiana; Hwang Jongmyung, fragmentos de cabezas y brazos de nadadores que producen la ilusión de aparecer sobre la superficie del agua; Marc Camille Chaimowicz conjuga una especie de escalera de mármol con un montón de zapatos plateados que yacen a su alrededor (¿signos de una estampida humana? ¿restos de una catástrofe?); el suizo Olivier Mosset, no sin un punto de buen humor, ha construido una especie de toblerones de hielo, a modo de pequeñas estructuras militares de defensa antitanque, aunque claramente sin porvenir. Por lo demás, en este contexto destaca seguramente el trabajo de Alessandra Tesi, una enigmática proyección (Todos los días de mi vida) en donde se recorren lentamente espacios, detalles y situaciones de un convento de clausura; y el de John Armleder (Phyteuma Hemisphaericum), éste consistente en un políptico de chorretones multicolores, y en donde la alusión a la clausura podría tener que ver con la clausura de la pintura misma.

Lo que el lector habrá colegido ya es la escasa relación que muchas de estas obras tienen con el agua en ninguno de sus estados. Tanto menos se reconoce esa relación en la sección titulada Isla de la fábrica de sueños, que no alude, por cierto, a Hollywood, sino que está única y enteramente dedicada al húngaro Nicolas Schöffer. Nacido en 1912 y fallecido en París en 1992, su obra ha consistido en esculturas de aspecto constructivista, generalmente motorizadas, automóviles, de cuyos giros frenéticos o movimientos diversos surgen rumores, luces, sombras, reflejos policromos. Pero ¿y el agua? Eso es algo que tendrá que aportarlo, en su caso, el propio espectador.

En Ríos de Babilonia (antes de entrar de lleno en el agua salada) se reúnen unos pocos artistas de forma más enhebrada. No deja de resultar sintomático que sea justamente en Babilonia donde domine, en cierto modo, el concepto. Allí encontramos una obra azarosa e informe, de Kohei Nawa, hecha de aceite o resina de silicio; pero también hay una oración literal de Lawrence Weiner (Brought to A Boiling Point) inscrita en la pared, y una suerte de letanía de On Kawara, su Un millón de años (Futuro), consistente en el recitado, alternando una voz masculina con otra femenina, de los números de los años que quedan entre 1981 y 1001981, después de Cristo; la obra está dedicada al "último" de los hombres (esperemos que le guste), y en lo que nos hace pensar no es tanto en esa inabarcable posteridad cuanto en nuestro propio carácter ligeramente póstumo. Pero, de nuevo ¿qué hay del agua?

En lo que respecta a las dos restantes secciones, Archipiélago y Mar de los Sargazos, habremos de actuar en unos términos más selectivos, puesto que, como su propio nombre indica, se trata de conjuntos fragmentarios en donde no cabe esperar ni mucha ni poca homogeneidad entre las obras presentadas. Por seguir, por así decir, el camino de los grandes eones cósmicos aludidos por On Kawara, podríamos mencionar aquí el buen trabajo de Gyula Kosice. Nacido en Argentina en 1924, fue fundador del Movimiento Madí, en 1946, y siempre ha destacado en el cultivo de esa vanguardia radical que aún ahora le sigue llevando a la exploración de una Ciudad hidroespacial de imaginarias maquinarias utópicas preñadas de futuro. Kosice, como yo mismo, está convencido de que "el hombre no acabará sus días en la Tierra" (tal vez la obra de On Kawara será recibida un día por "el último" a punto de hacer las maletas rumbo a otra galaxia).

Hay un vídeo trepidante de

Otto Muehl ("collage de pintura eléctrica", lo llama) luchando con los colores y con el agua del lavabo, y otro de Miltos Manetas basado en la idea de Jesús nadando en lugar de caminando sobre las aguas. Hay un Grand mobile de Xavier Veilhan (grandes esferas volantes en las que, sugiere, se podría concentrar el pensamiento de todos los espectadores de la exposición -y las de un pez en el mar profundo, añado yo-), junto a trabajos sutiles, como los de Hiraki Sawa con su pequeño caballito de madera nadando entre las teclas de un piano, o los bodegones de Jane Simpson (copas y vasos dispuestos como si configurasen una familia, activos en función de la luz y la temperatura), o las fotografías de Mireya Masó (de detalles significativos que suelen pasar inadvertidos) o de Richard Kern (jugando con la dialéctica entre el exhibicionismo de los unos y el voyeurismo de los otros), o incluso los parties eróticos cuidadosamente pintados por Terry Rodgers. Y también piezas potentes, como dos de Robert Longo evocando las fuerzas naturales en forma de oleajes o de espirales huracanadas, o la de Anthony Goicolea (la foto supuesta de una ensenada poblada de buques fantasmas), o la de Carlo Gavazzeni (un niño como bajo una inquietante pátina de agua). Por supuesto, también hay playas (Sergio Belinchón, Máximo Vitali, Duane Hanson) y alguna otra cosa.

El día de la inauguración, aunque sólo para el público de la prensa y otros invitados, la bienal se presentó acompañada de una performance a cargo de Julie Atlas Muz. Su trabajo consiste en bucear elegantemente ataviada de sirena. Por fortuna, según se dijo, los tiburones del acuario valenciano -el Oceanogràfic- habían sido bien alimentados esa mañana. De hecho, era ella la que parecía asustarles con su extraña incursión. También hubo un pase de modelos inspirado en el mar, bajo la advocación de Francis Montesinos. Finalmente, el evento incluye un conjunto de proyecciones permanentes de imágenes del mar valenciano emitidas en tiempo real, realizadas por Marusela Granell, visibles en estaciones de metro, así como en la de Renfe y en el aeropuerto. Y todo por menos de tres millones...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de octubre de 2005