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CARTAS AL DIRECTOR

Incendios forestales y barbacoas

Ahora que acaba el verano sería conveniente hacer balance del decreto que, tras la tragedia de Guadalajara, aprobó el Gobierno central para combatir los incendios forestales. Me refiero, sobre todo, a una de las medidas de ese decreto, la que prohíbe hacer uso de las llamadas barbacoas instaladas precisamente por los mismos gobiernos autonómicos o municipales en zonas abiertas, calificadas oficialmente como adecuaciones recreativas, al menos en Castilla y León, con la intención de que la gente disfrute del monte sin causar daño, por supuesto.

¿Ha tenido esta prohibición alguna repercusión en el número de incendios? ¿Han disminuido estos con respecto a años anteriores? ¿O no ha servido nada más que para privar a las zonas despobladas de una de sus atracciones veraniegas? Por muy polémico que resulte el tema, creo que sería bueno conocer la opinión de quienes nos oponemos a la prohibición, saber desde qué perspectiva lo hacemos y qué razones tenemos para que en el futuro se revise esta decisión.

En concreto me estoy refiriendo a las zonas de pinares de Burgos, Soria y Segovia. Lugares que tradicionalmente han hecho uso público de sus recursos naturales para beneficio general de los vecinos a través de los ingresos municipales obtenidos de la venta de la madera y de la resina, y a nivel particular a través de la leña que cada cual ha sacado conforme a su necesidad. Estas zonas de pinares tienen uno de los índices de incendios más bajos de España. La tradición comunal del uso de sus pastos y maderas, así como la instalación de facilidades de recreo en épocas más recientes -no hace falta nada más que ver el número de piscinas municipales situadas al pie de los montes de estas provincias- han hecho que sus habitantes hayan identificado éstos con su vida cotidiana, porque los han disfrutado en todos los sentidos, incluido, por supuesto, asar unas chuletas.

La experiencia, pues, ha demostrado en este caso que éste era el camino a seguir y que cortar por lo sano con la prohibición como hizo el Gobierno no tiene porque ser siempre la mejor solución. Parajes en los que otros veranos se ha podido ver a familias, amigos, veraneantes, o simplemente visitantes, haciendo barbacoas en sitios asignados para este fin, han quedado casi desiertos la temporada que ahora termina. Posiblemente haya que aumentar significativamente los presupuestos de mantenimiento, revisar muchas instalaciones, acondicionarlas al comenzar el verano, incluso cerrar definitivamente algunas -quienes defendemos lo que aquí escribo seríamos los primeros en alegrarnos-, pero lo que no se puede hacer es poner un clavo más en el ataúd de la despoblación y dejar que los pinos se queden todavía más solos. Que al menos en verano nos dejen caminar por los montes y oír de vez en cuando alguna voz, aunque sólo sea la de quien no hace nada más que quejarse porque a la ensalada le falta sal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de septiembre de 2005