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Crítica:

Nostalgia de heroísmo

Cuando la crisis de 1929 golpeó de repente a la satisfecha sociedad americana, Jim Braddock se hallaba en el apogeo de su pronto efímera gloria: boxeador poderoso aunque limitado a una sola buena mano, la derecha; irlandés creyente y devoto tanto de Dios como de su propia familia, Braddock perdió lo que entonces era una discreta fortuna, aunque no se arrugó ante la adversidad: trabajó en cuanta faena le cayó en suerte, levantó bultos en los muelles y jamás faltó a sus obligaciones familiares. Era, se entiende de inmediato, un buen hombre y mejor esposo y padre. Pero volvió al cuadrilátero...

Una vida tan ejemplar es la que el habitualmente blanducho Ron Howard (Apolo 13, Una mente maravillosa) rescata para nuestro presente de descreimiento y ausencia de héroes. Y lo hace con todas sus consecuencias: con una historia que es la de siempre, la de una caída desde la cumbre, un calvario y una resurrección... Y también con las formas antiguas, bien que pertinentemente remozadas, del filme de boxeo, un poco como aquellas ficciones ejemplares de la Warner de los años treinta que tanto gustaban al mismo público que podía ver las peleas de Braddock.

CINDERELLA MAN

Director: Ron Howard. Intérpretes: Russell Crowe, Renée Zellweger, Paul Giamatti, Craig Bierko, Paddy Considine. Género: drama deportivo, EE UU, 2005. Duración: 144 minutos.

En este sentido, Howard no engaña a nadie: cuenta su historia como un martirologio, como la vida ejemplar de un buen hombre y no se para en barras ante ninguna de las escenas que uno tiene en la mente cuando se piensa en lo que el cine ha enseñado sobre la Depresión americana. Nada faltan entonces, ni el frío, ni los alimentos, los enfrentamientos de huelguistas con la policía, las colas de la beneficencia, el sufrimiento continuo, la enfermedad infantil... nada. Porque en el fondo de lo que se trata es de retratar a un héroe cotidiano, a un boxeador no muy dotado, pero sí ejemplarmente perseverante.

Y donde justamente mejor se mueve Howard no es tanto en la cotidianidad del héroe sino en su trabajo: en el ring, a golpes con la vida. Ahí gana fuerza y consistencia la operación, aunque sólo sea porque Howard se mueve convincentemente entre los lugares comunes de la puesta en escena del boxeo. Pero absolutamente todo lo demás huele a componenda, a película lacrimógena, a colección de tópicos sobre la necesidad del heroísmo. Es un filme fácil y complaciente, muy apto para plateas con necesidad de identificación inmediata. Está condenada al éxito, sobre todo porque Russell Crowe hace una de esas interpretaciones de actor astuto y efectivo, y porque la espectacularidad está siempre a buen recaudo. Poco más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 2005