_
_
_
_
_
Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

La Barcelona sucia

Joan Subirats

Encaramos la segunda parte del mandato del gobierno municipal con un asunto que, si bien se venía arrastrando desde hace tiempo, ha estallado este verano hasta convertirse en la cuestión dominante de la agenda política y mediática local. Barcelona está sucia. A partir de ahí, las conexiones que se han esgrimido son variopintas. Está sucia porque muchos de sus visitantes son sucios. Está sucia porque la gente que vive en la ciudad es incívica y tira sus desperdicios fuera de los espacios previstos para ello. Está sucia porque se han degradado las costumbres y la gente va despelotada a cualquier parte. Está sucia porque hay bandas de jóvenes antisistema que, procedentes de toda Europa, se han enseñoreado de la ciudad convirtiéndola en su Meca particular. Está sucia porque faltan meaderos públicos. Está sucia porque hay demasiados turistas que quieren visitar la ciudad sin gastar un duro. Está sucia porque hay demasiados mendigos, topmanteros, prostitutas y trileros campando a sus anchas. Está sucia porque hay demasiados inmigrantes sin papeles que no comparten nuestras costumbres. Está sucia porque las normativas son demasiado laxas y ni la policía ni la justicia pueden actuar como sería pertinente. Está sucia por la falta de autoridad del gobierno local. Está sucia porque la izquierda gobierna la ciudad desde hace demasiados años. Mezclen, agiten y sirvan bien caliente.

La confusión y utilización demagógica que supone esta amalgama de problemas precisa un esfuerzo más fino de diagnóstico y de análisis. Es evidente que la evolución de ciertas variables en los últimos años ha agravado condiciones estructurales de la ciudad que siempre han originado problemas de salubridad y de convivencia. Ello es cierto en algunos barrios, y sobre todo lo es en el caso de Ciutat Vella, el distrito que está hoy en el punto de mira del vendaval saneador con que se nos amenaza. Los que hemos tenido la ocasión de vivir más de 20 años en el Raval sabemos que pocas cosas de las descritas son novedad absoluta. Si cambiamos turistas sin recursos por marines de visita, y retocamos y actualizamos algún otro aspecto del cuadro de suciedades, la resultante final es sumamente familiar. En las décadas de 1950 y 1960, las densidades de Ciutat Vella quintuplicaban las de la ciudad. Ahora la densidad del distrito sólo duplica la media de Barcelona. No es extraño que sitios como la plaza Reial o la de George Orwell rebosen actividad y presencia social, cuando los espacios públicos en el distrito son tan pocos y tan envidiados por quienes cuentan con viviendas poco luminosas y escasamente ventiladas. Es fácil sorprenderse ante contenedores a reventar, o detectar aquí y allá desechos abandonados, en lugares en los que la capacidad de limpieza queda muy condicionada por la propia estrechez del entramado urbano. Más allá de esas imágenes, cualquier variable que escojamos nos mostrará un distrito con notables problemas sociales de fondo. Y es evidente que la llegada masiva de inmigrantes (que, como siempre, han reincidido en el uso del distrito como el lugar más accesible de llegada a la ciudad) ha puesto nuevamente en tensión muchas de las condiciones estructurales que poco a poco habían ido mejorando por el esfuerzo público y colectivo.

Si admitimos que tenemos un problema de suciedad, ¿por dónde empezamos a limpiar? El pleno extraordinario forzado por la oposición y realizado el pasado martes nos mostró a convergentes y populares convencidos de que esta vez sí han hincado el diente y que la cosa puede acabar siendo rentable, aprovechando las diversas incertidumbres que aquejan al equipo de gobierno, y sabiendo lo difícil que es solucionar de raíz algo que está inscrito en los genes estructurales de una ciudad como Barcelona. Los populares siguen mostrando sus cartas, y concentran sus alternativas (policía y sanciones) en la limpieza de aquéllos que, en sus términos, son los grandes culpables: maleantes, inmigrantes y radicales. Los convergentes siguen con sus ambivalencias, pidiendo con una mano más política social y con la otra azuzando y apoyando a los populares en su campaña de más firmeza y autoridad. Unos y otros corren el peligro de pasarse varios barrios en sus prisas por hacer tambalear al tripartito local. Los asuntos planteados son de calado muy distinto y requieren abordajes finos. No podemos poner en el mismo nivel la mendicidad o la prostitución con el ruido de bares y la venta ilegal ambulante. Ni podemos confundir okupas con inmigrantes sin papeles y personas sin techo. Ni podemos tampoco admitir que los beneficios del turismo masivo queden en unas pocas manos privadas, mientras los costes de esa masificación los arrostran directamente los vecinos de los barrios más afectados, y los poderes públicos subsidiariamente. La limpieza debería incluir también redistribución de los costes y beneficios de esa "Barcelona del éxito".

Lo que precisa la ciudad es una mayor determinación en la mejora de las condiciones sociales del conjunto de la ciudad, y lo que no precisa es la estigmatización de barrios o colectivos. Lo que necesita la ciudad es no confundir a la gente con la generalización de la inseguridad, mezclando delincuentes y ciudadanos irresponsables con inmigrantes y gente sin recursos. Necesitamos una gestión de los espacios públicos en que se combine calidad del espacio, con control, limpieza y sobre todo implicación ciudadana, como ha sucedido en Folch i Torres o está empezando a suceder en Villa de Madrid. Necesitamos admitir, aceptar y reconocer las diferencias, no rechazarlas ni encerrarlas. El equipo de gobierno actual, con toda su pluralidad, debería abordar esta fase final de mandato con ideas más claras sobre la ciudad que defender y desarrollar. Hay vacilaciones y mensajes contradictorios que acaban pasando factura. El progreso social de las gentes de la ciudad, de todas sus gentes, de toda la ciudad, y una visión más abierta y participativa de lo que ese progreso significa, es la garantía para tejer alianzas que permitan abordar el tipo de problemas planteados desde la legitimidad de un acuerdo colectivo y político, y no únicamente desde el palo y tentetieso. Cambiemos normativas si las que tenemos no funcionan. Incrementemos y mejoremos el funcionamiento de policías. Persigamos y sancionemos a los que irresponsablemente usan y abusan de los espacios públicos. Pero no confundamos miseria con incivismo, ni disidencia con delincuencia, ni supervivencia con ilegalidad. Limpiemos también nuestras mentes de prejuicios e insolidaridades y evitemos el peligro de esa cruzada de saneamiento urbano que algunos postulan.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_