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Crítica:POESÍA

Una sucesión de intensidades

Una cuidada antología reúne una amplia muestra de la obra del poeta británico Basil Bunting, discípulo de Ezra Pound y autor de una obra eminentemente experimental.

Debo reconocer que aún no he salido de mi asombro al ver aparecer a un poeta como Basil Bunting (Northumberland, 1900-1985) en cuidada versión castellana y en un volumen que incluye Briggflatts, el extenso poema que, según tan autorizado crítico como Ciryl Connolly, rivaliza con los Four Quartets eliotianos. Una sorpresa que no presupone, ni mucho menos, que Bunting (diría que un poeta de poetas o un santo de la autoproclamada poesía experimental) no merezca una versión, aunque personalmente compadezca retrospectivamente al versionista, doblado de prologuista, Aurelio Major, quien ha tenido muy en cuenta el énfasis natal, Northumbia, de Bunting.

Si bien Major sitúa perfectamente a Bunting dentro, digamos, de la poesía occidental (paradójicamente, un autor que miró hacia Oriente), me permito especular un poco respecto a su figura, sin duda importante. En la presente edición, en la solapa, se cita una carta de Ezra Pound a Bunting, de fecha tan tardía como 1970: "Si yo hubiera prestado atención a los detalles, habría podido hacer algo digno". Una humildad del maestro hacia el alumno. Un maestro que ya en 1935, en carta a T. S. Eliot, apremiaba a éste, entonces gerente (firmaba cheques) de la editorial Faber & Faber para que imprimiera unos poemas de Bunting. Bunting, de vida variopinta (periodista, espía, navegante, etcétera) en la que se detiene poco el presente introductor, siempre me ha producido la impresión de ser el poeta total, aquel para quien la vida es un pretexto para escribir "su" poema.

BRIGGFLATTS Y OTROS POEMAS

Basil Bunting

Traducción de Aurelio Major

Lumen. Barcelona, 2005

160 páginas. 12 euros

En su caso, Briggflatts , con

notas a pie de página en su obra, que pueden ser largas, como el poema Chomei en Toyama, una paráfrasis (no una versión) del Hojoki de Chomei (1154-1216) ya convertido al budismo y retirado al Monte Hino. O notas tan cortas como los poemas En la hoja de guarda de los 'Cantos' de Pound o Lo que el encargado dijo a Tom (no sé si se refería a Eliot, aunque me lo parece), que Philip Larkin, junto a Chomei en Toyama, incluyó en una antología tan influyente como The Oxford Book of Twentieth Century English Verse, de 1972 (incidentalmente, ahí topé por vez primera con Bunting). Una antología, la de Larkin (la anterior Oxford fue obra de W. B. Yeats) que, por cierto, realzaba a Hardy en detrimento de Eliot. Major, en la presente edición, insiste poco sobre la filiación de Bunting al movimiento o grupo o llamémosle como queramos "objetivista", cuyo representante más conocido es el desconocido Louis Zukofsky (otros: Charles Reznikoff, George Oppen, Carl Rakosi, Lorine Niedecker, casi desconocidos a ambos lados del Atlántico), como insiste poco en la desvinculación de Bunting de la judeofobia de su maestro Pound. Sin embargo existió la desvinculación y, cuando menos, a nivel humano, es importante.

No obstante, los lectores tenemos la impresión de que Bunting nació lo suficientemente pronto como para ser un objetor de conciencia (era de familia cuáquera) en la Gran Guerra y demasiado tarde para encontrar un público lector apto para su indudable experimentación poética, lo que explica -aunque no justifica- que fuera prácticamente un desconocido en Inglaterra, su país, hasta los años sesenta. Su suerte como poeta se podría equiparar a la del novelista Philip Toynbee, un modernista après la lettre, con interesantes novelas repudiadas por la sociedad en lengua inglesa después de la segunda Gran Guerra. A pesar de la parcial deserción norteamericana, los poetas de los años treinta, con Auden en cabeza, gozaron de la estima general y fueron sucedidos, en los años cincuenta, convenientemente, por los poetas del Movimiento, capitaneados, no sé si con su aquiescencia, por el propio Larkin. En Europa, no había lugar para el Objetivismo. En Estados Unidos, si exceptuamos Ginsberg et al., cuidadosamente mencionado en la solapa del presente volumen, los aires de la Escuela de Nueva York tampoco les fueron propicios. (Incidentalmente, Major nos dice que Bunting ha sido canonizado por el canónigo Bloom, lo que no he sabido encontrar en mi edición de 1994 de El canon occidental).

La presente edición de Bun

ting tiene numerosos aciertos. Para empezar, osadía y tenacidad en la empresa, algo indudable. La recuperación de versiones de las pocas castellanas de la obra de Bunting hasta el momento y que sepa. Me refiero Ah vosotras, mujeres españolas, de Andrés Sánchez Robayna y el propio Aurelio Major, así como a la tercera oda del Primer libro de odas, obra de Faustino Álvarez y Emiliano Fernández. Sin embargo, el trabajo ímprobo es el de Major, a menudo eficaz, aunque como lectora le hubiera agradecido que no subiera el tono ya tan alto del propio Bunting, cuando adopta prosaicas escaramuzas eliotianas (La tierra gastada). Me refiero a "Sus bollos untados con lardo de tocino sofrito" (página 113), que en cualquier cafetería traduciríamos por "sus bollos untados con grasa de tocino frito", por no referirme (página 103) a "¡Voto a Dios, con quien he yantado!", con un "yantado" que en mi lemosín es "comido", sólo por aportar un par de ejemplos. Con todo, dar de alta en la bibliografía contemporánea esta "sucesión de momentos intensos" (según Octavio Paz, esto es el poema largo) que es Briggflatts, junto con otras valiosas muestras de la poesía/vida de Basil Bunting, es una razón para que felicitemos y nos felicitemos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de agosto de 2005

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