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Reportaje:

Atrapados en Tánger

Un puñado de dominicanos y peruanos sobrevive en la ciudad del Estrecho sin poder emigrar a España ni regresar a casa

"He llorado mucho, he llorado como un niño". A José Mendoza de los Santos, de 32 años, se le nublan los ojos cuando recuerda los apuros que pasa mientras muestra las dos fotografías de sus hijos, Christopher, de 7 años, y Chrismeli, de 4. Desde hace casi cinco meses la vida de este y de otros dominicanos que pretenden emigrar a España, o regresar a su país, desde Marruecos se ha convertido en un infierno.

Desde la costa norte de Marruecos intentan dar el salto a la Península ibérica marroquíes, argelinos, subsaharianos y, a veces, algún que otro asiático, indio o paquistaní. A finales de 2004 y principios de este año a algunos latinoamericanos, dominicanos y peruanos, se les hizo creer que esta podía ser también para ellos una vía de acceso al El Dorado europeo.

Un tribunal local juzgó en junio a ocho caribeños provistos de falsos pasaportes

El fenómeno salió a relucir cuando, a finales de junio, un tribunal de Tánger juzgó a ocho dominicanos y una marroquí detenidos en el puerto cuando pretendían cruzar a Algeciras con falsos pasaportes venezolanos.

En total, en la ciudad del Estrecho y sus alrededores deben permanecer atrapados medio centenar de dominicanos, en su mayoría mujeres, y una veintena de peruanos.

"Yo era repartidor de la Coca Cola, y mi mujer enfermera en San Cristóbal", cerca de la capital, recuerda Mendoza, al tiempo que enseña su carné de conductor de camiones. "Uno siempre desea mejorar su suerte", añade para justificar su empeño por emigrar.

Un cuñado, residente en Madrid, le repetía que en la capital española había buenas oportunidades de trabajo, mientras que en su ciudad un compatriota le ofrecía ir a España vía un tercer país. Acabó picando.

Pagó unos 2.800 dólares por un visado expedido por el consulado de Marruecos en Caracas, al que nunca tuvo que desplazarse, compró un billete de avión a Casablanca, vía Madrid, y desembolsó aún más dinero a cambio de la promesa de subir en Tánger en un crucero que le depositaría en algún puerto español. Embarcó en marzo en Santo Domingo junto con otros 25 compatriotas y tres mafiosos organizadores del viaje, que no tardarían en desaparecer al llegar a su destino.

Detrás dejaban deudas contraídas con sus hermanos que se irían ahondando a medida que las promesas se incumplían y aparecían otros mafiosos, esta vez marroquíes, que se comprometían a trasladarles a España o, por lo menos, a Ceuta a cambio de más plata.

"Mis viejos han hipotecado su casa para ayudarme", cuenta Mendoza avergonzado, "pero ni ellos ni nadie de la familia puede ya enviarme más dinero para un pasaje de regreso".

A medida que se le vaciaban los bolsillos Mendoza se vio obligado a dejar las pensiones a 35 dirhams la noche (3,2 euros) para dormir en la playa o en sus aledaños. "Estuve un tiempo recogido por los chavales de la calle", afirma, "el día entero oliendo pegamento pero generosos porque lo compartían todo". Una pelea entre bandas rivales, en las que se quemaron los chamizos, le incitó a buscar otra morada.

Después de que muchos marroquíes le timasen con ofrecimientos de llevarle a España, apareció Mohamed, que le abrió su cuartucho, cerca de la estación de trenes, sin pedirle nada a cambio. "Él se gana unos dirhams al día haciendo tatuajes" desde que regresó a Marruecos expulsado de España, señala Mendoza. "Con lo que gana compra pan, que comemos para el desayuno, la comida y la cena, a veces untado con tomate o mantequilla".

Mendoza ha intentado trabajar "en cualquier cosa, cargando sacos, de peón albañil", pero no le han cogido. Estrella, dominicana, ha tenido más suerte. Regentaba una pequeña peluquería en San Cristóbal y en Tánger, dónde llegó hace diez meses, la contrataron en otra por un euro al día. El pudor impide a otras mujeres contar cómo sobreviven.

El tedio de los días se ve interrumpido por las breves llamadas de la familia dominicana, sobre todo el domingo, a los móviles que aún no han vendido y por el acoso policial. "Nos paran y nos amenazan con llevarnos presos, hasta me pusieron un día las esposas, y si tenemos dinero nos quitan una parte", se queja Raúl.

Un inspector de la brigada de extranjería se ha erigido, en cambio, en protector desinteresado de un grupo de mujeres a las que dio su teléfono por si tienen un apuro.

Apuros acaso no, pero sí incidentes en la calle. Soraya, de Santo Domingo, y sus amigas los han tenido a mansalva "con chicos que te insultan y hasta te escupen porque para ellos una mujer negra vestida a lo europeo sólo puede ser una puta", comenta. Por eso pasean poco y cuando lo hacen es para reunirse, entre dominicanos, a la sombra de un árbol en una pequeña rotonda adyacente al paseo marítimo.

Soraya se ha puesto en contacto con la antena consular dominicana en Rabat pidiendo ayuda para retornar a su país. "Tomaron nota pero me dijeron que no podían hacer nada", se lamenta.

"Aquí no se avanza ni para adelante ni para atrás", se desespera Mendoza. "Estamos atrapados", prosigue. "A veces para salir de esta he tenido ideas malas, ya sabe, de muerte". Raúl no le deja continuar. Espeta al periodista: "Cuénteme, ¿cómo es España?". "¿Hay, de verdad, buen laboro allí?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de agosto de 2005