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Crítica:

El mundo en la misma orilla

El Nobel islandés Halldór Laxness logró aquí una potente y hermosa escritura que cuenta la pugna y convivencia del mundo rural y urbano en Islandia. Una tipología de gentes.

Bien puede decirse que este libro del escritor islandés Halldór Laxness es complementario de su obra maestra Gente independiente, ya reseñada con el mayor encomio en estas páginas, y es, al mismo tiempo, su opuesto. Gente independiente era una epopeya y El concierto de los peces es lo que aquí llamaríamos una narración de tipos y costumbres. Hay dos puntos de contacto en ambas que afectan a su esencia. En primer lugar, el relato de la vida de una Islandia rural de dura y estricta supervivencia; en segundo lugar, el paso de esa Islandia antigua a la modernidad. En ambos libros se entrecruzan los pobres campesinos, pescadores u ovejeros -cuya mayor dignidad es depender de sí mismos aun a pesar de cualquier clase de privaciones- con la nueva clase emergente de comerciantes y administradores del Gobierno, que van adquiriendo las tierras de los primeros, incapaces de integrarse en la nueva sociedad. Es el enfrentamiento clásico entre mentalidad agrícola y mentalidad urbana, cuyo desenlace conocemos bien en nuestros días. Laxness vivió a caballo de ambas concepciones del mundo, del espacio y del tiempo y eso es lo que nos cuenta con una escritura hermosa y potente que se genera en la lucidez antes que en la nostalgia.

EL CONCIERTO DE LOS PECES

Halldór Laxness

Traducción de Enrique Bernárdez

Turner. Madrid, 2005

292 páginas. 20 euros

En El concierto de los peces el protagonista es Álfgrímur, un niño huérfano abandonado por su madre en manos de dos ancianos que lo crían como abuelos, aunque ningún parentesco les une a él. El libro se mueve a través de los ojos de Álfgrímur a medida que va creciendo, aunque el autor hace ver que se trata de un texto que el propio Álfgrímur escribe mucho tiempo después. Él mismo lo explica: "Pero ahora, cuando todos los participantes de estos sucesos han pasado ya a mejor vida y aquel mundo ha terminado para siempre, y lo único que queda de él soy yo mismo, los espíritus escapan del pozo del olvido. Personas e imágenes de un mundo pretérito se reencarnan otra vez y adquieren el significado que en aquellos momentos quedaba oculto".

El libro es en realidad la cró

nica de un modo de vida -personas e imágenes- contada a través de los pintorescos personajes que la encarnan. Están sujetos a costumbres inalterables y repetitivas. Su tradición cultural es la de los libros de antiguos campeones, caballeros y hazañas marineras, mientras que la literatura moderna está encarnada por lo que llaman novelas danesas "que tenían como protagonistas principales a gente histérica". Los niños aprenden a leer en las sagas. Hay una escena que creo que resume perfectamente al ambiente de aquellos hogares al término de una dura jornada de trabajo: "Un hombre curtido, llegado de lejos, está sentado debajo de la lámpara que hay en el dintel de la puerta oriental del entrepiso, y está leyendo en voz alta un libro, o narrando una historia. Mi abuelo ha sujetado una red a la viga y suelta silencioso un nudo tras otro; al mismo tiempo se va alargando la cuerda del capitán Hogensen y cada vez que la tensa suena un crujido en la pata de la cama; Runki está sentado con el dedo entre las encías desdentadas, como un niño que aún no supiera hablar, y las lágrimas le manan de los ojos; pero no porque esté llorando, sino porque ha estado embarcado tanto tiempo que el salitre ya no se le marcha del rabillo del ojo; otros están sentados en las camas o en otro sitio cualquiera; y la trampilla de la escalera está abierta y allá abajo, en el primer escalón, está sentada mi abuela, tejiendo: espera huéspedes. Y la historia va avanzando".

La cita es larga porque es un resumen perfecto del tempo y modo que dirigen el libro. De hecho no hay otro nervio central que el propio desarrollo de Álfgrímur desde su deseo de ser pescador de lumpo como su abuelo a la inevitable separación rumbo a los estudios superiores que le alejan para siempre del modo de vida de esta comunidad, asentada en lo que el día de mañana será Reikiavik, la capital de la Islandia actual. Hay otra constante en esta historia y es el contraste entre el Álfgrímur apegado a sus mayores, que no conoce otra cosa que el estrecho mundo en el que vive, y la figura del hijo de su tía abuela, Kristin, un cantante de ópera de fama mundial que se pasa la vida viajando por el mundo, pero que en tres ocasiones se deja caer por Islandia, generando toda clase de despropósitos entre sus conciudadanos. En realidad, la obra es una tipología de gentes de un mundo en extinción, si no desaparecido, que viven de una manera absolutamente elemental, que desconocen toda clase de places mínimamente refinados. Su vida está llena de aristas y austeridad, pero su código de comportamiento es de una extrema llaneza; por encima de las pequeñas diferencias, que pueden dar lugar a rencores tan intensos como pequeños, se manifiesta una capacidad de comprensión y aun de compasión unida directamente a la supervivencia y a una visión noblemente resignada del mundo. Éste es un libro que, siendo divertido y chocante, nos devuelve a nociones primigenias de las cosas y del comportamiento, y está escrito con el depurado vigor y convicción característicos de la prosa de Laxness, un muy justo Premio Nobel de Literatura de 1955 que, afortunadamente, vuelve a ser editado en todo el mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de julio de 2005

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