Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Sonrían

Pase lo que pase, siempre nos animará Alberto II de Mónaco, ese pozo de rencor. Piensen. Odiaba tanto a su padre (no sólo porque era autoritario: también porque Rainiero hizo desgraciada a mamá Grace, poniéndole cuernos a mansalva) que le dejó morir en la creencia de que el heredero de sus 32.000 súbditos era estéril, y unisexual por más señas, pero en la dirección monárquicamente inconveniente. Alberto sacrificó su reputación con tal de amargarle la vida al viejo, quien, como es lógico, murió en el frenesí de no saber qué iba a suceder con su sucesión.

Entre tanto, mientras sus hermanas se llevaban la fama, él cardaba la lana y todo lo que se le ponía por delante, hasta el punto de que, exultante, lo acaba de anunciar a la prensa: otras mujeres, sin duda, podrán reclamarle al Embarazador en Serie que reconozca a más rorros ennoblecidos por su ADN. El tipo no tomaba precauciones anticonceptivas ni anti-sida. Claro que debe de resultar difícil (tanto si eres de Tobago como de Sabadell, por decir algo) exigirle a un Su Alteza que se la enfunde con un preservativo antes de pasar a mayores. Con un Su Alteza, probablemente, después hay que caminar hacia el bidé de espaldas y haciendo reverencias, lo cual facilita muchísimo la concepción, porque en las venias (a mí me ocurre), instintivamente, las mujeres apretamos los muslos. Que es lo que más le gusta a la Iglesia que apretemos, para la conservación del espécimen.

Desde que ha salido de la mesilla de noche (o do sea que se escondan los machos compulsivamente reproductivos), se ha lanzado, además, a la alta política, como atestiguan sus ya legendarias declamaciones en calidad de ¡miembro! del Comité Olímpico, y su defensa de Gibraltar (si entramos en guerra con Mónaco, pido a este periódico que no me mande a cubrir el Baile de la Rosa, agotador). Quiere el monarca, también, limpiar la pasta inconfesable de la que vive su reino, convertir su país de bolsillo en un lugar que no emita humos, ni otras poluciones que las estrictamente nocturnas; e irse a uno de los Polos, de expedición ecologista. ¡Poneos a salvo, oh pingüinas!

Pase lo que pase, insisto, este doloroso y loco mundo no puede negarnos el consuelo de la sonrisa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de julio de 2005