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Reportaje:NUEVO ATAQUE A OCCIDENTE

Una ciudad que resiste

El ataque terrorista del jueves en la capital británica constituye un nuevo asalto de la 'guerra santa' islámica a escala mundial, cuya ferocidad ha aumentado tras la invasión de Irak. La reacción del Reino Unido está a la altura de su legendaria tradición de resistencia al horror

Londres jamás ha adoptado la mueca de los mártires. Quizá por eso tiende a olvidarse que es la ciudad occidental más azotada por el terror. Su vieja y vasta red metropolitana, que fue el mejor refugio frente a las incursiones de los zepelines de la I Guerra Mundial y a las V-1 nazis de la Segunda, se convirtió años después en un peligroso laberinto en el que las bombas del IRA dejaban regularmente un rastro de sangre y humo. Londres, que tiene una cierta imagen de sí misma, no se dejó vencer en ningún caso. Al contrario, salió vencedora tras cada ataque. La imagen del Londres victorioso en el peor momento es la de un lechero que hace su recorrido matutino entre los cráteres de los bombardeos alemanes, o la de un ejecutivo de la City que acude puntualmente a su oficina aunque los terroristas irlandeses acaben de destruirla. Sin aspavientos, sin lutos colectivos ni palabras superfluas, sin urgencias: así es como la mayor metrópoli europea ha salido con bien de todas sus tragedias.

El metro constituye el objetivo más fácil, encierra a la multitud más indefensa y, a la vez, simboliza los prodigios urbanos de la civilización

El metro, el más antiguo del mundo, ha sufrido también lo suyo. Estaciones como Victoria o Kings Cross exhiben lápidas en recuerdo de sus muertos

En el corazón de la City

Londres es inmensa, pero sus cicatrices se concentran cerca del corazón, es decir, la City, y puntean el mapa subterráneo del metro. El barrio financiero es a la vez centro neurálgico y símbolo del imperio, militar antes y económico ahora. El metro constituye el objetivo más fácil, encierra a la multitud más indefensa y, a la vez, simboliza los prodigios urbanos de la civilización: un fetiche odioso para los asesinos iluminados de cualquier pelaje, parecidos en que sueñan paraísos rurales o desérticos, muy despoblados en todo caso.

Cada ciudad reacciona a su manera ante las desgracias. En la Europa continental, y sobre todo en su mitad sur, hacen falta ceremonias catárticas para alejar el pánico: manifestaciones, muestras de unidad y desafío, abrazos colectivos de consuelo. Londres entierra a sus muertos como lo ha hecho siempre: simulando una relativa indiferencia y aparentando normalidad.

Una exhibición majestuosa de tal actitud se produjo, por ejemplo, el lunes 26 de abril de 1993 entre las ruinas de la City. El sábado anterior, un camión cargado con una tonelada de explosivo había devastado la zona. Murió una persona, un fotógrafo de prensa, y más de 40 sufrieron heridas. El daño económico superó los 4.000 millones de euros. Decenas de rascacielos de los alrededores de Bishopsgate resultaron destruidos, en un kilómetro a la redonda no quedó un cristal entero y millones de documentos comerciales volaron durante horas hasta empapelar las calles. En cierta forma, con menos sangre, el IRA creó el precedente icónico del terrible 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.

Ese lunes de abril de 1993, ya antes del alba, cientos de ejecutivos y oficinistas empezaron a desfilar como un ejército de sombras por entre montañas de cascotes y socavones encharcados. Sus puestos de trabajo habían desaparecido físicamente, pero ante los rascacielos destruidos se les daba una nueva dirección, en bastantes casos la de una simple vivienda particular, a la que podían acudir para desenfundar el móvil y el ordenador portátil y realizar su tarea habitual. La Bolsa funcionó y la portentosa maquinaria administrativa de la City se mantuvo en marcha como un lunes cualquiera.

Se habría obtenido quizá el mismo resultado si cada uno hubiera trabajado desde su casa. La cuestión, sin embargo, era cumplir el ritual de la rutina. Levantarse, anudarse la corbata, tomar el tren o el metro y llegar a primera hora al tajo burocrático. No hay terror que resista a la rutina.

Antes de dirigir sus ataques contra el cerebro de Londres, la City, el IRA quiso dañar el corazón: símbolos como los grandes almacenes Harrod's (diciembre de 1983, nueve muertos) o los parques (soldados y caballos desventrados en Hyde Park, una orquesta reventada en un quiosco de música en Regents Park, ambas matanzas el 20 de julio de 1982).

El estómago de la ciudad, el metro, el más antiguo del mundo, ha sufrido también lo suyo. Estaciones como Victoria o Kings Cross, entre las más céntricas, exhiben lápidas en recuerdo de sus muertos. Las bombas del jueves estallaron en líneas como la Piccadilly y la Bakerloo, de túneles angostos y convoyes en forma de tubo, idóneas para multiplicar el caos con asfixia y claustrofobia.

Los túneles de la red metropolitana londinense están parcialmente inundados y junto a los raíles pululan ratas, ranas y alguna anguila. Son lugares muy desagradables y por los que es difícil moverse en caso de emergencia. Por otra parte, las frecuentes averías de los convoyes han acostumbrado a la gente a la ocasional necesidad de apearse del vagón en plena oscuridad y a caminar chapoteando detrás de la linterna de un empleado, hasta alcanzar una salida. Cuando esas cosas ocurren no protesta casi nadie. La queja en caliente no va con el carácter local. Se escribe, si es necesario, una carta de protesta a un periódico, y asunto arreglado.

El metro, tan obsoleto y abandonado, fue en su época un orgullo para los capitalistas que lo financiaron y para los obreros que lo construyeron. Las estaciones que diseñó el arquitecto Leslie Green a principios del siglo XX son aún hoy un modelo de belleza, sencillez y funcionalidad.

Como los autobuses rojos. Para un terrorista, un autobús es tan sólo gente agrupada, un blanco fácil. El autobús rojo de Londres, sin embargo, es algo más. Tiene, como los rascacielos neoyorquinos o los palacios italianos, una potente carga simbólica de civilización y convivencia ordenada.

Los ingleses creen ser inmunes al pánico. Están convencidos de que pueden mantener el control en las circunstancias más adversas, lo que hace que generalmente lo consigan. Y tienen buen paladar para las pequeñas cosas, las que definen a una sociedad. En invierno de 1942, mientras Londres soportaba el blitz alemán, la familia real británica decidió quedarse en Buckingham, eliminar la calefacción del palacio y racionar la mermelada del desayuno. Eso bastó para confortar a un pueblo al que habían ofrecido sangre, sudor, lágrimas y victoria, y había aceptado el trato. Como aceptó, mal que bien, la lentitud informativa en las horas caóticas del jueves. Wellington decía que los soldados británicos no eran más valientes que otros, pero sí más respetuosos de las jerarquías y más disciplinados, lo cual bastaba para ganar cualquier guerra.

Los londinenses tendrán que echar mano de esas virtudes después del mazazo. Y apelar, una vez más, al recuerdo del lechero que bajo las bombas y entre cascotes dejaba cada día la botella ante la puerta, al menos mientras la puerta siguiera en pie.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de julio de 2005

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