Reportaje:ARQUITECTURA

Un siglo de Las Vegas

Quien conociera Las Vegas de las películas de los años setenta o del, en su momento, polémico tratado arquitectónico Aprendiendo de Las Vegas, de Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour (1972), hoy se sorprendería de cómo ha cambiado. Por supuesto, se sigue apostando dinero y la cantinela de miles de máquinas tragaperras sigue siendo (casi al mismo nivel que la voz de Frank Sinatra) el fondo musical que todo lo cubre en los oscuros vestíbulos de los hoteles del Strip. El juego y sus signos externos, sin embargo, se han ido despojando de las formas más convencionales asociadas a la vida licenciosa: los neones enormemente vulgares de los años sesenta han sido desmontados y las inmensas playas de aparcamiento de los casinos están hoy ocupadas por pintorescas áreas peatonales de recreo.

Las Vegas ofrece hoy un paraíso kitsch, con el encanto de una anacrónica exposición universal de la Belle Époque

La transformación de Las Vegas en una aglomeración de escenografías gigantes transitables a lo largo del Strip se inició en los años ochenta y con el hotel Bellagio (1998) alcanzó su momento cumbre. A los pies de este coloso de 36 plantas se sitúa el estanque sobre el que por la noche se proyecta un espectáculo de luz, agua y sonido, rodeado por una corona de villas señoriales. El acceso desde el Strip toma la forma de un tentador belvedere desde el cual los visitantes, desplazándose sobre tapis roulants (cintas mecánicas) van siendo engullidos por el hotel, mientras disfrutan de las vistas magníficamente enmarcadas de los capricci arquitectónicos vecinos. En un despliegue efectista se suceden el Campanile de San Marcos y el Palacio de los Dogos del Venetian, la Torre Eiffel y la Ópera de Garnier junto con el globo aerostático del Hotel Paris, y finalmente, subiendo por el Strip, las torres de Manhattan del New York, New York. Gracias al Bellagio, Las Vegas se ha convertido en el destino vacacional predilecto de las élites, basándose en que la historia del arte y la cultura occidentales ya ha elevado el lenguaje arquitectónico de sus hoteles y casinos a la categoría de monumento.

Entretanto, el Bellagio, obra del arquitecto Jon Jerde, ha sido uno de los resquicios por los que la alta cultura, hasta hace poco mal vista en Las Vegas, se ha ido colando en la vida cotidiana del Strip. Como ejemplo, la exposición organizada en primavera de 2005 con obras de Monet cedidas por el Museo de Bellas Artes de Boston y que hubo de ser prorrogada en dos ocasiones. Al otro lado del Strip, la Fundación Guggenheim construyó otro de estos resquicios a la vez discreto y masivo: el austero cajón-museo proyectado por Rem Koolhaas, inserto en el opulento pastiche de una recreación veneciana como una perla en la ostra, es decir, invisible desde el exterior. En él, apenas a un kilómetro de los leones dorado-latón que custodian la gigantesca pirámide del MGM Grand, se han mostrado en la primavera de 2005 los Tesoros del Antiguo Egipto, procedentes del Museo Nacional de El Cairo. Con incredulidad uno podía acercarse a la magnífica estatua de Ramsés II, o a las delicadas joyas, collares y pendientes que formaban parte del ajuar funerario de la reina. Qué encuentro surreal entre la cultura de la ficción artificial y la autenticidad, entre la arqueología y Hollywood.

Del mismo modo que la idea convencional de París nos viene dada por las imágenes de la ciudad que reflejaron Monet y Pissarro más que por otras referencias históricas, y la de Venecia es inseparable de los cuadros de Canaletto y Guardi (siendo el Venetian de Las Vegas una parodia tronante y a gran escala del original), en el caso de Las Vegas, los nombres de Elvis Presley, Frank Sinatra, Dean Martin y Francis Ford Coppola son los que nos vienen a la mente. La película de gánsteres Bugsy (1991), de Barry Levinson, ha extendido entre el gran público la idea de que fue un jefe mafioso proscrito quien comenzó el boom del Strip. Desde entonces, la investigación histórica local ha hecho todo lo posible para rebatir ese oscuro mito fundacional, y es que en Las Vegas ocurre a menudo que la realidad supera en fantasía a la ficción.

Algo está probado: cuando en

1905 se inauguró el tramo ferroviario Salt Lake City-Los Ángeles y los primeros trenes pararon en el minúsculo pueblo de Las Vegas, allí no había más que campos de cereales, un depósito de agua y unas pocas casas. Y quizá aún seguiría siendo así si el Estado de Nevada no hubiese decidido en 1933 legalizar en su territorio los juegos de azar. El cierre en 1938 de los casinos ilegales de Los Ángeles dio el pistoletazo de salida y Las Vegas se convirtió al mismo tiempo en el Montecarlo de América y en un laboratorio arquitectónico del consumo desenfrenado y la cultura del ocio, al precio, eso sí, de un considerable desgaste ambiental. Según la opinión de ecólogos expertos, el suministro de agua potable de la ciudad no sólo no está garantizado sino que camina hacia la catástrofe.

Ya en los años cuarenta algunos historiadores de arquitectura empezaron a interesarse por el curioso fenómeno de Las Vegas. Henry Russell-Hitchcock, por ejemplo, ponía un drive-in del arquitecto McAllister -autor del casino y hotel El Rancho de Las Vegas, de 1941- como "modelo de lo que debe ser la arquitectura del ocio", a saber, "ligera, abierta, realizada de modo que impresione tanto de día como de noche". Otros exégetas tempranos de la arquitectura anónima norteamericana del roadside vieron sus hipótesis recogidas en el libro de Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour, Aprendiendo de Las Vegas, que en el debate arquitectónico provocó un largo revuelo.

En su introducción los autores manifestaban: "Creemos que la documentación y el análisis cuidadoso de la forma física (del Strip de Las Vegas) es tan importante para los arquitectos y urbanistas de hoy como fueron los estudios de la Europa medieval y de la Grecia y Roma antiguas para las generaciones precedentes". Y en otro párrafo del libro, "para descubrir los símbolos arquitectónicos que nos son propios debemos observar las periferias de nuestras ciudades (

...), debemos ir allí donde los sueños de los ciudadanos americanos se rompen, donde están los pobres, los negros y la mayoría silenciosa blanca. Entonces el arquetipo de Los Ángeles será nuestra Roma y Las Vegas, nuestra Florencia". La línea predominante de la arquitectura moderna no llegó a resolver esta utopía romántica de conciliación entre la vanguardia estética y el gusto de las masas. Cuando se ha producido, gracias al fenómeno de los grandes centros comerciales, y a la proliferación mundial de nuevos museos y auditorios, lo ha hecho sobre unos presupuestos completamente distintos a los que los Venturi pronosticaron; es decir, no en nombre del Pop, sino del Blob.

Aquel Las Vegas en el que se

basaba el pensamiento de Venturi y que durante una generación se convirtió en objeto de fascinación pop apenas se reconoce hoy en unos pocos restos. Las Vegas ofrece hoy un paraíso kitsch y de consumo familiar, comunicado por pasarelas peatonales y un monorraíl, con el encanto de una anacrónica exposición universal de la Belle Époque. Un pastiche gigantesco, resultado de combinar la exquisita aberración que fue la White City de Chicago (1893) con la Exposición Universal de París en 1900, como envoltorio de un impresionante paraíso de las compras; una auténtica venganza contra la estética moderna.

Fue el arquitecto norteamericano Louis Sullivan quien dijo que la Exposición Mundial de Chicago de 1893 había ocasionado un daño a la ciudad "del que no se repondría hasta pasado al menos medio siglo". Similar balance hace Robert Venturi en una entrevista con Rem Koolhaas al comentar la irrelevancia y el exotismo superficial de las nuevas escenografías del Strip, comparando su encanto mal entendido con la vitalidad brutal y la cruda autenticidad del Strip de 1970. Confirmado: Las Vegas ha perdido por completo su supuesta utilidad como punto de partida de una renovación artística. Y es que el arte auténtico encuentra su materia prima en la realidad desnuda, sin maquillar y heroica, como eran los rascacielos hacia 1880, cuando William Le Baron Jenney iniciaba la Escuela de Chicago, o como los destellos de aquellos neones que en los años cincuenta y setenta iluminaban como tótems las noches del desierto de Nevada.

Euro Vegas

PRIMERO FUE Eurodisney, construido en las inmediaciones de París como uno más de los míticos parques estadounidenses de la factoría animada; y ahora será Euro Vegas, creada a imagen y semejanza de la capital mundial del juego en Bezenye, pequeña localidad húngara. Un grupo de inversores norteamericanos ha decidido promover la creación de un complejo de hoteles y casinos, tiendas y restaurantes, diseñado a la manera de Las Vegas y con capacidad para 35.000 personas. Y ha elegido esta población de 15.000 habitantes por su localización estratégica: próxima a la triple frontera de Hungría, Austria y Eslovaquia; y tan sólo a 160 kilómetros de Budapest, 80 de Viena y 40 de Bratislava, todas capitales con aeropuertos importantes. Con una inversión inicial de 400 millones de euros, esta ciudad de los juegos de azar ocupará unas 350 hectáreas y crearía 12.000 empleos; aunque antes será necesario reformar la ley húngara que determina el número y tamaño de casinos que pueden funcionar en el país. Está previsto que las obras comiencen en verano de 2006, y que un año más tarde funcionen ya las primeras mesas y máquinas. A. G-H.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 24 de junio de 2005.

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