Debajo de un limón verde
El tenor argentino Raúl Giménez aparcó anteayer por unas horas su dedicación a los Mozart, Rossini o Donizetti y volvió a su repertorio quizás más querido, o al menos el más enraizado en sus orígenes, proponiendo un viaje latinoamericano a través de canciones. Lo hizo con la complicidad de su compatriota Andrés Maspero, y con la intención de mostrar las esencias de unas canciones en las que la expresividad popular ha desplazado a veces la fina estampa del trazado. Canciones chilenas, brasileñas, mexicanas, peruanas y, sobre todo, argentinas han servido de eje nostálgico para el recorrido emocional de una pareja que echó el resto en desentrañar hasta el último matiz de Viniendo de Chilecito, Pueblito mi pueblo, Se equivocó la paloma, La rosa y el sauce, Estrellita, Canción al árbol del olvido, e incluso la milonga Los ejes de mi carreta, para cuyo acompañamiento Raúl Giménez recurrió a la guitarra. Un acierto.
Viaje por Latinoamérica
Con: Raúl Giménez (tenor y guitarra) y Andrés Maspero (piano). Canciones de: Carlos Gustavino, Abraham Jurafsky, Carlos López Buchardo, Osman Pérez Freire, Manuel Ponce, Atahualpa Yupanqui, Felipe Boero, Alberto Ginastera, Chabuca Granda, Carlos Gomes y populares argentinas. Teatro Rosalía Castro. A Coruña, 11 de junio.
Un recital emotivo, en el que cada palabra, cada sílaba, se reproducían con delectación, con una precisa claridad de dicción y hasta con ese puntito de emoción contenida que podía haber llevado a la pérdida del equilibrio racional. Pero no. Lo sentimental no se apoderó del tono de la velada, pero sí lo entrañable, y el estremecimiento saltaba en muestras como la canción popular argentina Debajo de un limón verde o en una canción de cuna india ya en las propinas. En fin.
Le van bien al estilo belcantista de Raúl Giménez estas canciones de su tierra, impregnadas de otro tipo de aromas melódicos y rítmicos, aunque siempre con un sentimiento a flor de piel, que el acompañamiento instrumental contribuía a poner aún más de relieve.
El recital -muy bien cantado por un tenor en buena forma- desprendía así una sensación de añoranza compartida, de familiaridad muchas veces olvidada del idioma. Los ecos de la memoria tendían guiños pasajeros y la sensación de bienestar impregnaba cada parcela de este viaje imaginario.
Hay que agradecer a Raúl Giménez y a Andrés Maspero que renunciasen por un día a repertorios más proclives al éxito o la exclamación, y mostrasen su lado más argentino, más, en definitiva, de alma latina. La última de las propinas, dedicada a Joaquín Turina, sobrepasó así criterios geográficos y tendió un puente para reforzar lazos afectivos. Todo el mundo salió del teatro con la sonrisa puesta.
Babelia
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