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Crítica:ESTRENO

Volver a los orígenes

En el primer plano de esta apasionante, deslumbradora ópera prima, un cuadro del pintor Pello Azketa muestra a dos niños, en actitud expectante, ante un río. Una voz en off, la de la propia narradora-cineasta, dice que están contemplando el hundimiento de algo que no vemos, o tal vez la emergencia de otra cosa: el misterio permanece, y sólo quien contempla el cuadro puede hacerse la idea, la que juzgue mejor, sobre lo que se le está dando a ver. Plano y comienzo espléndidos, y una constatación que se hace vívida certidumbre cuando aparecen los títulos de crédito finales: como los protagonistas del cuadro, nosotros hemos visto emerger, casi desde la nada, la historia privada de la narradora (es éste un documental en primera persona, un "egodocumental"), pero también la posible historia de muchos otros. Porque de lo que va El cielo gira es del regreso a los orígenes, a un pueblo que se muere, que quizá, aunque no lo sepan sus habitantes, ya ha muerto.

EL CIELO GIRA

Dirección: Mercedes Álvarez. Intérpretes: Pello Azketa y los habitantes de Aldealseñor. Género: documental sociológico, España, 2004. Duración: 110 minutos.

Durante los 110 minutos que dura el documental de Mercedes Álvarez, estamos ante la emergencia de la memoria, tanto de la suya propia como la de una buena parte de la España que ha visto despoblarse su mundo rural, reducirse los pueblos del interior a una penosa vida de extinción casi biológica, la que tardan en apagarse las existencias de sus pocos habitantes. Los de Aldealseñor, el lugar de las tierras altas de Soria del cual Mercedes emigró hace más de treinta años, y en el que fue la última persona en nacer, sólo suman 14 personas, un micromundo exiguo en el que caben aún tantas cosas: la belleza (es éste un filme recorrido por un hálito casi mágico) y la captura del tiempo, esa ciclópea tarea que se impuso el cine hace ya tantos años, y que hoy la mayor parte de los cineastas parecen haber olvidado... o sencillamente desprecian.

De ahí que El cielo gira, con su tenaz persecución de los paisajes cambiantes con el ciclo de las estaciones, con la placidez de su tempo narrativo, sea uno de esos raros ejemplos que de tanto en tanto da el cine español de un cine no urgido por prisa alguna. Porque es éste un filme que no habla de un simulacro, del propio cine, sino de esa materia prima insoslayable que es la vida. La crónica de una España que se nos está yendo entre los dedos como la seca arena de una playa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 13 de mayo de 2005