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COLUMNA

Euskadi

¿No advierten una mejoría al pronunciar la palabra Euskadi? A mí, hasta hace poco, me dolía todo, en especial la muela del juicio. A veces se quedaba anclada en las encías, como una espina de pescado. Ese vacío de cráter en la muela y ese dolor de aguja equivalen a lo que en la tartamudez llaman el anticipo. Antes de decir la palabra, sentimos la angustia de decirla. Ahora digo Euskadi, País Vasco o Euskal Herria, y consigo subir las escaleras. Así que algo debe estar mejorando, o en mis piernas o en Euskadi. Y lo mismo, al escribir. Escribías sobre Euskadi y sentías en la yema de los dedos el pinchazo de una púa de erizo de mar, que es todavía más doloroso que la espina del pescado en las encías, porque la púa es peor proyectil y viaja hacia dentro. La braquigrafía, la ruptura silábica, dejaba de ser una técnica de velocidad para convertirse en una enfermedad profesional de las palabras, en un desgarro en la encarnadura del papel.

Las palabras contienen la historia de quienes las usan. A veces, las palabras ponen nombre a un lugar, a una barca, a un río, a un café, a un cine, a un baile. Ése es un momento feliz de las palabras, porque la relación que establecen con la realidad es semejante a la que en el circo mantienen el llamado Tony, el segundo payaso, con el payaso más serio. Cuando las palabras están contentas con lo que nombran, se oye el claqué de los fonemas en los dientes. Pueden ocurrir cosas terribles y entonces a las palabras les ocurre algo también tremendo y es que pierden su Tony. En ellas retumba, como decía la antigua creencia, "la bofetada fría de los muertos".

La pieza más importante en la casa tradicional vasca era el arca, la kutxa. Allí se guardaba lo más valioso. Lo catastral y lo simbólico. Escrituras de bienes y cartas íntimas. Con el paso del tiempo, podemos imaginar muchas formas a esa kutxa, desde la madera noble a una noble maleta de cartón de emigrante encima del armario. Pero la forma más acabada de arca en Euskadi han sido las personas que han albergado la conciencia de las palabras. Que no las han dejado solas, a merced de todos los productores de odio. Gracias a su valor, digo ahora Euskadi y experimento una leve mejoría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de abril de 2005