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Crítica:

El 'gran tratado' de Quignard

A la prolífica creación del autor francés se suma este ensayo completo sobre el erotismo romano, fruto del material que recogió durante varios años en las ruinas de Pompeya, Herculano y otros pueblos sepultados bajo la gran erupción del Vesubio a principios del siglo I.

Como la obra de Pascal Quignard (1948) crece de manera implacable -más de cincuenta libros a estas alturas- y ya va siendo bastante conocida entre nosotros, hay donde elegir todavía -mucho por publicar- por lo que se puede seguir creyendo en él impunemente, pues se trata del mejor escritor francés vivo, a pesar de las dificultades que plantea su escritura y el desorden con el que -como de costumbre aquí- se nos presenta editorialmente. Quignard no es un novelista tan sólo, sino un escritor que aborda todos los géneros, que algunos premios han galardonado a su pesar y que sobre todo han recaído en lo que el mercado llama "novelas", género que se resigna a cultivar para no exacerbar su rebeldía contra un sistema que detesta en el fondo y que se complace en borrar tras sus pasos. Tiene autorreconocidas 12 novelas entre los 50 títulos de su última bibliografía, aunque no aparezca como tal La lección de música, que así se presentó entre nosotros, y sí La frontera, un estudio sobre los azulejos de un palacio portugués, o como tal haya desaparecido Una propuesta indecente, una de las dos eróticas que firmó bajo seudónimo español.

EL SEXO Y EL ESPANTO

Pascal Quignard

Traducción de Ana Becciú

Minúscula. Barcelona, 2005

244 páginas. 15,50 euros

Quignard se desvía del género en cuanto puede, y así no ha reconocido como novela su última obra maestra Vida secreta, que data de 1998, y que lo es por lo unificador de su tema -el amor- a pesar de que se haya dispersado en 53 "pequeños tratados", que es su marca de fábrica desde finales de los años sesenta, y que se ha ido imponiendo dentro de su obra como si fuera su género favorito.

Quignard puso al alcance de

todos el "gran tratado" que es El sexo y el espanto, en la esquemática edición de bolsillo de la colección Folio apenas sin ilustraciones aunque recogiendo el texto íntegro, que es lo que ahora pone a nuestra disposición la editorial Minúscula en una buena traducción de Ana Becciú, que sucede así a las buenas versiones que están apareciendo ya de la obra de este escritor, no exento además de complicaciones y añado que la edición original, con su mezcla inexorable de ilustraciones no es la que aparece tanto en Folio como en ésta de Minúscula, lo siento porque en el fondo son dos libros muy distintos, que conste, y aquí sólo tenemos el texto maravillosamente completo y muy bien traducido, eso sí, pero con sólo ocho imágenes, que dan unas pocas pistas.

Las dos grandes obras maestras de Quignard son desde luego El sexo y el espanto, un gran "pequeño tratado" estirado hasta el máximo, un ensayo completo sobre el erotismo romano, y Vida secreta, que su propio autor se niega a reconocer como novela, pues parece un conjunto de 53 "pequeños tratados", dispersos entre la autobiografía y una serie de mitos históricos y legendarios traídos de la cultura y las letras universales, pero tan unidos por su tema -el amor total- que sí se pueden leer como una verdadera novela, quizá su canto de cisne del género, pues después han llegado cinco tomos más, de una serie inacabada que Quignard califica como El último reino.

Bien, lo más accesible de este autor está en sus novelas, ya conocidas entre nosotros, como La lección de música, Las tabletas de boj de Apronenia Avitia, El salón de Wurtemberg y otras. ¿Y qué decir de este gran libro El sexo y el espanto, un tratado sobre el erotismo romano, una obra central dentro de su copiosa bibliografía, producto de años de trabajo sobre las ruinas de Pompeya, Herculano y otros tantos pueblecitos sepultados a principio del siglo I bajo la gran erupción del Vesubio. Quignard estudió todo ello durante años, fascinado por la abundancia del material erótico y sexual encontrado y el resultado es este libro magistral, que aparece como un "Gran Tratado" (el único) dentro de la abundancia general de sus "pequeños" que le rodean por doquier.

"Llevamos en nosotros", em

pieza el texto, "el desconocimiento de haber sido concebidos... y nunca podemos ver esa cosa que se mira a la vez... Venimos de una escena en la que no estábamos. El hombre es aquel a quien le falta una imagen... es una mirada deseante que busca una imagen detrás de todo lo que ve". No vemos su imagen, que nos obsesiona, que es para su autor, cada vez más fascinado por el origen, lo fundamental, como el sexo que lo origina, y así lo hacemos visible en la literatura, los cuadros y las imágenes, pero su invisibilidad produce espanto, aunque no fue así, pues hubo un seísmo entre las culturas griega y latina, cuyo cruce fue como un choque de placas continentales que aquí describe el autor como un cruce entre el erotismo alegre y preciso de los griegos y la melancolía aterrada que llegó con la Roma de Augusto (entre el 18 antes de Cristo al 14 de después, treinta años precisos que descolocaron el sexo en el mundo). Aunque parezca un canto griego, lo que hace Quignard aquí es un canto elegiaco a la cultura romana, que describe en historias, mitos y leyendas. ¿Cómo separar entonces el sexo del espanto, que están juntos en nuestro propio origen? Van unidos como la carne, la piel y los huesos, claro está. ¿Cómo decir que por su escritura, su cultura y su pensamiento estamos ante un gran libro de verdad, como si nos hubiera sido extraído y rescatado de entre las lejanas cenizas de un volcán todavía sin apagar, pues aquí estamos?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de marzo de 2005

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