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COLUMNA

Héroes caídos

Si sólo hubiera personas que necesitan héroes y personas a las que les gusta calentarse con la leña del árbol caído, la cuestión no sería tan rara. Lo extraño es que haya gente a la que le gustan las dos cosas a la vez, que encumbran a otros con el mismo entusiasmo con que los derriban, los veneran e insultan con una pasión equivalente y si el sábado les darían un riñón y la mitad de su sangre, el domingo los tirarían al mar con una novela de Umberto Eco atada al cuello. ¿Es que en este mundo no hay nada tan parecido como el placer de ver a alguien llegar a la cima y el placer de verlo caer rodando por la montaña? Va a ser que no.

Un buen ejemplo de todo eso se puede encontrar estos días en la crisis deportiva del Real Madrid, que empezó la temporada dispuesto a convertir su sala de trofeos en una sucursal de las minas del rey Salomón y la va a acabar en blanco, sin Copa de Europa, sin Liga, sin Copa del Rey y, lo que es peor, convertido en una especie de payaso de las bofetadas al que golpean sin piedad aficionados coléricos y periodistas que ahora, al calor de la decepción y el fracaso, desuellan como a conejos los adjetivos con que antes los condecoraban. Es lo que tienen los halagos: en cuanto les quitas la piel, se convierten en ofensas. Por ejemplo, vuelves del revés "galáctico" y al primer tirón se queda en "cólico" y al segundo, sencillamente, en "gaita". Ya lo ven: si es que no somos nada.

La verdad es que los gestos del fútbol, juego teatral donde los halla, siempre han sido un poco melodramáticos y, en consecuencia, tienden a la desmesura: a veces, lees el titular de un periódico deportivo y eso no es un titular: es una ópera. Puede que todo eso sea parte de su encanto, pero no deja de resultar un poco estremecedor ver la forma en que en cuanto las cosas se tuercen y las campanadas de júbilo se transforman en campanadas de duelo, sus dioses son desposeídos de sus atributos y se los cubre de improperios, se les llama sinvergüenzas, mercenarios, ladrones o vagos, se les tiran sus sueldos a la cara lo mismo que si fuesen las 30 monedas de Judas y se les grita que están viejos, que son unos inútiles, que están acabados y, especialmente, que no tienen dignidad. Es que para los forofos el fútbol no es un deporte, sino una religión, y por eso, cuando fallan Ronaldo, Zidane o Raúl, ellos no se decepcionan, sino que apostatan.

A veces, hasta da la impresión de que hay hasta un cierto deleite en algunos de los comentarios que se gritan o se escriben sobre el tema, y que si uno pega el oído a algunos de los titulares que se publican, se oye al fondo la carcoma de la venganza. Es que tal vez la única cosa que se puede vender con tanta facilidad como la fiesta del triunfo es el espectáculo del fracaso: pasen y vean caer a los gigantes; cuando estén en el suelo, podrán darles su propia patada.

El caso es que, de pronto, las estrellas del equipo empiezan a aparecer en listas de jubilados y planes de renovación, se habla de ellos como moneda de cambio, se señala a los que tienen que sustituirlos la próxima temporada y hasta se dice que si los perdedores no se van gratis y renuncian a los contratos que se les hicieron cuando todos los equipos del mundo los querían, es porque son unos canallas, unas sanguijuelas, unos timadores. Fuera de aquí, desaprensivos, egoístas, zánganos, le dicen a los mismos ante los que hace 10 minutos se arrodillaban. Qué fácil es saltar de una religión a una guerra.

De manera que el presidente del Real Madrid pasa de rey Midas a rey Herodes en 10 minutos y sus galácticos-gaitas son, de pronto, lo peor de lo peor: a la calle con todos, sin contemplaciones y, a ser posible, humillándolos para dar ejemplo. Hace un rato, Zidane o Figo valían la entrada y ahora hasta hay quienes empiezan a tirar de xenofobia: estos extranjeros no sienten el escudo, no les interesa nada más que el dinero, en el fondo pierden a propósito, a ellos qué más les da. Y uno, que ha visto cada fin de semana correr a los muchachos y perder partidos porque esto es un deporte y a veces se gana y otras no, se queda perplejo y hasta se asusta un poco. ¿Esto es lo que hay? ¿Y aquello de cuando pierden dan la mano? Saber perder es de hipócritas, de acuerdo. Pero para eso está la buena educación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de marzo de 2005