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Tribuna:

Mañana

Ví un programa de televisión llamado Las cerezas y lo hice porque estaba invitado Borrell, gran experto en la UE, cuya Eurocámara preside. A Borrell le daba réplica una novelista de segundo orden, si juzgamos con benevolencia. Conducía Julia Otero y vaya si conducía. Habló tanto la Otero e interrumpió tantas veces a Borrell saliéndose por los cerros de Úbeda, que yo me daba a todos los diablos y llegué a sospechar que allí había gato encerrado. Al alimón con la escritora, Lucía Etxebarria, quien acudió armada de un mamotreto bajo el brazo, la Constitución Europea. Cuán locamente se divirtieron ambas señoras a costa de un hombre que les da ciento y raya; el cual, a pesar de sus exquisitos modales, no podía ocultar su desconcierto y su disgusto.

Encerrona, tontería o estructura de un programa tonto, el hecho es que a Borrell apenas le dejaron explicarse. Doña Lucía -que se declaró votante del PSOE, qué escarnio- se había tragado todo el texto de la Constitución, tal vez para empequeñecer a su contrincante, y de paso decir que no sabía a qué carta quedarse y que la gente no había tenido tiempo ni oportunidad de informarse bien. Una manera solapada de hacerle el juego a Rajoy y su tropa y a otras tropas más marridas, como las del Peter Pan aquí llamado Carod Rovira, o las del distópico, a fuer de utópico, Llamazares. (¿Por qué demonios hay médicos que se meten a políticos? Tal vez cansados de ver cuerpos más o menos tundidos encuentran más fructífero redimir almas. Claro que es pura superchería malévola; la mía, se entiende).

Borrell, creo recordar que tras una intentona, pudo replicar que la mayoría de los españoles no se han leído siquiera los estatutos de sus respectivas autonomías, todos ellos tortas y pan pintado (dio a entender) al lado de una Constitución que, y eso son palabras mías, más de la mitad de los eurodiputados no comprenden en su totalidad. ¿Y qué? Incluso es preferible que así sea. Ya tendrán trabajo después de aprobada la Constitución, que mucho habrá que rascar, pero es más que dudoso que contenga letra pequeña al estilo de tantas cosas que nos hacen firmar.

Pero Etxebarria y Rajoy y Acebes piden tiempo para hacer pedagogía; en realidad, ella no sé, pero ellos para curarse en salud y a la vez erosionar al Gobierno si el domingo pintan bastos. No pierden comba y son más listos que el hambre. Atentos a todo lo que se mueve para buscarle las vueltas y terminar achacándoselo al Gobierno. Ahora pregonan el sí, pero no, a la Constitución Europea. Claro. Abogar por el no abiertamente les enajenaría a Europa, sobre todo a su propio partido en Bruselas. Presumiblemente, además, sería un gran éxito de Zapatero, y eso es imposible de digerir. Hay que refugiarse en la ambigüedad y se consigue proclamándose europeos de pro y en el mismo discurso, esbozando objeciones cuyo origen es el Gobierno actual. Así se matan dos pájaros de un tiro, o eso es lo que parecen pensar; pero no es desatinada la sospecha de que tanta puya se disuelva y reaparezca en forma de efecto bumerán, como ya ocurrió en marzo.

Sí a la Constitución Europea, aunque el Gobierno ha informado poco y mal, aunque no es la que más y aunque España salía mejor parada con el Tratado de Niza. Con este discurso se enfrían los ánimos, que es darle alientos al no o a la abstención. Discurso cuyo mayor objetivo es hacer política nacional, mezclando berzas con capachos en un escenario internacional. Volviendo al principio, el Gobierno no ha informado ni poco ni mal. La obstinación de la señora Etxebarria en demostrar lo contrario tiene nombres, pero me los callo. El mensaje es nítido e incluso reiterativo, cansino, si bien reconozco la necesidad de que lo sea. El sí repercutirá positivamente en la economía, en el empleo, en la educación, en la sanidad, en la seguridad, en la igualdad de los sexos, en la fluidez de las comunicaciones y relaciones entre los países miembros, etcétera. Contribuirá asimismo a la paz y a la libertad. Piénsese en la historia de Europa, donde durante tantos siglos la guerra estuvo presente en un lugar u otro de nuestro espacio, cuando no en muchos a la vez. Tantas ideas encontradas, tantas tensiones, tanta sangre han fermentado el suelo de la paz. Más de medio siglo sin guerras en Europa, claman justamente los Zapatero y los Borrell. Pero Rajoy y Etxebarria se empecinan en que no ha habido información y parecen querer que el ciudadano medio se trague y medite el ingente mamotreto para así poder votar a conciencia.

España sale perdiendo, pero valga, seamos magnánimos, dice Rajoy como en passant. Métase un "pero" a una afirmación positiva y como mínimo habrá enturbiado ésta. Es además falso que España salga malparada. Con la ampliación, la misma Francia ha perdido escaños. Y ya se había resignado a tener menos representación que Alemania, pues ésta ha sido y ojalá siga siéndolo, el motor de Europa, por su demografía y su potencial económico. Francia pudo argüir que bien, pero que el millar de bombas nucleares son francesas y eso no deja de ofrecer tranquilidad. Sin embargo, primó el europeismo, en la huella no extinta de La Ilustración.

En lamentable contraste, en Niza se nos subió el orgullo infundado al cielo y obtuvimos, bien que provisionalmente, el absurdo de pisarle los talones a Francia y Alemania. Distamos mucho de esos países y sobre todo gracias a la generosidad alemana nuestra economía ha experimentado un buen impulso. (Rodrigo Rato, reconociéndolo, matizó absurdamente que con estos fondos le compramos mucho a Alemania, como si fuera una condición impuesta y como si Alemanias nos vendiera chatarra y no alta tecnología a precios competitivos). En suma: estuviera yo tocado de un fuerte sentimiento patriótico, en modo alguno aceptaría para mi país una cuota ilegítima de poder; tan contraria, por otra parte, a la ética y la solidaridad también integradas en la Constitución Europea.

Mañana votemos sí a la Constitución Europea, que dicho de paso no es votar contra Estados Unidos, como afirma Cohn Bendit. Todavía existe Occidente, pero está en peligro y este sí a la Constitución Europea es una esperanza de salvación para nuestro western world.

Manuel Lloris es doctor en Filosofía y Letras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de febrero de 2005