EL DEFENSOR DEL LECTOR
Columna
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Personas con autismo

En la viñeta humorística de Roméu del domingo pasado, uno de los personajes decía: "Ibarretxe es autista. La razón rebota en él como la pelota en una pared". Varios familiares de personas con autismo se han quejado por el uso impropio del término autista.

Antonio Sánchez Castro plantea desde Gijón su protesta y asegura que esa utilización inadecuada se está extendiendo. Recuerda que hace poco una diputada del Partido Popular tildó de autista al presidente de Asturias para significar que se está aislando.

Desde Las Palmas, María Teresa Tejedor, presidenta de la Asociación Canaria de Personas con Trastornos Generalizados del Desarrollo, abunda: "Artículo tras artículo, se utiliza el término autista con connotaciones negativas". Cita el chiste de Romeu y agrega: "En esta época en que hay que ser políticamente correctos, no al racismo y al sexismo, y también no a utilizar enfermedades como insultos". Cándido Velázquez-Gaztelu, vicepresidente de la Confederación Autismo-España, corrobora que los padres de personas con ese trastorno perciben que aumenta el uso peyorativo del término. Precisa que se trata de "una enfermedad que no se puede tomar a broma" y pide que este diario evite el mal uso de esa palabra.

Con la ayuda de la electrónica, un repaso de lo publicado por este periódico durante 2004 muestra que la utilización del término autista fuera del ámbito de la salud y con connotaciones negativas no es diaria, pero sí aparece con cierta frecuencia y en artículos que abordan temas muy variados. En uno sobre arquitectura se decía que el rascacielos de Swiss Re, en Londres, es censurado "como una pieza autista cuya exactitud excluye el diálogo con un contexto confuso". En otro se aludía a "una política ciega y autista en Irak" del Gobierno de Washington. Este diario recogió también, tras la reelección de George W. Bush, la perplejidad del Premio Nobel portugués José Saramago ante el "proceso autista" que vive el pueblo de EE UU.

Carles Romeu cuenta por qué utilizó el término autista en su viñeta: "A mi entender, una de las manifestaciones del autismo es que impermeabiliza a la persona de todo lo que le rodea, y creo que el comportamiento de Ibarretxe le ha aislado. Utilicé autista en ese sentido, sin ningún ánimo de molestar a nadie".

¿Es eso el autismo? En su primera acepción, el diccionario de la Real Academia lo define como "repliegue patológico de la personalidad sobre sí misma". La segunda dice así: "Síndrome infantil caracterizado por la incapacidad congénita de establecer contacto verbal y afectivo con las personas y por la necesidad de mantener absolutamente estable su entorno".

El Instituto de Salud Carlos III ofrece amplia información en Internet (http://iier.isciii.es/autismo/). Precisa que "las alteraciones sociales son el principal síntoma del autismo" y que a quienes presentan trastornos generalizados del desarrollo (término utilizado por la Organización Mundial de la Salud) "no les resulta sencillo apreciar las intenciones de los demás, desarrollar juegos y hacer amigos; en consecuencia, el mundo social no les resulta fácil y en muchas ocasiones no les interesa, mostrando aislamiento". Algunas de las personas con autismo no desarrollan "lenguaje hablado funcional" y las que hablan no utilizan el lenguaje "de manera social, para compartir experiencias y vivencias". Estos trastornos se deben a "anomalías del sistema nervioso central" y tienen "causas biológicas y no psicosociales". Hace 25 años se creía que afectaban a uno de cada 2.500 niños y ahora se calcula que es a uno de cada 170 o 250. En España, por tanto, los afectados se cuentan por decenas de millares.

Tanto la definición que hace la Real Academia como las características descritas por los científicos coinciden a grandes rasgos con el sentido que otorga al término Romeu y el que se colige que se le atribuye en los otros ejemplos recogidos. ¿Por qué se quejan entoncen algunos lectores?

En las guías de estilo elaboradas para los medios de comunicación por varios colectivos interesados se pide que una discapacidad o una enfermedad no se aplique a nadie como el elemento que lo define. Así, igual que a un enfermo de cáncer a nadie se le ocurre llamarlo canceroso, a uno que sufre esquizofrenia piden que no se le llame esquizofrénico y a quien padece autismo que no se le defina como autista. Porque todos ellos, por encima de su enfermedad, son personas. Por eso piden que se hable de personas con esquizofrenia o niños con autismo.

Luis Cayo, director ejecutivo del Cermi (Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad), considera que fuera del contexto médico "la enfermedad o la discapacidad se banalizan" y se les dota de "una carga negativa que hace daño a los colectivos afectados". Cayo subraya que en este ámbito el lenguaje está evolucionando a gran velocidad. En las leyes de los años setenta se hablaba de "subnormales" y de "certificado de subnormalidad"; en la Constitución de 1978 se utilizó el término "disminuidos"; en la primera ley dedicada específicamente a este colectivo, de 1982, se utilizó "minusválidos" en el propio título de la norma. Lo que se reclama ahora es la forma "personas con discapacidad".

Javier Tamarit, responsable de calidad de Feaps (Confederación Española de Organizaciones en Favor de las Personas con Discapacidad Intelectual), precisa que hubo un momento en que los términos "idiota" e "imbécil" eran una categoría diagnóstica. Defiende que se utilice "personas con discapacidad" y no "discapacitados" o "niños con autismo" y no "autistas" porque cualquier ser humano es "muchas cosas más" que su enfermedad o minusvalía.

Cayo subraya que "el progreso moral de la sociedad hace ahora inadmisible el uso de términos como subnormal" y considera que se debe seguir avanzando por el camino de lo políticamente correcto aunque, reconoce, "podemos ir contra la naturaleza humana, que tiende a la burla, y convertirnos en inquisidores".

El Libro de estilo de EL PAÍS no aborda este asunto y, por lo tanto, quienes escriben este diario pueden seguir llamando autista a Ibarretxe. Pero a tenor de los argumentos que se recogen en esta columna es mucho mejor que utilicen lo menos posible términos de enfermedades, trastornos o discapacidades fuera del ámbito de la salud. Robo de uno de los manuales consultados, el elaborado por Demetrio Casado para el Real Patronato sobre Discapacidad, una cita de Octavio Paz: "Todo estilo es algo más que una manera de hablar: es una manera de pensar y, por lo tanto, un juicio implícito o explícito sobre la realidad que nos circunda".

Autocorrección

En la columna del domingo pasado cometí una imprecisión. Dije que "las agencias internacionales", sin especificar cuáles, distribuyeron la imagen de un soldado estadounidense secuestrado que resultó ser un muñeco. Álex Grijelmo, presidente de Efe, ha remitido un mensaje aclaratorio que dice: "Efe, considerada la cuarta agencia internacional del mundo, no difundió esa fotografía errónea". Así fue.

Varios lectores nos han remitido mensajes sobre otras equivocaciones. José Moral cazó en un subtítulo del suplemento Negocios del domingo pasado un "enjuagar" (aclarar con agua lo que se ha jabonado) en lugar de "enjugar" (cancelar) el déficit. Tomás Sarabia Clemente alerta sobre el mal uso del sustantivo deflagración, como sinónimo de explosión, en una noticia datada en Lleida y publicada en varias ediciones del 3 de febrero. El lector recuerda que deflagrar significa "arder rápidamente sin llama ni explosión".

Un error muy distinto se produjo el lunes y el martes pasados en la sección de relax de los anuncios clasificados del cuadernillo de Madrid. En un anuncio insertado por una persona que se definía como travesti figuraba por error el teléfono de un ciudadano que nada tiene que ver con él y que tuvo que soportar preguntas desagradables de diversos comunicantes. La equivocación fue corregida a partir del miércoles. La dirección de Publicidad del diario pide disculpas por el error y lamenta las molestias que ha causado.

Los lectores pueden escribir al Defensor del Lector por carta o correo electrónico (defensor@elpais.es), o telefonearle al número 91 337 78 36.

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