¿Un pueblo pacífico?
Se habla de la historia como el paraíso de las falsificaciones políticas. De hecho, hay gente que descalifica las ideas de sus adversarios con una sumaria apelación a la historia, bajo la suposición de que eso le exime de mejores argumentos probatorios (incluso históricos) y con la satisfacción consiguiente de, también sin mejores indicios, saberse en posesión de la verdad. Recurrir a la historia para justificar el presente, una práctica habitual en casi todas las ideologías, resulta no sólo inútil, sino incluso peligroso: la mitificación de la historia suele tener consecuencias estrafalarias. Aún hoy, importantes cargos públicos acuden a la catedral de Santiago de Compostela (donde, como es notorio, no se encuentra enterrado el santo) a formular públicos deseos y reclamar amparos y protecciones; eso por no hablar de la extravagancia filológica de considerar al valenciano y al catalán lenguas distintas, algo que subraya hasta qué punto los intereses políticos niegan no ya la historia, sino la mera realidad.
Con relación al pueblo vasco, cuya existencia objetiva sólo puede escapar a los fanáticos más recalcitrantes, sí resulta especialmente molesta una interpretación de su presente y de su historia que se reitera, sin embargo, con pasmosa soltura: la de su condición de pueblo apacible y pacífico. Ese carácter lo ha retomado con especial vigor el lehendakari durante los últimos meses. De hecho, en su intervención ante el Congreso de los Diputados, insistió en la condición sustancialmente pacífica del pueblo vasco, apenas empañada por las acciones aisladas de algunas minorías.
Ciertamente no existen en la historia las responsabilidades colectivas, y aunque muchos vascos podrían declarar con certeza que no han matado una mosca en su vida, tampoco puede decirse a ciencia cierta que seamos el paradigma de la tolerancia, el pacifismo y la armonía. La historia vasca es fundamentalmente convulsa, cruenta y belicosa, y esa belicosidad lo ha sido casi siempre a efectos internos. En cierto modo, los vascos hemos vivido siempre sumidos en un atroz guerracivilismo, explícito o latente. Y ello tiene consecuencias serias, por más que también sirva como agarradero argumental a los antedichos analfabetos de la historia, que gustan hacer de ella su argumento político mayor.
Las luchas de banderizos en la Baja Edad Media asolaron el país y se caracterizaron por su insólita crueldad. Los siglos XVII y XVIII estuvieron salpicados de levantamientos de la más variada especie. En el siglo XIX, sobre una crónica inestabilidad política y social, participamos activamente (muy activamente, más activamente que todos los demás) en dos guerras civiles. La historia de nuestro siglo XX está lo suficientemente cercana como para ahorrarnos cualquier memoria. Y hoy día, la verdad, mientras sigan existiendo ETA y la kale borroka, aludir a nuestra naturaleza esencialmente pacífica resulta un mero ejercicio de voluntad.
No se trata de recurrir al autoflagelamiento, pero parece conveniente evitarse los orgullos inverosímiles. Reconozcámoslo: no somos un pueblo pacífico, o en todo caso son muchos otros los que nos ganan en esa honorable aspiración. Pero es que, además, tal argumentación resulta especialmente peligrosa: ¿quiere eso decir que sólo los pueblos con una historia ejemplar tendrían derecho a ser reconocidos como tales? El pueblo vasco no debería esgrimir otro argumento para afirmar su identidad que la voluntad expresa de su ciudadanía. Y eso no tiene nada que ver con que en otros campos seamos, por decirlo coloquialmente, un auténtico desastre. Ciertos correctores de lucidez parecen necesarios en toda conciencia colectiva. Sí, somos vascos, y resulta de bien nacidos asumir con orgullo nuestras raíces, otra cosa es que nos queda mucho por aprender.
Quizás tenemos argumentos para dar por ahí alguna lección, especialmente a los nacionalistas de Estado, pero deberíamos estar dispuestos a recibir las muchísimas que aún nos hacen falta.
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