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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Una mirada siempre sabia

Las abuelas invita a los lectores a apreciar la lucidez de los 85 años de Doris Lessing como escritora y como mujer. Se trata de un libro compuesto de cuatro relatos largos, iluminados por la experiencia de la vida, una obra que disecciona insatisfacciones, duelos, diferencias de clases y trampas.

Pero ¿Doris Lessing sigue escribiendo? Aquella preciosa joven que se asomaba a la solapa de la edición de La costumbre de amar con la que Carlos Barral nos la presentó en 1964 asoma hoy en la solapa de este libro con ese aspecto de venerable y encantadora, pero firme, anciana de 85 años que ha escrito un libro -Las abuelas- que demuestra que hay una forma de sabiduría literaria que sólo se alcanza con la edad. Tras el primer libro publicado, llegaron a España, siempre de la mano de Barral, una obra soberbia, En busca de un inglés; luego sus primeras novelas, Canta la hierba, Martha Quest y, por fin, El cuaderno dorado, que le otorgó la celebridad. Si observamos estas dos fotografías separadas por más de medio siglo, encontraremos que el tiempo ha cambiado mucho ese rostro, pero la mirada sugerente, profunda y de noble intensidad de aquella "joven airada" de la literatura inglesa de los cincuenta se mantiene igual, ahora cargada de experiencia.

LAS ABUELAS

Doris Lessing

Traducción de Dolors Gallart

Ediciones B. Barcelona, 2004

328 páginas. 18,50 euros

Lessing está, a sus 85 años, en ese momento en que un autor posee tanta claridad en su visión de las cosas de este mundo como en su escritura

Las abuelas es un conjunto de cua

tro relatos largos -uno de ellos, el último, es más bien una novela corta- que tratan de la insatisfacción. El segundo y cuarto de ellos se expresan con una imagen parecida: la de la persona pobre o de modesta condición social que accede a una mansión de la clase alta. No es un conflicto de clases lo que se plantea prioritariamente sino el asombro ante el conocimiento del modo de ser de la gente acomodada, el asombro del que no tiene al asomarse a la variedad y riqueza de los que tienen; es una mirada al paraíso que conlleva la conciencia de su situación seguida de la de pérdida; pérdida no de algo que se ha poseído sino de algo que no se ha llegado a tener. En el primer cuento, que da título al libro, también se plantea una historia de pérdida real y la insatisfacción transcurre por otros derroteros; las formas de la pérdida son, en este relato, seis, tantas como personajes, y están muy bien estructuradas y ensambladas. Este relato, además, establece un planteamiento que parece difícil de tragar: dos mujeres, amigas íntimas, que establecen relaciones sexuales cada una con el hijo de la otra sin que merme su amistad. Sólo las bodas de los hijos pueden romper esa compleja y, a la vez, fácil relación doble; es decir: otras mujeres. El previsible resultado es altamente dramático, pero lo más interesante es ver cómo una historia tan difícil de sostener, tan excesiva, funciona en cuanto el lector descubre que la anécdota está trascendida por un análisis de las relaciones afectivas de gran calado. Lo que parece artificial se acaba convirtiendo en una situación de gran fuerza donde dos maneras de enfrentar el mundo se suceden en el tiempo: la fortaleza de las madres (ya abuelas) en cuanto a la elección de sus vidas frente a la fragilidad de los hijos que las suceden; las convicciones frente a las indecisiones; las vidas llenas frente a las vidas previsibles y, finalmente, el coraje frente al desconcierto, pero la fortaleza es también una forma de debilidad, la autoprotección una forma de vampirismo, el mundo un lugar donde esconderse.

Se ve que Lessing, sabia y lúcida, ya no teme enfrentarse a cualquier historia porque sabe lo que quiere y sabe que puede hacerlo. Lo consiga o no, esa confianza está a la vista y procede de años y años de escritura e inteligencia. El tercer relato, una decadencia relatada en forma de ciencia-ficción que tiene que ver con nosotros más de lo que parece, es el más flojo, quizá porque ese terreno, a pesar de haberse internado en él con la serie Canopus in Argos, tiene un aire de fábula simbólica que no es, en mi opinión, el terreno abonado para su literatura. En cambio, con El hijo del amor y Victoria y los Staveney está en su salsa. Este último es un relato admirable sobre el verdadero sentido de las diferencias de clase aplicado a tres generaciones. El hijo del amor, por su parte, entra de lleno en un asunto dramático de primer orden: la obsesión que, creada por el deseo, subvierte la realidad para convertirla en obsesión y condiciona por ello toda una vida. Ambas historias están trazadas con una extraordinaria riqueza de planos y una elección del detalle que logran tejer y exponer el destino de dos vidas inciertas.

Victoria, desde la primera ima

gen (esa niña que ha de ser recogida en el colegio junto con un niño blanco cuyo hermano se lo lleva sin verla a ella por ser negra), imagen magistral, queda marcada por el noble arrepentimiento del hermano que vuelve por ella y trata por todos los medios de excusarse. Ésa será la entrada, momentánea, de Victoria en casa de los Staveney; pero lo realmente excepcional es ver cómo se van desarrollando las vidas de Victoria y su hija en presencia de los dos hermanos Staveney, que han cambiado sus roles, y el resto de la familia. En cuanto a James y su hijo del amor, aparte de destacar ese terrible viaje en barco de los soldados rumbo a la India y la precisión y eficiencia del inserto del asunto clave (la recalada en Ciudad del Cabo y lo que allí sucede), es todo él una lección de sabiduría narrativa, de empleo del tiempo y de cadencia en la exposición de los pasos de otra vida marcada, en este caso por una obsesión: la de ser alguien para pertenecer al espejo en el que desea mirarse; así asistiremos al desarrollo de un sucedáneo que llevará a esa vida a arruinarse en la resignación. El asunto central, como decía, es otra forma de la insatisfacción: la vida no querida pero real; por eso endiosa James su encuentro casual con Daphne en El Cabo, porque no es real sino una ensoñación producto, a fin de cuentas, de su insatisfacción. Victoria y James son dos ramas diferentes del mismo tronco.

Doris Lessing está, a sus 85 años, en ese momento en que un autor posee tanta claridad en su visión de las cosas de este mundo como en su escritura. Este libro lo prueba muy satisfactoriamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2005

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