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Reportaje:

"Sin el gol, ni existes"

El osasunista Morales, cuestionado mucho tiempo, ha marcado siete tantos en ocho partidos

Chengue Morales disfruta haciendo el mono. Con los brazos flexionados y el cuerpo en torsión, el delantero uruguayo es feliz así. Es su signo, su marca, si ha perforado la portería rival; su homenaje a su hija pequeña, a la que le hace mucha gracia. Durante las últimas ocho jornadas su pose simiesca ha recorrido España con siete goles de todas las facturas: con la rodilla, de cabeza, con el pie o de chilena.

El osasunista pasa por un momento mágico. Sin embargo, el jugador más alto de la Liga española (1,96 metros) ha sufrido un calvario. Javier Aguirre, su técnico, lo describió tras el partido del domingo: "Durante mucho tiempo le han criticado y se han reído de él, pero tiene mucha fe y, con esa voluntad férrea, está cosechando lo que se ha ganado".

Morales llegó el día de Reyes de hace dos cursos a Pamplona con la vitola de goleador y la fama de violento tras pasar dos veces por la cárcel en su país. No probó ni una ni otra. Tardó 448 días en marcar un gol y se mostró humilde. Un gigante triste que necesitaba mucho cariño para recuperarse. Si tenía suerte, el fichaje más caro de la historia del club navarro (2,3 millones de euros) veía los encuentros desde el banquillo; si no, desde la grada.

Tras esa travesía por el desierto de 15 meses, Chengue rompió su maldición contra el Valladolid. Fue en abril. También marcó contra el Málaga. Pero no hubo continuidad y se le buscó otro destino en Europa o en su Uruguay. Nadie quería pagar por un ariete que no veía puerta y se huía de su portentosa estatura y su musculatura hercúlea.

"Quiero jugar porque el fútbol es mi pasión, no por el dinero", reflexiona ahora que ha atinado en cinco citas consecutivas; "me llegan las palmaditas en la espalda, los gritos por la calle y esas cosas, pero, con mi experiencia, sé que el gol lo cambia todo. Sin él, ni existes".

Antes del éxito en las canchas, Morales tuvo tiempo de sufrir los infiernos de Las Piedras, el suburbio de Montevideo en el que se crió, y de probar la dureza de los andamios. Cuando, a los 15 años, el Bella Vista juvenil se negó a pagarle los desplazamientos al campo (residía a más de 30 kilómetros), dejó el fútbol y se colocó de albañil. Pero volvió a dar al balón en Tercera y al Nacional de Montevideo le llegaron informaciones de un baloncestista que se inflaba a marcar tantos.

Ahora, con 29 años, vive su plenitud. Ha entrado en el once rojillo por las lesiones de Milosevic y Aloisi y ha aprovechado la baza. Contra el Numancia dio su última exhibición. Especialmente, en el primer gol. Una espectacular chilena. Controló la pelota, la levantó a la altura de su cabeza y volteó sus cien kilos con la flexibilidad de una pantera.

También ha borrado su fama de pendenciero y agresivo. De sus estancias entre las rejas sólo queda un recuerdo sombrío: condenas por un acto de "violencia en estadio deportivo" tras un clásico Peñarol-Nacional (13 días) y por una riña en una discoteca de Montevideo (26). A la salida del penal, sólo tenía el dinero justo para el autobús y... la firme convicción de que no volvería a él.

Cuatro años después, se ha asentado en Osasuna y en su selección nacional. No ha borrado del todo su fama de torpón, pero, dice, "eso queda para los que buscan la quinta pata al gato".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de diciembre de 2004