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VIAJE DE CERCANÍAS

Desde los rascacielos

He recibido una carta de un metro y medio. Todos los años llega por estas fechas. La trae un mensajero. Por correo ordinario no puede venir. Se sale de las medidas reglamentarias. Ya sospecho por esto mismo quién la remite. Alguien que también se sale de cualquier medida reglamentaria. El mensajero tiene curiosidad. No es para menos. Se aventura a decir que por el tamaño sólo puede tratarse de un calendario aparatoso. Yo muevo la cabeza. Nada de eso, replico. ¿Cómo que no?, insiste él. ¿No es un calendario con chicas del 2005? Nada de eso. ¿Quiere verlo?

Y entonces él quiere verlo. Y entramos en la cocina. Tomo unas tijeras y, con mucho cuidado y la ayuda del mensajero sujetando el enorme sobre por un extremo, abro la carta y extraigo el papel que va plegado en dos. Es decir, una carta mucho más grande que el mensajero, quizá como un mensajero y medio.

Una vez convencido el mensajero de que no es el calendario de chicas del 2005, sino una verdadera carta de puño y letra lo que acaba de traerme, se despide y me quedo solo

Una vez convencido el mensajero de que no es el calendario de chicas del 2005, sino una verdadera carta de puño y letra lo que acaba de traerme, se despide y me quedo solo. Estoy impaciente por leerla. La firma Alfredo, mi viejo y buen amigo dibujante. ¿Desde dónde la remitirá?

Viene fechada desde un pueblo sevillano llamado Gerena. Desde el mismo campanario de su iglesia, que aparece dibujado por una esquina. Por la otra salen cortijos, caballos y ganado de la Ruta de la Plata. Porque, en efecto, Alfredo está allí. Haciendo esa ruta y descubriendo sus mejores rincones.

Entonces es inevitable que me asalten unas ganas tremendas de coger el coche y de irme a su encuentro. Pero eso no es ahora posible y, sobre todo, no serviría de nada porque cuando yo llegue a Gerena, Alfredo ya estará en Guillena, o en cualquier otro pueblo de la ruta. Y en el pueblo en el que se encuentre dibujará una imagen de la patrona, una calle, la fachada de una casa, un grupo de paisanos en el bar, un niño jugando solo. Lo que vaya viendo.

Me quedo, pues, inmóvil sobre un dibujo que es su inimitable carta.

Después la vuelvo a plegar y la dejo sobre la mesa de la cocina, aunque estoy seguro de que más tarde querré verla otra vez con detenimiento. Y me gustará leer las frases que también son dibujos a una o a varias tintas que hablan de la gente sencilla, o de la habitación de la última fonda.

Todo produce nostalgia. Recuerdo los años en los que viajamos juntos. Fuimos a Moscú. Queríamos hacer un libro de aquella ciudad cuando todavía era soviética. Alfredo se puso a dibujar muy temprano en la plaza Roja, a espaldas del mausoleo de Lenin. Y yo, como esas parejas ambulantes en las que uno pasa el platillo, permanecía a su lado para evitar que los niños o los guardias le molestaran. Porque Alfredo atrae a niños y a guardias en cantidades alarmantes. Primero llegan los niños. Después los guardias. Sucede así: Alfredo se sienta en un catre diminuto de pescador (aunque es corpulento) y empieza a dibujar en hojas muy grandes y en el acto se forma un corro de curiosos alrededor. Como cuando hay un atropello. Y no tarda en llegar el guardia tanteándose la porra para ver qué pasa. En Moscú esto ocurría continuamente. A veces incluso antes de que empezara a dibujar ya teníamos detrás el guardia que nos pedía documentos. Alfredo se asustaba mucho, sobre todo cuando una tarde estaba dibujando el edificio del KGB, con la estatua de su fundador erigida en la plaza, y llegaron varios guardias y yo no estaba con él, aunque acudí al advertir el revuelo.

Un día, le ordenó uno de aquellos guardias con gorrito de falso astracán que dibujara las cúpulas de cebolla del Kremlin, empezando por la izquierda. Alfredo obedeció. Dibujó al soldado con la pierna levantada marcando el paso de la oca. Dibujó la bandera roja y la hoz y el martillo mirando de reojo al guardia. Y por ultimo dibujó las cúpulas con forma de cebolla con semejante convicción y gracia que parecían auténticas cebollas caídas de un cielo de infinita hambre.

Una noche fuimos al teatro Bolshoi y Alfredo se puso a dibujar a los bailarines del famoso ballet en medio de un silencio escalofriante. Yo lo observaba. Lo notaba algo nervioso porque Alfredo es un tímido asturiano nacido en una aldea y Moscú acentuaba su natural timidez. De repente cayó desmayado y su carpeta se plegó como las alas en la escena de la muerte del cisne. Avisaron al médico. Llegó un anciano con sales y linterna contra el desvanecimiento de origen emocional. Y Alfredo volvió a la vida con más espanto al ver a un doctor que proponía ingresarlo. También lo dibujó.

Yo tomaba notas de esas y otras cosas sorprendentes. Cuando regresamos a España nos sentíamos optimistas. Y entonces, sin darle demasiado tiempo para reflexionar, le propuse a Alfredo un viaje a Nueva York con el fin de tener las dos caras de la moneda en un mismo libro.

Allá fuimos. Manhattan sobrecoge a cualquier artista y Alfredo no sería una excepción. Quería subir a todos los rascacielos que se le antojaban campanarios algo más altos que las iglesias de nuestros pueblos. Y subimos a las Torres Gemelas desde las que se apropió de la ciudad en un dibujo por desgracia irrepetible.

Al cabo de varios años Alfredo me regaló el dibujo del Kremlin, tan grande como sus cartas, que tengo colgado ahora frente a mí. Desde entonces le animo a repetir la experiencia en cualquier parte del mundo. Mueve la cabeza. No está seguro, dice. Y yo insisto. No debemos dejar que el tiempo pase sin aprovechar el momento. ¿Sí o no? Y el otro día Alfredo me confesó que él ha decidido no ir más allá de lo que le alcanza la gasolina de un depósito del coche. La verdad es que después de oír eso no sé cómo ingeniármelas para convencer a Alfredo y reanudar nuestros viajes, aunque sólo sean viajes de cercanías.

Por eso escribo estas cosas aquí. Porque creo que sería oportuno hacer un libro de ese estilo: fresco, directo, ocurrente, humano y por supuesto original bien sea en nuestro país, o en cualquier otro país visto como si fuera el nuestro. La clave es esta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de diciembre de 2004