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Reportaje:

100 osos al borde del abismo

Casi extinguidos en los Pirineos, el centenar de ejemplares cántabros no ha aumentado en 30 años

Pola de Somiedo
El disparo de un cazador acabó el pasado 1 de noviembre, en los Pirineos franceses, con la vida de Cannelle, la última osa autóctona de la zona, condenando de esta manera a esa subespecie a la extinción. En la coordillera cántabra, separados en dos áreas, sobreviven entre 80 y 100 osos pardos. Huyen del hombre, son difíciles de controlar e incluso de contabilizar (los expertos no se ponen de acuerdo respecto a su número) y llevan más de 30 años a un paso de desaparecer. Las asociaciones conservacionistas y las autoridades han acabado con la principal causa de su exterminio hasta hace años: la caza furtiva. Pero otro enemigo, más silencioso y fuerte, les sigue amenazando: la lenta destrucción de su territorio.

Todos los viejos del valle del río Somiedo se saben historias de osos. Ésta es la de Sabino Marrón, Sabino de Caunedo, de 78 años: "Iba yo hace mucho para la zona de La Peral, con el ganado, por la ladera, por donde las hayas, y entonces sentí la de Dios de ruido". Al volverse, Sabino vio una enorme bola marrón y rugiente caer rodando montaña abajo arrastrando lo que encontraba a su paso. "Eran dos osos peleándose. Cuando llegaron al precipicio, uno tiróse al río. Y el otro marchóse". El oso pardo cantábrico, una presencia común cuando Sabino era joven, es ahora difícil de ver y sigue paseándose en la cuerda floja, al borde mismo de la extinción.

A principios del siglo pasado, los osos en esta zona se contaban (y se cazaban) por cientos. En 1872 murió un hombre que a lo largo de su vida mató 72 ejemplares. En la actualidad, esta suerte de Búfalo Bill asturiano acabaría él solito casi con toda la población. En estas montañas, a caballo entre Galicia, Asturias, Cantabria y Castilla y León, viven entre 80 y 100 osos (ver gráfico), repartidos y separados en dos zonas, lo que agrava aún más su situación debido a la escasa renovación genética. Casi el mismo número que hace 30 años, cuando se declaró al animal en peligro de extinción. Para que una especie sea considerada sana y viable se necesitarían, al menos, 300 ejemplares. "Por eso estábamos y seguimos estando al límite del desastre", explica Javier Naves, un biólogo que lleva más de 20 años estudiando los osos sobre el terreno y que en la actualidad elabora un informe sobre su distribución en Pola de Somiedo.

"Han quedado los más asustadizos, les va la vida en ello", señala un biólogo

La construcción de una autopista separó a las dos poblaciones en los años setenta

Peor suerte, incluso, ha corrido el oso de los Pirineos. A finales de los años ochenta se contaban 30. El 1 de noviembre pasado, un cazador francés mató a la última osa nacida allí, conocida por Cannelle. Con la misma bala, acabó con toda la estirpe. La subespecie del oso pirenaico perdurará aún unos cuantos años inútiles en la sangre de los tres únicos machos autóctonos que vagan aún por el valle de Aspen. Después desaparecerá. Para siempre. Como los dinosaurios. Una decena de osos de origen esloveno, introducidos artificialmente a mediados de los noventa, se encargarán de disimular el desastre ecológico. Mientras, una legión de investigadores y conservacionistas lucha en Asturias contra corriente para que el oso cántabro siga con vida.

Casi al amanecer, Javier Naves y su compañero, Alberto Fernández, meten en sus mochilas ropa impermeable -ahora nieva en la cumbre y diluvia en el valle-, un poco de chorizo y pan, los mapas y los prismáticos y se marchan en busca del rastro de los osos entre estas hermosísimas montañas pintadas de amarillo y naranja en otoño. Como los exploradores indios de las películas del Oeste buscan huellas, pelos prendidos en los arbustos o excrementos en las rocas. Con todo ello elaboran su informe. Su radiografía particular de la situación de este animal, encargo del Gobierno asturiano. Ninguno es muy optimista: "La población sigue recluida en los mismos lugares que hace 20 años. No hemos adelantado", se lamentan. Saben que no verán ningún oso. "Se ocultan. Durante centenares de años, a los más valientes, a los que se han atrevido a bajar al valle, los han matado. Ha sido una selección natural. Han quedado los más asustadizos. Los más solitarios. Les va la vida en ello", explica Fernández. Naves ha comprobado que prefieren alimentarse de bellotas que de castañas, más nutritivas pero más cercanas al valle, y al hombre. Contra su supervivencia juega además su escaso ritmo reproductivo: una osa no se aparea hasta los seis o siete años de vida. Y sólo se reproduce cada tres años. Las camadas, por lo general, son de dos oseznos. Fernández y Naves calculan que en la parte occidental hay de 50 a 70 osos como mucho. Y que en la oriental no llegan a 20.

La construcción de la autopista León Campomanes, en los años setenta, separó las dos poblaciones. Y una nueva frontera dificultará aún más el reunirlas: el tren de alta velocidad que unirá Madrid con Oviedo y Gijón. Contará con un túnel de más de 20 kilómetros. "Pero es necesario que no perjudique a los osos. Y para eso hay que invertir en los accesos, en los pasos. En Alaska es fácil conservar el oso. Aquí no. Pero no imposible", explica Guillermo Palomero, presidente de la Fundación Oso Pardo y asesor para el Ministerio de Medio Ambiente. Palomero, que también lleva decenas de años investigando e impulsando programas para ayudar a este animal, es algo más optimista que Naves y Fernández: "La colonia occidental de osos cuenta con 80 ejemplares y está creciendo; y la oriental, con 30, no desciende. Estamos saliendo del bache. Pero falta mucho para olvidarnos de la extinción".

A mediados de los ochenta era relativamente fácil apalabrar una batida furtiva para matar un oso por 350.000 pesetas. Ahora es casi imposible. La multa por matar un oso es de 300.000 euros. Orencio Hernández, técnico de la viceconsejería de Medio Ambiente del Principado de Asturias, asegura que el furtivismo está extinguido. Pero añade que el veneno -que los agricultores o ganaderos ponen para matar al lobo, otro animal protegido- hace más daño que hace décadas. "Cada año nacen unas diez crías. Y la población, en los últimos 20 años, no ha crecido significativamente, hasta llegar a los 200. Algo falla. Pero no sabemos qué. Lo más seguro es que se mueran en las fronteras de las áreas protegidas, donde el control es menor. Es un misterio".

Pero todos, optimistas y pesimistas, coinciden en que la causa última de la casi desaparición de los osos es la lenta pero imparable destrucción de los cada vez menos remotos bosques de hayas y robles donde se esconden. "Cada vez hay más pistas para el ganado y más cabezas de ganado, más carreteras, más minas a cielo abierto...", denuncia Fernández. Y todo eso condena a un animal que busca con desesperación dos cosas que son la misma: soledad y espacio.

Control y seguimiento

Es muy difícil saber con exactitud cuántos osos quedan en España, dado su carácter asustadizo y lo abrupto de las montañas en que se esconden. Además, un oso adulto, cuya esperanza de vida alcanza los 30 años, aproximadamente, en tres o cuatro meses, puede llegar a recorrer cerca de 45 kilómetros, con lo que es complicado llevar a cabo su seguimiento.

Es más fácil saber lo que las administraciones se gastan en programas relacionados con este mamífero en peligro de extinción. Por ejemplo: cualquier estropicio o daño que cause un oso (en un panal, en el ganado... se pagará añadiendo un 20% al costo de la reparación).

Sólo el Principado de Asturias emplea cerca de 1,2 millones de euros al año en conservar al oso. Esto incluye estudios científicos, ayudas a organizaciones, compra de terrenos para mejorar el hábitat, los sueldos de la denominada patrulla oso, un grupo especializado de cuatro guardas cuya misión es sólo y exclusivamente preocuparse de este animal...

La Fundación Oso Pardo, presidida por Guillermo Palomero, ha conseguido que no todo lo relacionado con este animal sean gastos: "Hemos organizado visitas, baratas, a tres euros, a zonas de osos donde sabemos que no les molestamos. Enseñamos a la gente dónde viven, cómo viven, y eso atrae al turismo, y el dinero que sacamos lo reinvertimos en programas conservacionistas", explica Palomero. Ahora mismo, en Somiedo, siete personas de la zona trabajan para esta fundación. "Este animal puede traer riqueza", concluye Palomero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004

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