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Reportaje:REPORTAJE

El laberinto francés de Costa de Marfil

Costa de Marfil es un tablero de ajedrez con 16 millones de habitantes, un cuarto de ellos extranjeros, y múltiples participantes. Francia, la ex potencia colonial, protege sus intereses (entre ellos el cacao en el primer productor mundial) y juega de aparente mediador entre el Gobierno de Laurent Gbagbo y los rebeldes del Movimiento Patriótico de Costa de Marfil de Guillaume Soro, que ocupan medio país. Estados Unidos se mueve entre bambalinas para hacerse con el control de las materias primas e incrementar su influencia en el África francófona. Burkina Faso y Liberia (antes de la caída de su presidente Charles Taylor, en junio de 2003) sostienen a los rebeldes del norte y del este con dinero, hombres y armas. Y Sierra Leona aporta miles de ex guerrilleros bregados en 10 años de guerra civil.

La voladura de Costa de Marfil, que hasta 1999 se la conocía como la 'Suiza de África', comenzó en diciembre de 1999 con el golpe del general Gueï

El peso económico de Costa de Marfil, rodeado de países muy pobres, es indiscutible. Abiyán genera el 40% de la riqueza de la zona

La voladura de Costa de Marfil, que hasta 1999 se la conocía como la Suiza de África, comenzó el 24 de diciembre de 1999. El general Robert Gueï dio un golpe de Estado al presidente Heri Konan Bedié acusándolo de corrupción: se quedó con salarios de militares marfileños que habían participado en misiones de paz de Naciones Unidas. La asonada cogió de sorpresa a todos, incluido el embajador francés, que se disponía a celebrar una tranquila cena de Nochebuena.

Detrás del golpe estaba Alassane Ouattara -nacido en Burkina Faso y ex primer ministro entre 1990 y 1993 con el presidente Félix Houphouët-Boigny, padre de la independencia de Costa de Marfil-. Ouattara, el hombre de Francia y uno de los actores clave en el desmoronamiento del país, está enfrentado al presidente Laurent Gbagbo, al que acusa de blandir un nacionalismo imposible en un país con el 25% de la población de origen extranjero.

Cuando Gueï dio su golpe de Estado en 1999, muchos vieron detrás la mano de Ouattara. Pero el general que había prometido limpiar la casa de corrupción, celebrar elecciones y entregar el poder, decidió perpetuarse en él. La traición de Gueï se completó con una reforma constitucional que bloqueaba el acceso de su mentor a la presidencia. La nueva ley fundamental exige a los candidatos el requisito de haber nacido en Costa de Marfil. No es el caso de Ouattara, originario, como sus padres, de Burkina Faso. La contrarreforma constitucional es ahora una exigencia política de los rebeldes del norte (y del Gobierno francés), y de llevarse a cabo, permitiría a Ouattara presentarse a las elecciones previstas en 2005. En una reunión con los embajadores en Abiyán en 2001, Ouattara les dejó claro su verdadero programa político, su total desprecio a la ley fundamental y al posible precio a pagar por su reforma: "Seré presidente de Costa de Marfil, y de las cenizas renacerá un nuevo país".

Gueï cedió a las exigencias de la UE y convocó elecciones en octubre de 2000. El fraude masivo evitó una clara victoria del socialista Laurent Gbagbo. Las manifestaciones callejeras de protesta y la presión internacional (Francia) forzaron la salida del militar y la llegada al poder de Gbagbo, el eterno opositor.

Ouattara es uno de los cuatro millones de burkineses que viven en Costa de Marfil, un Eldorado que hasta 1999 atrajo a millones de africanos de los países limítrofes. "Ouattara siempre trató de presentar documentos legales para probar que su madre es de Costa de Marfil, pero son falsos. Ni siquiera sus seguidores creen que sea marfilense. No tiene village en el país, y en África, si no tienes village, no eres nadie", dice una fuente que pide anonimato.

La rebelión del norte estalla el 19 de septiembre 2002 con el presidente Gbagbo de visita oficial en Italia. Lo que parecía una nueva intentona golpista, en la que Gueï resultó muerto, desembocó en la actual guerra civil. La intervención francesa fue, según diversos analistas, la clave para abortar el pronunciamiento, pero tuvo como consecuencia la partición de hecho del país. Los rebeldes, financiados, armados y dirigidos por Burkina Faso (antiguo Alto Volta, ex colonia francesa como el Bajo Volta, hoy Costa de Marfil), se hicieron con el norte (algunas partes son reivindicadas por Burkina Faso) y establecieron su cuartel general en la ciudad de Bouaké.

La religión y el etnicismo son factores que lubrican el conflicto político. En un país en el que musulmanes, cristianos y animistas están mezclados y no es posible establecer una frontera definida entre Norte y Sur, y en el que los matrimonios mixtos son habituales, la religión se transformó en un arma de guerra: surgieron escuelas islámicas influenciadas por el wahabismo (versión estricta del islam que se exporta desde Arabia Saudí). Ouattara, consciente de que su figura despierta un enorme rechazo en una parte de la población, comenzó en 2002 a enarbolar la bandera de la fe: "Me odian porque soy musulmán", dijo este hombre nacido en 1942 y casado con una mujer de religión judía.

Armas y diamantes

El presidente burkinés, Blaise Compaoré, es amigo de Ouattara, enemigo de Gbagbo y aliado de París. Hasta la caída de Taylor en Liberia (ex señor de la guerra acusado de crímenes contra la humanidad y que vive exiliado en Nigeria), ambos -Taylor y Compaoré- cooperaron en la desestabilización de Sierra Leona, primero, y se lucraron del tráfico de diamantes y armas, después.

"Los rebeldes tenían un armamento sofisticado, mejor que el del Ejército y la Gendarmería marfilense. Francia, a pesar de tener firmado un acuerdo de defensa mutua con Costa de Marfil, no intervino. Tampoco lo hizo cuando un segundo grupo rebelde (proliberiano) entró por el oeste. Incluso impidieron al presidente Gbagbo el envío de soldados. La única vez que los soldados franceses han disparado contra los rebeldes fue en el oeste, cuando amenazaron las plantaciones de cacao", asegura la fuente.

En las primeras reuniones celebradas en 2002 en Acra (Ghana) para lograr un cese de las hostilidades, delegados de varios países, partidos y facciones compartían hotel con traficantes de armas. Los acuerdos de Marcoussis (Francia) en 2004 exigen el desarme, un Gobierno de unidad nacional y la integración de la guerrilla en el Ejército marfilés.

"Francia situó sus tropas entre las partes creando una línea de demarcación que no estaba reconocida en los acuerdos", sostiene la fuente. "Francia, tras la salida de [Lionel] Jospin del Gobierno, dejó de apoyar al presidente Gbagbo [socialista y cristiano como Jospin] y comenzó a simpatizar abiertamente con los rebeldes. Quizá no sea una buena idea que la antigua potencia colonial dirija la fuerza de paz en el país donde tiene sus intereses", añade.

Gbagbo no confía en Francia. Ni en su papel mediador ni en la política que sigue para protección de sus expatriados. Sin capacidad militar para reconquistar el norte, Gbagbo, un hombre con un largo historial de paz, ha optado por agitar el nacionalismo.

Francia está fuertemente ligada a sus colonias por el franco cefa, la moneda africana que cotizaba a la par con el franco francés y que ahora está ligada al euro. Una divisa fuerte que apenas ha conocido la devaluación. El peso económico de Costa de Marfil, rodeado de países muy pobres, es indiscutible. Abiyán genera el 40% de la riqueza de la zona cefa, y París no está dispuesto a dejar que el gigante se hunda. Los franceses encabezan la lista de inversores extranjeros en el país: poseen cerca de 1.000 empresas registradas como marfileñas.

Las telecomunicaciones, el tendido ferroviario con Burkina Faso -una importante vía de salida de mercancías- o la gestión del agua son algunos de los intereses económicos visibles de Francia en el continente africano, y en particular en Costa de Marfil. Demasiado visibles como para no generar el recelo de la población local. Al neón de las grandes compañías se le añade la imagen de los blancos conduciendo todoterrenos, hospedados en hoteles de lujo y almorzando en restaurantes caros; establecimientos donde por lo general los únicos negros son los camareros.

El presidente Gbagbo y su nacionalismo se han encargado de convertir este recelo subyacente en un fuerte sentimiento antifrancés que, tras el estallido de la última revuelta, se ha dejado ver en las calles de Abiyán. Miles de manifestantes se lanzaron a la caza del blanco. La turbamulta, arengada por algunos portavoces gubernamentales, se ha dedicado al saqueo de los barrios de extranjeros, a incendiar liceos y a destrozar todo lo que oliera a blanco.

La última crisis surge de la violación de los acuerdos de paz que prevén el desarme de ambas partes. Los dos únicos aviones de guerra del Gobierno bombardearon a los rebeldes en Bouaké y causaron la muerte de nueve infantes de marina franceses.

En respuesta, el presidente Jacques Chirac ordenó la destrucción inmediata de toda la aviación de Costa de Marfil: dos aviones y seis helicópteros. El Movimiento Patriótico de Costa de Marfil de Guillaume Soro tiene ahora una superioridad militar incontestable.

El Gobierno de Gbagbo se ha servido, en la agitación del sentimiento antifrancés latente, de Charles Blé Goudé, líder de la milicia Jóvenes Patriotas, y de Geneviève Bro-Grebe, de las Mujeres Patriotas. Ellos son el instrumento de presión de una calle que no distingue ciudadanos franceses de otras nacionalidades. Las imágenes de saqueo benefician paradójicamente al teórico pacificador, pues su presencia parece ahora más imprescindible que nunca. Pero muchos marfileños no quieren la que consideran una fuerza neocolonialista que defiende sus intereses.

Con la credibilidad mermada tras esta última crisis, Francia trata de encontrar un papel activo en su antigua colonia africana. "Hasta ahora, Francia había hecho creer que los acuerdos de paz funcionaban y que sólo faltaba esperar a las elecciones [en 2005] para entrar en una fase de estabilidad definitiva. Ahora, todo eso ha saltado por los aires y lo más probable es que ni siquiera se puedan celebrar elecciones", asegura Jean Pierre Tuquoi, experto en asuntos africanos del diario Le Monde y autor de El último rey, crepúsculo de una dinastía.

El espaldarazo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a la represalia francesa contra la diminuta Fuerza Aérea marfileña muestra uno de los posibles caminos a seguir, según el periodista. "Francia tiene que situarse detrás de la ONU. Con la legitimidad minada, a París sólo le queda que Naciones Unidas dé la cara por ellos" y le ayude a salir del laberinto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004

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