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Crítica:XIII BIENAL DE FLAMENCO

Bailar entre dos mujeres

Por una vez, Antonio el Pipa abandona su mundo familiar y se incluye en una historia un tanto sofisticada. Lo hace con su habitual desenvoltura, con su peculiar manera de comportarse en escena.

Lo hace bien, aunque ocasionalmente se pierda un poco por los alrededores de la historia. En definitiva, su pugna entre dos mujeres radicalmente diferentes es la pugna entre dos mundos distintos, que se enfrentan en defensa cada uno de sus presupuestos. Uno de esos mundos lo representa María José Franco, sensible, buena bailaora, que le echa mucho corazón y mucha entrega a la conquista y la conservación de un Pipa que se muestra proclive a todas esas seducciones, pronto a acceder a cuantas seducciones se le ofrecen.

Pasión y Ley

Baile: Antonio el Pipa, Lola Greco, María José Franco. Cante: Juana la del Pipa, Enrique el Extremeño, Manuel Tañé, Felipa del Moreno. Toque: Pascual de Lorca, Juan Moneo. Violín: Alexis Lefèvre. Saxo y clarinete turco: Nacho Gil. Percusiones: Luis de Periquín. Teatro Lope de Vega, Sevilla, 4 de octubre.

Hasta que aparece esa otra mujer, la Greco, incierta y misteriosa, que jugará a su vez con recursos propios del ensueño, de una idealización más o menos consciente. La Greco hace un baile pleno de sugerencias, cuajado de intenciones no muy definidas. Es la mujer sueño, la mujer ideal que persigue al hombre sin nunca concretarse demasiado.

Entre las dos, con las dos, El Pipa se muestra unas veces irresoluto, otras determinado, otras perplejo. Baila y baila con una y con otra, o solo, hasta la extenuación. Baila casi constantemente, como él sabe hacerlo, con una variedad de recursos grande y consciente. A veces se pasa, como en la soleá, que baila espléndidamente pero larguísimamente, volviendo una y otra vez sobre sí mismo, sobre sus propias peripecias vitales. Es un baile por soleá espléndido, ya lo he dicho, pero largo, terriblemente largo.

Capítulo aparte merecen El Extremeño y Tía Juana la del Pipa. Forman una pareja mitad seria, mitad humorística, y sacan partido de su originalidad. Cantan, principalmente por tangos, con un son envidiable. Él lo hace con una gran soltura, con un saber hacer que difícilmente encontrará competencia. Después le cantaría por soleá a El Pipa de manera admirable. En cuanto a Tía Juana, sus tangos fueron asimismo encantadores.

La música de Dorantes da empaque y verdad al conjunto. Es de lo más valioso que la obra puede ofrecer, por su sentido, por su amplitud conceptual y por el modo en que acierta a resolver los problemas. Suena con fuerza a veces, pero más frecuentemente con dulzura, con contención. Una gran música, en fin, la que Dorantes ha creado para esta obra.

No sé qué pensar del efecto que la misma tendrá en la carrera artística de Antonio el Pipa. No está a la altura de producciones anteriores que marcaron en cierto modo su estilo, pero tampoco hay que desestimarla como obra fallida. Digamos que se queda en una tierra de nadie con aciertos y desaciertos, pero indudablemente tiene el valor de lo que ha sido concebido como un bien de raíz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de octubre de 2004