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Crítica:POESÍA

El último gran surrealista

Se recogen en un volumen los siete libros que el venezolano Juan Sánchez Peláez publicó entre 1951 y 1989. Una barroca unión de misticismo y erotismo.

La reciente desaparición de Juan Sánchez Peláez (Altagracia de Orituco, 1922-Caracas, 2003) da a este libro la entidad de hito final, la solemnidad de una clausura: muertos, en los últimos años, el peruano Emilio Adolfo Westphalen, y los argentinos Olga Orozco y Enrique Molina, Sánchez Peláez era el último de los grandes representantes del enorme auge que el surrealismo alcanzó en la poesía latinoameriacana. Nuestra tenaz vocación barroca -la tendencia americana a mirar las palabras como objetos carnales tan recientes y asombrosas como el mundo que debieran nombrar- y cierto espíritu épico en el cultivo de la izquierda de las estéticas del siglo favorecieron ese gran ímpetu del movimiento fundado por Breton. Un capítulo que se abre ya en 1928, apenas cuatro años después de la publicación del primer "Manifiesto surrealista", cuando aparece en Buenos Aires la revista Qué, fundada por Aldo Pellegrini. Por entonces Neruda escribía en Rangún su primera Residencia en la tierra y algunos años más tarde Lezama Lima, en La Habana, anunciaba la "Muerte de Narciso": "La mano o el labio o el pájaro nevaban".

OBRA POÉTICA

Juan Sánchez Peláez

Lumen. Barcelona, 2004

250 páginas. 14 euros

La palabra, veteada de sentidos divergentes, desnuda su materialidad. Si en el surrealismo americano el acento es marcadamente erótico, como por ejemplo en el chileno Rosamel del Valle (influencia explícita en Sánchez Peláez) es, en primer lugar, por esa visibilidad del vocablo como objeto inquietante, dislocado de su referencia: "Suenan como animales de oro las palabras", escribe Sánchez Peláez. Éste apareció a principios de los cincuenta en el vórtice de ese movimiento que había convertido la poesía en un laboratorio de imágenes insólitas: su primer libro, Elena y los elementos (1951), que se abre con una cita de Eluard como declaración de principios, se apropia casi con violencia de la imaginería surrealista: "Pan de leche de la luna, oscuro tambor de los cereales / Precipicio de nubes que ahogaron mi rostro dormido entre las aguas". Filiación oscura (1966), Lo huidizo y permanente (1969) y Rasgos comunes (1975) representan la zona más poderosa de su voz, a la búsqueda de un cuyo encuentro, sin embargo, no alivia la ansiedad: "A ella, mi ritual de beber en su seno porque quiero / comenzar algo, en alguna dirección".

Barroca unión de misticis

mo y erotismo, como vio Valente en Westphalen, con palabras que valen para Sánchez Peláez: "Pertenece por naturaleza y estirpe a una tradición marcada por la exploración intensa del lenguaje poético". Eugenio Montejo, por su parte, diseña una genealogía venezolana al ubicarlo como descendiente de José Antonio Ramos Sucre (1890-1930): "De él hereda Sánchez Peláez el trazo enfático y suntuoso de la palabra". Ramos Sucre (de quien puede conseguirse su Obra poética, FCE, México, 1999), uno de los raros geniales que dejó la disolución del modernismo, escribió casi exclusivamente poemas en prosa, en la estela de las Iluminaciones de Rimbaud y del spleen baudelairiano, pero ya cerca de la progresiva abstracción que el simbolismo operó en la construcción de la frase. También Sánchez Peláez fue un maestro del fragmento en prosa, que alternó con el verso en casi todos sus libros. Esta compilación apenas póstuma de su poesía muestra, completas, las estampas de un viaje por uno de los territorios más extremos de la invención poética.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 2004

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