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Crítica:

Invitación a Sábato

Cuaderno de los viajes a España del escritor argentino en 2002, el libro está marcado por la crisis de su país. Junto al autor que no abdica de su cólera o de su angustia ante un mundo injusto aparece el Sábato de la esperanza en la regeneración de la humanidad.

En Santiago de Compostela la gente pasea con el paraguas en la mano como Ernesto Sábato (Rojas, 1911) carga con la melancolía y, aunque quiera y lo intente, aún no ha aprendido, a los noventa años largos, a controlar los accesos de cólera, la ira destemplada que le asalta y luego le abate de culpa. Tampoco ha llegado a controlar la angustia depresiva ante un mundo tan exasperantemente mal hecho y visto tan de cerca como pudo hacerlo al presidir la comisión sobre los desaparecidos de la dictadura argentina en 1984. Se conmueve integralmente ante el afecto emocionado de sus lectores, en los actos públicos, cuando acuden a la entrega de medallas o premios, y tantas veces son argentinos emigrados a España, o a veces es un portugués como Saramago, amigo desde muy atrás, y lector de sus obras desde más atrás todavía, desde mediados de los años cincuenta, cuando Saramago apenas había escrito una sola página literaria pero compartían la filiación comunista y una actitud militante tenaz y arriesgada, o todavía un escritor italiano, un triestino como Claudio Magris que abandona a la familia el día de su cumpleaños para hablar en Madrid sobre Sábato y ante Sábato, y deja dichas unas cuantas cosas exactas sobre su obra y el sentido de su obra (y para empezar la reivindicación de su ensayo...).

ESPAÑA EN LOS DIARIOS DE MI VEJEZ

Ernesto Sábato

Seix Barral. Barcelona, 2004

237 páginas. 7,45 euros

La última y amarga crisis de Argentina atraviesa este cuaderno de sus viajes a España en el año 2002, y hay muchas más cosas, incluidas algunas fobias tercas y algunas filias inexplicables (como la literatura esotérica o la monarquía española), aunque también incluye páginas con sus conferencias o charlas a propósito de diversos actos. Pero tómese todo, lo fragmentario y lo más elaborado, con la misma rotunda humildad con la que el autor las presenta y publica: valen como insinuación o promesa de lo que es la literatura verdadera de este gran escritor.

Entiendo el libro como una

larga y estimulante invitación a leer al Sábato novelista y ensayista y así entiendo también el buen criterio de dar en un anexo las palabras que escribieron o dijeron quienes estuvieron con él en una mesa redonda o en su doctorado honoris causa por la Carlos III, en particular porque ahí encuentra el lector unas páginas de Claudio Magris, que trató sobre su escritura nocturna ("las verdades más atroces se encuentran en sus ficciones, enmascaradas, porque de lo contrario no podría confesarlo a cara descubierta"), o a Pere Gimferrer subrayando la revigorización que inventan bárbaros como Sábato cuando denotan "lo metafísico con una descripción muy precisa de lo físico", además de otros textos del mismo Saramago, Argullol, Félix Grande y Fanny Rubio.

El aliento de Sábato, sin embargo, es inconfundible también aquí; es casi el mismo del muchacho que en 1945 obtiene un premio literario para su primera obra ensayística, Uno y el universo, en cuyo jurado está Adolfo Bioy Casares, y es el mismo que pocos años después reincide en ese tipo de meditación breve y fragmentaria, filosófica sin método pero con vocación: obstinado y desalentado, iracundo tantas veces y también catastrofista ya entonces, como si no hiciese falta el aprendizaje de cincuenta años de vida, o como si el apocalipsis y la sospecha de la capitulación del hombre y la civilización estuviesen anidando en su corazón mucho antes que en su inteligencia analítica y crítica. Heterodoxia fue, así, en 1953 otro libro con fondo de dietario, de cuaderno de ruta personal y meditativo, y algo posterior a la novela que lo consagró internacionalmente en 1948, El túnel.

Lo verdaderamente incomprensible, desde entonces y hasta hoy, es la subsistencia en Sábato de una esperanza difusa, irracional, más o menos religiosa pero innombrada, en la capacidad regeneradora de la humanidad, como si de veras no hubiese perdido todavía la confianza, o como si la motivación para escribir y pensar no fuese tanto la indagación sobre la existencia humana sino su salvación (y es palabra sabatiana, por cierto). Han de surgir algún día, escribe, "atisbos de otra manera de vivir que busque, en medio del abismo, la recuperación de una humanidad que se siente a sí misma desfallecer". Como explica Claudio Magris y explicó el propio Sábato en El escritor y sus fantasmas, las verdades hondas y obscenas, pero no exactamente la esperanza, es lo que alienta en esas novelas suyas, grandes como Sobre héroes y tumbas o pequeñas como El túnel, pero en todo caso injertadas de ensayo, angustia y verdad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 2004

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