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Reportaje:MARRUECOS, A 14 KM DE ESPAÑA | LECTURA

Ibrahim de día, sultana de noche

La detención, y posterior liberación, en Tetuán de 43 personas asistentes a una fiesta homosexual, el pasado junio, fue uno de los más recientes episodios de este tipo reveladores de la reacción de las autoridades, la prensa y la sociedad ante la homosexualidad, que está prohibida por ley en Marruecos y equiparada a la prostitución. Renunciar a la función reproductora no está bien visto en una sociedad basada en la conservación de la familia tradicional, aunque esa actitud contrasta con la secreta tolerancia que se da en algunos casos.

El hombre, de unos 30 años, corpulento, de cráneo rasurado y risa fácil, ayudante de joyero de profesión -más de diez años trabajando para el mismo patrón, que no le ha declarado en la seguridad social ni le permite que se apunte como autónomo: un explotador-, se arrellanó en la parte posterior del coche y dijo:

-Podéis llamarme Sultana.

Habíamos estado buscándole por todas las joyerías de Tetuán. En realidad, la cosa empezó mucho antes, en junio, cuando los periódicos marroquíes se hicieron eco de la noticia de que 43 personas habían sido detenidas por la policía en dicha ciudad, por celebrar una fiesta homosexual sobre la que corrían distintas versiones. Una, que se habían disfrazado para celebrar una boda. Dos, que se habían disfrazado para celebrar una juerga. Tres, que se habían disfrazado para celebrar que se disfrazaban. En cualquier caso: eran homosexuales -la mayoría, hombres; pero también había lesbianas- y lo celebraron con cierto estruendo, en una sala de fiestas demasiado pequeña, en pleno centro, rodeados de minaretes. Un periódico llegó a contar que los detenidos iban "vestidos con caftanes, sujetadores y bien maquillados, lo que implicó ser llevados al hospital Saniat Raml para asegurarse de su sexo antes de interrogarles" (As Sabah, 4 de junio de 2004). Pero el semanario TelQuel afirmaba que se les practicaron análisis de sangre para determinar si eran portadores del sida.

Bastante siniestro, considerando la secreta tolerancia hacia las relaciones con el mismo sexo que todos conocemos, especialmente quienes practican con frecuencia el turismo, digamos, amoroso. Pero una cosa es mantener el misterio de la propia opción sexual y otra hacer alardes: sobre todo porque la homosexualidad está prohibida por la ley (artículo 489), que la equipara a la prostitución, con penas que pueden alcanzar los cinco años de cárcel. El temor generalizado entre los bien pensantes habituales era que la reunión de los 43 -ni los primeros detenidos ni los últimos, por causas similares- se convirtiera en el prólogo de un congreso del colectivo de gays y lesbianas. Es decir, se recelaba de una salida del armario -masiva: podría ocurrir- que pondría en apuros la hipocresía de esta sociedad tan parecida, por tantos conceptos, a la del tardofranquismo. Anclada en parte en las tradiciones, temerosa de las apariencias, pero con una pujante -podríamos llamarla así- vida interior.

De modo que fuimos a Tetuán, en busca de alguno de los participantes en el sarao. Porque lo más intrigante del asunto era que a los 43 -al contrario que a otros por las mismas causas y en otros lugares- los habían puesto en la calle a las pocas horas. "Una llamada de arriba", comentaban unos. "Es que, esta vez, había gente importante entre los detenidos". Otros pensaban que fue más definitiva la intervención internacional, el temor a que Marruecos deje de aparecer como un paraíso turístico.

Nunca lo sabremos porque no encontramos a ninguno de los participantes. Miento: hallamos a uno, gracias a Rachid. Mi buen Rachid -el hombre de los chistes y de los contactos, como sabrá quien haya seguido esta serie-, aquel día venía cargado con un par de sus especialidades:

El chiste:

-Dicen que los presos se han manifestado, como acto de protesta.

-¿Por la detención de los 43?

-¡No! ¡Porque los han sacado de la cárcel!

Su contacto resultó algo más insólito, aunque se reveló inútil. Era el fotógrafo, el encargado de rodar el vídeo de la fiesta, que también había sido detenido y posteriormente liberado. Habíamos quedado con él en su estudio de la deliciosa medina de Tetuán, que a las nueve de la noche crepitaba envuelta en el fuego azul del fin de jornada. Le pillamos cinco minutos antes, con las manos en la masa: dispuesto a huir, el pobre, de nuestro asedio. Después de prometerle lo que a todos -nada de nombres, nada de fotos-, el hombre nos acompañó al pequeño piso en donde tiene su material de trabajo: un par de habitaciones materialmente forradas con trajes de rociera y peluches de animalitos. Pues se gana la vida, adujo, retratando a muchachas ceutíes vestidas de flamencas -y nos mostró un indescriptible álbum de fotos para probarlo- y filmando fiestas infantiles a las que, adecuadamente, aportaba los muñecos y un vestido de clown.

En cuanto a los otros: nada que hacer. Después del escándalo se habían desvanecido en el aire. Dicho lo cual nos puso de patitas en la calle. Rachid, desanimado, musitó:

-Creo que hay otro homosexual, que trabaja en una joyería. Aunque no fue a la fiesta...

-No importa -le atajé, sobria y sabihonda-. No estamos yendo de caza. Lo único que quiero es conocer la problemática gay en este país, qué hay debajo de lo que parece que hay encima.

Por otra parte, yo ya había sostenido, en Tánger, una larga conversación con un muchacho gay de 22 años, a quien llamaré Laurent. Creo que es un nombre que le gustaría, teniendo en cuenta que el verdadero apodo por él elegido es igualmente francés y sofisticado. Este muchacho -más viscontiano que pasoliniano, para que me entiendan-, de facciones delicadas y mente rápida, también sueña con un coche, una casa y... no, una rubia no, ni siquiera un rubio, sino con terminar la carrera -pertenece a una buena familia, su padre es funcionario- y poseer una cuenta corriente que le permita viajar, volver a París, conocer gente y, sí, tener una pareja, como colofón.

No me resultó difícil imaginarle viviendo días felices junto a elegantes extranjeros que le cuentan historias de arte y de artistas. El problema -para él como para Sultana y cuantos han elegido una opción sexual ajena al sistema y a la norma reproductora- es que tarde o temprano van a tener que plegarse a llevar una doble vida.

-Eso yo no lo voy a hacer -dijo Laurent-. Depende de cada uno, claro. Hay quien prefiere vivir tranquilo. En mi opinión, puede que un hombre que haya tenido que hacerlo con los de su propio sexo por las dificultades de acercarse a una mujer, puede que ese hombre se case y sea feliz. Pero, créame, alguien que es homosexual difícilmente va a convertirse en "un hombre respetable". Para mí no existe la bisexualidad. La homosexualidad es como un virus: siempre acaba por manifestarse.

-Estas detenciones... -comenté-. ¿Qué es peor para ustedes, la actitud de las autoridades o la de la sociedad?

-La presión social -respondió, sin dudar un instante-. Mi familia no lo sabe, ni siquiera mi madre. Aquí no faltan oportunidades, pero tengo que irme fuera de Tánger, al sur o al extranjero. ¡Una vez estuve en París! En Tánger tengo que guardar las apariencias. Al sur vienen un montón de forasteros, por vacaciones, y me enseñan cómo es de verdad la homosexualidad: como una flor que se abre en verano. Y que, en invierno, se cierra.

-¿Y eso entraña prostitución?

-Depende del forastero. Muchos turistas han venido aquí. Han tenido relaciones sin querer aprovecharse del otro. Algunos se han comprado una casa, se han quedado; otros se han llevado al chico a Europa, le han hecho ver mundo.

Y sonrió, entre nostálgico e ilusionado:

-¡Ah, París, otra vez! ¡Quién pudiera!

Se me ocurrió prestarle por un rato mi MP3, con el concierto en directo grabado hace años por Charles Aznavour y Liza Minelli, en el Olimpia. Lo escuchó respetuosamente, casi en éxtasis.

-Nadie defiende a los homosexuales declarados -me había dicho Laurent-. Es mejor pasar desapercibido. Aunque lo de la fiesta, bueno: al menos se habló del asunto.

Tampoco las lesbianas que deciden vivir en pareja pueden esperar más que hostilidad. Renunciar a la función reproductora en una sociedad basada en la más estricta conservación de la familia tradicional no está bien visto, aunque otra cosa son las pequeñas alegrías que unas y otras puedan proporcionarse en la intimidad.

En cuanto a los transexuales... Quizá quien más claro tiene toda esta cuestión para funcionar por la vida sea Nur, la bailarina estrella que se declara andrógina y hace de su sexualidad un misterio, aunque muchos recuerdan que, antes de "modelar poco a poco su cuerpo para ser capaz de transmitir la danza del vientre", como ha escrito eufemísticamente Carla Fibla, ganó varias medallas en los ochenta, corriendo los 400 metros lisos. Nur, guapísima, ha hecho dos películas en Marruecos y fue candidata al papel de Gael García Bernal en el último filme de Almodóvar. Ser "una criatura sin calificar" y pertenecer al mundo del espectáculo puede proporcionarle cierta protección: la benevolencia que se concede a lo que puede pasar por excepcional, por no cotidiano.

Guapísimo y valiente Laurent: espero que todos sus sueños se cumplan. Aunque resulta algo difícil de creer, después de chocar con ciertos artículos aparecidos en la prensa, acerca de "este nuevo fenómeno contrario a nuestras costumbres y tradiciones nacionales e islámicas" (Al Ittihad Al Ishtiraki, 3 de junio de 2004), como el inefable desahogo publicado por el semanario Al Sahifa el 10 de junio pasado: "La explosión de la homosexualidad en esta ciudad [por Tetuán] confirma el nacimiento de unas clases anormales, entre delincuentes, terroristas, homosexuales y lesbianas", una pieza venenosa en la que se equiparaba la práctica de la homosexualidad con la autoin-molación del terrorista, pues ambos "reaccionan con su cuerpo a problemas morales". "Es una clase que se ha descartado a sí misma de las tradiciones y costumbres de la sociedad". Pero la propia prensa, como la sociedad, vive en una especie de esquizofrenia: el articulista, mientras ataca a esa "generación que rechaza todo, que pone en tela de juicio todos los valores", admite que es "una generación marginada, carente de toda integración, que está dispuesta a cambiar su identidad de marroquí a española o italiana, inmigra ilegalmente o se inmolan para inmigrar al paraíso". O se sodomizan.

Por fortuna, después de estas lecturas perniciosas, Sultana nos iba a obsequiar con una sana charla sobre homosexualidad (y, además, usando un interesante dialecto egipcio). Retomando el hilo: Pedro, el fotógrafo, Rachid, el socarrón, y esta cronista llegamos a la joyería adecuada. Buscando al joyero gay. Que resultó, en el interior del establecimiento, el más serio y viril de los dependientes. "A por él", indiqué a Rojo y a Rachid. "Estas cosas se os dan mejor a los hombres".

Al poco salieron de la tienda, sin collares de perlas para mí, pero afirmando que Ibrahim acababa de prometerles que se reuniría con nosotros en cuanto acabara su turno. "Pero no apunta maneras", empezó a decir el fotógrafo cuando se acercó a nosotros el mencionado hombretón de cráneo rasurado. "Vamos a vuestro coche", ordenó, amable y algo rudo. Vaya, éste no es, pensé. Pero en cuanto se acomodó en la parte posterior del coche, Ibrahim se identificó como Sultana, abrió los brazos y gritó:

-¡Periodistas españoles! ¡A-do-ro a Boris Izaguiiiiiirre!

Agarró el teléfono móvil, empezó a llamar a amigas y no paró hasta que, camino de Martil, recogimos a un delgado caballero, quien, respondiendo al femenino nombre de Machda, se montó también en nuestro coche.

Y nos fuimos por ahí, en plan chicas que se lo cuentan todo. Como aquí, a mediados de los setenta.

Por cierto, Boris. Tenemos el teléfono de Sultana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de agosto de 2004