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Reportaje:TOUR 2004 | Cuarta etapa

Frente al desastre, orgullo

El Euskaltel, con ocho y con Mayo herido, se rebela contra el destino y salva su dignidad

Salieron de España como quien se va a una fiesta, recorriendo pueblos y caseríos del País Vasco, el autobús naranja convertido en el Carro de la Alegría, y en Bélgica, donde salió el Tour, les esperaba un funeral, la ley de Murphy, a plena producción. Si el Euskaltel dudaba de la existencia de tal principio, los hechos de la última semana les han mostrado que existe. Si algo puede ir mal, seguro que va, o peor. Y Mayo, el hombre que desafió a Armstrong, por los suelos.

A los dos días de llegara a Lieja, de madrugada, toc, toc, control sanguíneo; zas, zas, Gorka González, fuera, mala sangre. Tras denunciar el estado de acoso que vive su equipo, y echarle la culpa a Manzano, el ciclista del Kelme que denunció las prácticas dopantes del ciclismo, Miguel Madariaga, el hombre que creó el Euskaltel y su Fundación se fue con la caja de cascos nuevos especiales para la contrarreloj a homologarlos ante los comisarios de la UCI. No, no, esos cascos no son buenos, le dijeron. Así que en el prólogo, rodeados de cámaras, fotógrafos, periodistas, visitados por lehendakaris, animados por las ilusiones de un pueblo, que pensaban que el Tour era una entelequia que nunca empezaría, los corredores salieron con los cascos de toda la vida, desafiando los avances aerodinámicos de la concurrencia con su PVC expandido y sus agujeros para que respire el pelo.

El prólogo ya lo disputaron en estado de shock. No sólo por el casco. Los periodistas extranjeros le tomaron el gusto a perseguir a los chicos de naranja y a sus jefes para preguntarles no por sus esperanzas, temores, ilusiones y sueños, por su vida o por su novia o hijos, sino por su médico, Jesús Losa, ausente del Tour. Como Le Monde publicó que el escocés David Millar había confesado ante el juez que le ha procesado por la trama dopante del Cofidis que a él quien le daba la EPO era Losa, no le quedó otro remedio a Madariaga que escribir un comunicado para calmar a las fieras anunciando la apertura de un expediente a Losa y su despido provisional. Ahí se acabaron, por ahora, los fuegos extradeportivos -que Madariaga sigue denunciado el acoso de la brigada antidopante, concretado en controles casi cotidianos para Mayo y Zubeldia y la visita extemporánea de los controladores de sangre ayer a las 8 de la mañana-, pero surgió el incendio deportivo, donde menos lo esperaban el año que corredores más grandes, mejores rodadores, han seleccionado para el Tour.

Por eso nadie esperaba mucho ayer del Euskaltel, empezando por su director, Julián Gorospe, quien ya se conformaba con perder 3 minutos, el tiempo máximo. Y que, casi con alivio -como cuando en 1983, en la Vuelta, perdió el liderato ante Hinault y al día siguiente levantó los brazos y gritó, en medio del pelotón: "qué peso me he quitado de encima"- asumía que su pupilo llegaría a la montaña como siempre, a casi nueve minutos de Armstrong, lo que le facilitaría la tarea de intentar ganar una etapa. Y el pesimismo creció más ayer por la mañana, cuando, frío, a Mayo le dolía todo el cuerpo y le costaba hasta pisar. Sus compañeros se fueron a rodar en bicicleta por los alrededores de Cambrai y él se quedó, con su amigo Unai Etxebarria, haciendo rodillo, para no sufrir más.

Pero Mayo no es Gorospe. A las dos de la tarde, bajo el diluvio, se caló una braga naranja en la cabeza, para proteger el pelo de la gélida lluvia, se encasquetó encima el casco gruyère de todos los días -aún no han llegado los especiales de contrarreloj- y, dando más relevos que nadie, mostrando a todos las tripas, condujo al equipo a la mejor contrarreloj de su vida. Y de nueve minutos, nada. A cinco y medio se ha quedado pese a todo. Y anoche soñaba con remontadas históricas, con fuegos artificiales en los Pirineos, arrullado por Armstrong, que dijo: "Qué pena lo de Mayo, pero, cuidado, no está acabado. Tiene toda la montaña para él".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de julio de 2004