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Crítica:

El príncipe de la ciénaga

Los cuentos ya no son lo que eran, las chicas ya no quieren ser princesas y los héroes no son hábiles espadachines de mirada abrasadora, voz aterciopelada, maneras exquisitas y la vista puesta en el gobierno de sus fértiles tierras. Ahora ambos se tiran pedos y eructos, se divierten revolcándose en el barro, llevan la naturalidad por sombrero y son los más feos de la historia.

Hace tres años, los responsables de DreamWorks habían llegado a la conclusión de que el futuro estaba en el espíritu gamberro y transgresor. Así, crearon Shrek, película con la que daban la vuelta a la tortilla de los cuentos.

Esta segunda parte tiene en ese espíritu renovador su sello de identidad. Donde antes había cursis canciones interpretadas por Céline Dion, ahora está la música de Eels o el hallazgo de introducir Living la vida loca, de Ricky Martin, como banda sonora del fin de fiesta. Donde antes había lindos gorjeos de los pajaritos, ahora éstos explotan (literalmente) si se ponen demasiado blandengues. En realidad, Adamson y compañía no inventan nada, simplemente recogen material de otros para adaptarlo a su libre albedrío. Lo que sí abunda en Shrek 2 es ese gusto por el metalenguaje que ya se podía entrever en su primera entrega. Para alguien que no hubiese visto Matrix, no tenía ningún sentido (ni gracia) que la princesa Fiona diera aquellos saltos con giro incluido de 180 grados de la perspectiva. Pero, ¿quién no ha visto aunque sea de soslayo ese momento de Matrix? En esta segunda entrega, también proliferan esos juegos cinéfilos, con la escena del beso en la playa de De aquí a la eternidad y la escena de los cables de Misión imposible a la cabeza.

Shrek 2

Dirección: Andrew Adamson. Intérpretes: Mike Myers, Eddie Murphy, Cameron Diaz, Antonio Banderas (voces). Género: comedia de animación. EE UU, 2004. Duración: 93 minutos.

Puede que la capacidad de sorpresa ya no sea la misma, pero Shrek 2 es una notable secuela. La agilidad de su guión, el gusto por el detalle (ese reino semejante a Los Ángeles es una maravilla) y la calidad de los diálogos son abrumadores. De hecho, sólo se le puede poner una objeción: que la trama del hada madrina y su insoportable hijo está algo desaprovechada. Por lo demás, al asno, el mejor personaje de la historia, se le une esta vez otro descubrimiento: El Gato con Botas, que interpreta con descacharrante gracia Antonio Banderas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de junio de 2004