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Crítica:

El grito de Laocoonte

La violencia política ha tenido en el arte una larga tradición de representaciones que empiezan, quizá, con el conjunto escultórico griego de Laocoonte. En las salas de Artium, en Vitoria, se abre el próximo miércoles la exposición Lacoonte devorado, con cerca de cuarenta obras de artistas como Beuys, Abramovic o Longo, junto a piezas de Francesc Torres, Badiola, Euba y Abad.

Normal, simplemente un hombre. Ése era Laocoonte. Un padre despojado de su sacerdocio y de todo lo que le convirtió en fábula, que se enfrentó a dos temibles serpientes para poder liberar a sus hijos durante el asedio a Troya. El magnífico grupo escultórico de Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas, encontrado en 1506 en las cercanías de la casa dorada de Nerón y adquirido posteriormente por Julio II, que lo expuso en el Palazzo Belvedere de El Vaticano, es una de las antigüedades más estudiadas y comentadas de todos los tiempos. Laocoonte no sólo es el mármol en movimiento, es la representación del sufrimiento físico y espiritual, la impotencia, la personificación de todas las víctimas ocasionadas por los conflictos virulentos nacidos en la polis. Hablar de Laocoonte es hablar de una gran obra artística que hace casi necesario hablar de todo el arte, de la vida, pues permite analizar lo particular a partir del mito. Jacques-Louis David, Goya, Gericault, Delacroix, Picasso, Warhol o Richter abordaron el asunto de la violencia política con altura, idealidad, pero también con crueldad. Las serpientes de aquel "idilio trágico", como llamó Goethe al grupo de Belvedere, son las armas de los dioses -a la vez creación humana- que pueden llegar a actuar por sí mismos en función de sus intereses particulares, volviéndose contra sus propios creadores. Por ello, el sacerdote de Apolo, el más lúcido, el más humano, es devorado por la violencia que él no ha iniciado pero que le ha empujado a romper sus lealtades personales. Ésta es la tesis: la violencia corrompe y degrada a quienes la ponen en marcha y a quienes conviven con ella, transformando su carácter, aunque la rechacen. ¿Irak, País Vasco? ¿Argentina, Macedonia, Palestina, Afganistán...?

La violencia corrompe y degrada a quienes la ponen en marcha y a quienes conviven con ella

En Laocoonte devorado, el te-

ma de la violencia se dirige a la mirada universal que ve algo más que una masa de mármol en movimiento. "Las cuarenta obras seleccionadas se explican de la misma manera en cualquier lugar del planeta, porque el miedo, la amenaza y la muerte ocasionadas por motivos ideológicos, desde el poder político legítimo o desde sus alrededores, legítimos o no, no puede ser tolerada. Por otra parte, a nadie debe extrañar que esta colectiva surja, precisamente, en el País Vasco, de hecho lo sorprendente es que, aquí y hasta hoy, no se haya dado la palabra a los artistas sobre esta cuestión", señala el comisario de la muestra, Javier González de Durana. "Aún más chocante resulta la desatención cuando se constata el elevado interés que en determinados artistas vascos (Ibón Arramberri, Pepo Salazar, Iñaki Garmendia, Asier Mendizábal, entre otros, además de los aquí incluidos, Badiola, Euba, Ferrer, Moraza y Ruiz de Infante) han provocado y provoca este delicado y cercano asunto", añade el director de Artium.

En el último año y medio, dos exposiciones se acercaron a esta parcela específica de la violencia, Violence is at the margin of all things, presentada en 2002 en la Generali Foundation de Viena y Hardcore. Vers un nouvel activisme, en el Palais de Tokyo de París (2003). De una manera más tangencial, la trilogía Micropolíticas (2003), en el EACC, sacaba a la luz a los individuos que quedan silenciados por el pensamiento hegemónico pero que pugnan por evidenciar sus diferencias.

En un sentido muy diferente, el caso de Laocoonte devorado resulta ser una exposición sólida y bien armada, con los trabajos de 34 artistas fundidos en un idioma totalmente actual. Pintura, instalación, vídeo, escultura y fotografía se interpretan e interpretan la literalidad combativa de autores de la talla de Marina Abramovic, Joseph Beuys, Willie Doherty, Hans-Peter Feldman, Esther Ferrer, Bill Viola, William Kentridge, Robert Longo, Antoni Muntadas, Anthony Gormley, Francesc Torres, Ignasi Aballí, Txomin Badiola o Rosemary Trockel. Algo más banales o prescindibles son los trabajos del colectivo El Perro, Santiago Sierra, Mona Hatoum, Rudolf Herz, Marc Bijl y Alfredo Jaar. González de Durana ha incluido, a manera de pausas del recorrido, algunos grabados de Goya correspondientes a los Desastres de la guerra que tienen su correlato formal en fotografías de prensa de motines callejeros, asesinatos cometidos por bandas terroristas y otros perpetrados desde el propio Estado.

Del conjunto, destacar los paisajes desolados del Beirut de Gabrielle Basilico, como una enorme vanitas que recuerda la desolación de una Pompeya arrasada, la sorpresa de Cosmos und Damian, de Beuys, en su acierto cuando calificó de mártires santos Cosme y Damián, con treinta años de adelanto, a las neoyorquinas Torres Gemelas; el teatrillo que descubre los frágiles mecanismos de control del poder de Ruiz de Infante; el Gora desde el Museo de Bellas Artes de Bilbao, de Jon Mikel Euba, los perros de la guerra de Leon Golub, la virtual muerte a cámara lenta del dictador Castro, del californiano Kevin Hanley, el baile marcial de los cuerpos represores a ritmo de techno de Annika Larsson, la furia de los santos de Francesc Abad -que se cuestiona si la utopía política es una variante de la utopía religiosa- y las proyecciones a gran escala de Wodiczko sobre edificios públicos de Tijuana, Nueva York y Madrid. A propósito del catálogo editado para la muestra, es una lástima que no haya habido un esfuerzo por buscar textos más específicos relacionados con la plástica contemporánea. Totalmente prescindible, el firmado por Fernando Castro, 35 folios de incontinentes citas "corto y pego", titulado Iros todos a tomar por el culo, que además del sentido homófobo de la expresión, demuestra que el lenguaje, además de aparecer como el medio para acabar con la violencia política, puede actuar también de barrera.

Laocoonte devorado. Artium. Calle de Francia, 24. Vitoria-Gasteiz. Hasta el 3 de octubre. Itinerancia: Centro José Guerrero de Granada y CASA Salamanca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de mayo de 2004