Reportaje:

Talavera trae sus colores al Retiro

La Casa de Vacas muestra el esplendor de la cerámica con un centenar de piezas del Museo Ruiz de Luna

Talavera, la atalaya más occidental de Toledo, ha venido a Madrid con la mejor carta de presentación: su loza. La Casa de Vacas del parque del Retiro, junto al estanque grande, acoge en horario continuo hasta el 16 de mayo la exposición Cerámicas de Talavera, arte y patrimonio, en la que se exhiben hasta 108 piezas seleccionadas por la comisaria de la muestra, Cristina Manso, entre las más bellas de la colección del Museo talaverano de Ruiz de Luna.

Fue tal prócer el artesano y coleccionista contemporáneo que más lustre dio a esta singular alfarería, por cuyo entusiasmo consiguió verla reaflorar en los albores del siglo XX. Entonces, la cerámica de Talavera languidecía tras el surgimiento, despliegue y esplendor de sus barros delicadamente decorados por orfebres de mundial nombradía, como los Loaysa, Gaitán o Fernández, entre los siglos XVI y XVII. Hasta América, vía Puebla de los Ángeles, en México, llegó su fama, donde toda cerámica es aún sinónimo de Talavera.

El visitante que se adentra en la Casa de Vacas del Retiro puede averiguar cómo de desarrolla el proceso alfarero, desde la cochura de la pieza, o primera cocción del barro, hasta su impregnación con un baño estannífero que abre sus poros para poder ser ornamentado -operación en que el artesano, aún hoy, se apoya sobre una caña- hasta la segunda y definitiva cocida. Un pequeño rincón muestra el bastidor de los ceramistas. Los óxidos de manganeso, hierro, antimonio y cobre, procurarán luego esa coloración de azules, naranjas, negros y verdes que ha singularizado las piezas talaveranas. Tras ello, el espectador podrá fácilmente contagiarse de esa sensación de frescura destellante que la loza ofrece a quienes la contemplan y que genera en los manjares sobre ella depositados una apetitosa atracción remarcada por su policromado contorno. Un paraíso de formas sorprenderá su mirada, con diseños de una sencillez rotunda: platos, ánforas, cuencos, jarras de bola, escribanías, salvillas, fuentes y paneles, incluso retablos como el traído de un convento dedicado a San Francisco. Las hay decoradas con palmetas y helechos, incluso edificios con techumbres de pagodas, motivos ornamentales de China, de donde las primeras producciones llegaron a Europa, a través del gran puerto de Lisboa, al comienzo del siglo XV. De allí se adentraron a Extremadura y luego a Talavera, que ya conocía las cerámicas de los barros rojos y otras menos desarrolladas.

El esplendor llegó de la mano de Hans de Vriendt, conocido como Juan Flores, un flamenco influenciado por la alfarería italiana, sobre todo las de Pisa y Faenza. Asentado en Sevilla, Felipe II le llamó para encomendarle la decoración de San Lorenzo de El Escorial. Posiblemente sin planteárselo, fue su hijo Felipe III quien llevó la alfarería talaverana a su esplendor por haber rubricado una pragmática en 1601 en la que se prohibía la exhibición de vajillas de metales preciosos, para atajar problemas de acuñación.

Desde entonces y durante tres siglos, en los hogares de nobles y altos clérigos se desató la querencia por la cerámica de Talavera y Puente del Arzobispo, que pasaron a ocupar el lugar dejado por los menajes dorados. Hoy, Talavera obtiene 15 millones de euros anuales de su más preciada seña de identidad.

Cerámica de Talavera. Arte y patrimonio. Casa de Vacas. Parque del Retiro. Horario: de lunes a domingo, 11.00 a 20.30.

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