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FALLAS 2004
Columna
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Fiesta y devastación

Las fiestas son frecuentemente una sátira en la que se invierten los valores, una burla contra los magnates del poder, una manifestación en la que se mezclan lo carnal y lo espiritual. Los viejos carnavales eran eso: un modo explícito de mudar el orden de las cosas, una forma reglamentada y estacional de cambiar las jerarquías, de provocar el caos y de embestir fantasiosamente contra quienes contaban. Cuando a los individuos les estaba prohibido vivir como tales y la expresión particular de los derechos no se concebía, los colectivismos satíricos tonificaban a los débiles dándoles solidaridad y argamasa.

Algo de eso está en el origen de las Fallas y así lo han destacado quienes se dedican a su examen. Pero... ¿qué ocurre en nuestros días? La naturaleza de la fiesta ha cambiado y, a pesar de que haya falleros sensatos, aumenta el número de la gente desconsiderada que irrumpe arrogándose el derecho a la ocupación y al estrépito, un derecho que se convierte en puro privilegio dado que nadie les impide expresarse ordinariamente en una sociedad democrática. Pero dicho esto, me corrijo. Las fiestas del pasado no eran menos brutales: eran bárbaras y eran devastadoras, todo lo devastadoras que el poder permitía por unos días. El vandalismo era, en efecto, la expresión que los débiles se consentían para dar rienda a lo que requería alivio. En las sociedades actuales, unas sociedades democráticas, no necesitamos proclamar estrepitosamente nuestro odio al poder, no necesitamos concentrar la fuerza satírica en unos pocos días, porque esa energía la podemos manifestar con una asiduidad y con una tolerancia que antes no se tenía.

¿Cuál es la consecuencia fatal que de algunos vandalismos colectivos se deriva?
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Si esto es así, ¿cuál es la consecuencia fatal que de algunos vandalismos colectivos se deriva? Una arrogante brutalidad de cristales rotos, la incultura adueñándose de ciertas calles, el estrépito motorizado, el desenfreno de la pólvora y del fuego, el engreimiento de quienes incendian papeleras, contenedores, orinan por todas partes. Mientras tanto, nuestros munícipes parecen callar o jalear a los juerguistas como si ya estuvieran resignados a la expansión, como si sólo fueran capaces de demagogia. Ocurre aquí, pero sucede también en otras partes. Cuenta Arcadi Espada que "en el año 1992, y en la ciudad de Barcelona, se instauró la costumbre de romper botellas en la plaza principal de la ciudad para celebrar la llegada del Año Nuevo. El espectáculo fue tremendo. Al día siguiente no había periódicos y en el momento de los hechos las radios y televisiones atendían a su programación ficcional. A por uvas. De modo que la tradición fue consolidándose en el silencio mediático. Hasta tal punto que el símbolo del bimilenario barcelonés bien pudo haber sido un casco roto y astillado. Hoy el periódico trae una foto del suelo de la plaza. Creo que es la primera vez en tantos años. Un magnífico lecho de fakir".

¿A qué se debe este vandalismo que se da aquí y allá?, podemos preguntarnos. ¿Qué extraño simbolismo se quiere subrayar astillando o reventando botellas o incendiando papeleras con truenos ensordecedores? ¿Acaso el fin de los días? Qué simpáticas tradiciones, qué muestras de estética multitudinaria, qué metáforas tan ruidosas y brillantes. A alguien que, como yo, no es barcelonés ni tampoco un valenciano expansivo ni colectivista, habría que explicarle este fenómeno: parece la consumación extraña del botellón y del cóctel mólotov. Pero no, sólo son las versiones locales del desenfreno destructivo del bruto: los malos modos, la rudeza, la violencia vandálica, el grito tosco, beodo y afónico, la conducta bravucona, chillona. Pensábamos erróneamente que siglos de humanidad y de cultivo de las bellas artes, que milenios de educación y de formación, nos habían pulido permitiéndonos alisar las partes más broncas de nuestro proceder y de repente descubrimos que no, que aún somos unos rudos jactanciosos y antipáticos que nos divertimos asustando a pacíficos y atemorizados ciudadanos.

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