LA CRÓNICA | ELECCIONES 2004 | AndalucíaColumna
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'Pujolización'

Cuando Manuel Chaves hizo su primera campaña como candidato a presidente de la Junta de Andalucía en 1990 ganó las elecciones autonómicas con mayoría absoluta prácticamente sin bajarse del autobús. Vino sin ganas -el "forastero" lo llamó la oposición-, apenas buscaba el contacto directo con los ciudadanos y de su discurso sólo queda en la memoria -al margen de sus mejores lapsus tipo "mundial de espí [esquí] alquino", hay que dar "una repura [respuesta]" y en "esta pepa [etapa]"- una cantinela geográfica que repetía insistentemente: "En esta Andalucía atlántica y mediterránea...".

Han pasado 14 años, Andalucía continúa bañada por dos mares, pero Chaves no es el mismo. No es sólo por la edad, sino sobre todo por la seguridad. En el mitin que dio hace tres noches en Baeza uno de los teloneros que le precedieron lo dijo con estas palabras: "Se le ve más presidente". A Chaves le está pasando algo parecido a lo de Jordi Pujol en Cataluña, al pretender una simbiosis con su territorio y colocarse en el vértice de las políticas partidaria, económica y social de Andalucía.

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Obtiene en todas las encuestas una puntuación que roza el 6, una nota que es muy infrecuente en un político, superando en mucho a la que saca su partido. Alguien en el PP -una formación que debería figurar entre los objetivos prioritarios y urgentes de la segunda modernización- debería leer bien estos datos y caer en la cuenta de que Maragall sacó más votos al partido de Pujol no con insultos, sino dándole las gracias por su trabajo y planteando una alternativa creíble de futuro.

A diferencia del ex presidente de la Generalitat, el candidato del PSOE no es ni ha sido nunca un nacionalista, aunque a veces puede despistar. En esta campaña está haciendo continuas apelaciones al orgullo de ser andaluz, a la autoestima, a la identidad cultural propia de Andalucía como pueblo, a la defensa de los intereses de todos los andaluces y cuando dice "todos" se refiere también a la candidata del PP para la que ha pedido "más respeto" por parte de los dirigentes conservadores. Sin ser andalucista -una definición que nunca se usa en el PSOE, al contrario que en el PP-, Chaves intenta dejar claro en todos sus actos que nadie como él es capaz de dar la cara por Andalucía y que para eso "necesita" tener a José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa.

En esta campaña Chaves está corriendo con dos dorsales: el autonómico y el federal. Y es esta última carrera la que más le inquieta, consciente de que un mal resultado de Rodríguez Zapatero puede desenterrar los cuchillos cubiertos por el polvo en el PSOE. No hay nada que Chaves soporte peor, además de los conflictos sociales, que una crisis interna en su partido por lo que no es de extrañar que pida el voto para Zapatero como si le fuera la vida. En cuanto a la campaña andaluza es verdad, como escribía Blanca Fernández-Viagas, que Chaves luce desde hace días una sonrisa enigmática, tipo Mona Lisa, quizás porque acaricia la posibilidad de devolverle a su partido la mayoría absoluta que logró hace 14 años sin bajarse del autobús. La noche del domingo se resolverá el enigma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 10 de marzo de 2004.