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Reportaje:

Mi Tàpies particular

La gran retrospectiva dedicada a la obra de Antoni Tàpies (Barcelona, 1923) en el Macba, con más de un centenar de obras, permite una excepcional visión de conjunto del trabajo de una de las figuras fundamentales del arte español del siglo XX. Artista incansable en busca de la expresividad de la materia, es descrito aquí por un gran conocedor de su trayectoria personal y creativa. Para él, "la pintura de Tàpies es materia, una materia que se impone al pensamiento".

Vi mi primer tàpies a los 13 años y fue en el escaparate de la tienda Gales del paseo de Gràcia, en Barcelona. ¿Quién me iba a decir entonces que diez años más tarde dejaría mi cama a Antoni Tàpies? En el año 1966, durante el sitio que la policía franquista hizo al convento de capuchinos de Sarrià, conocí a Tàpies en persona y le atendí. Por más que mi cama, consistente en cuatro maderas y un jergón, no representaba ningún confort, siempre me lo agradeció. En mi mesilla de noche, encontró un ejemplar de su primera monografía, que por aquel entonces era mi libro de cabecera. En las paredes de la celda pudo además contemplar mis primeras pinturas, una de las cuales ha pasado a formar parte de la colección del Macba. Aunque me cueste admitirlo, ¡creo que los dioses existen!

En su materia está inscrita toda la condición humana y es precisamente por ello que su pintura es esencialmente política

El vacío en Tàpies no es nirvana, es también materia. Su vacío, como el de Lucrecio, es igual de concreto que los cuerpos sólidos

Después del tristemente célebre sitio policial, Tàpies me invitó a visitar su estudio en la calle de Saragossa. Recuerdo uno por uno los cuadros que allí vi y todavía podría señalar el lugar que ocupaba cada uno. Sobre todo recuerdo el olor del estudio, un olor que todavía llevo grabado en la memoria y que tengo la fortuna de reencontrar cada final de verano en su estudio de Campins. Tàpies me devolvió la visita varias veces y más de una vez le vi sufrir lo suyo contemplando mis esculturas de papel, unas piezas minúsculas que sólo con respirar se caían. Una vez me preguntó si no me gustaría trabajar con formatos más grandes y le dije que sí, pero que no disponía de recursos para comprar materiales. Dos días después llamaron a mi puerta y me entregaron un cargamento de telas y pinturas de parte de Tàpies. Acostumbrado a la precariedad, continué haciendo esculturas de papel y dejé las telas para el día que llegara a ser un artista digno de ellas. Creo que uno es artista por pura subsistencia, porque sus propias limitaciones lo hacen creativo. Tàpies fue también mi primer coleccionista, algo que le agradezco muchísimo. Fue el primero y el último en muchos años. En 1969 compró unas burbujas disecadas, la última pieza que hice con voluntad conceptual. Por aquel entonces ya me había dado cuenta de que el conceptualismo era un callejón sin salida. Fue seis años antes de que empezara la famosa disputa entre los artistas conceptuales y Tàpies.

Hoy, 48 años después de haber visto su primera obra, la pintura de Tàpies me sigue impresionando. El mérito no es sólo suyo, sino también mío. Si Tàpies ha seguido su camino sin escuchar a nadie, yo al contemplar su obra tampoco he atendido a ninguna voz que no fuera la mía. Desde su pintura me he dejado decir. Jorge Luis Borges afirmaba que "uno de los pecados de la literatura (y de paso podemos decir también de la pintura) moderna es que tiene demasiada conciencia de sí misma". Esta conciencia ansiosa que invade el mundo del arte es una neurosis nacida de la dependencia excesiva del discurso crítico. Fascinado por lo circunstancial, el crítico moderno es incapaz de entender que por encima de todo, el arte es vivencia. Para preservarnos de ella, nos aturde con discursos que nos intentan proteger del peligro del goce estético y nos impide aprehender el arte como experiencia. El mundo del arte ignora hoy que las palabras son símbolos para recuerdos compartidos. Una de las cosas que actualmente más distorsiona la comprensión del arte es que la crítica depende excesivamente de la sociología. A pesar de que la realidad del arte es múltiple, la sociología, de todos los perfiles posibles del arte, sólo destaca uno, que es importante pero no suficiente. Estas ramas que oscurecen el bosque y que nos privan de comprender el arte son las culpables de que en el mundo de hoy sólo puedan subsistir dos clases de artistas: los gigantes y los anónimos, los árboles imbatibles y las setas casi invisibles. Si Tàpies pertenece a la primera clase de artistas, yo formo parte de la segunda. Por ello puedo disfrutar de su sombra sin complejos.

Toda la obra de Tàpies puede resumirse en un solo cuadro. Eso es cierto incluso a pesar de que cada uno de sus cuadros permite infinidad de lecturas. Él mismo es el primero en volver una y otra vez a sus piezas anteriores para producir cosas nuevas, sin que su obra se agote nunca. Así, para acotar mejor mi Tàpies particular, intentaré resumir toda su obra en una sola. En contraste de lo que me sucede con la pintura de Picasso, frente a la cual siento un zumbido ensordecedor en los oídos, o con la de Miró, que siento como un latigazo en la espina dorsal, la pintura de Tàpies la recibo en el estómago, como un puntapié. Para mí, la pintura de Tàpies es materia, una materia que se impone a mi pensamiento y me obliga a pensarla con tal profundidad que me fuerza a modificar hasta la percepción que tengo de ella. Es una materia que no es sólo cosa que acoge cosas, sino también espejo que me acoge como un vértigo. El vacío en Tàpies no es nirvana, es también materia. Su vacío, como el de Lucrecio, es igual de concreto que los cuerpos sólidos. Hasta sus amputaciones son manifestaciones del todo, pero es un todo entendido como materia. En su materia está inscrita toda la condición humana y es precisamente por ello que su pintura es esencialmente política. Es materia que libera cosas que ni ella misma conoce pero que la memoria del artista proclama. La memoria arcaica y premonitoria en su obra es también materia. En Tàpies, la materia no se deja decir del todo porque remite simultáneamente a realidades opuestas. Remite a cosas que son belleza por el hecho de ser necesidades que se reclaman.

Añadiré que me gusta comparar la obra de Tàpies con la de Marcel Duchamp. Creo que entre ellas existe un cierto parentesco y no lo digo porque piense que los objetos de Tàpies tengan nada a ver con los ready-mades de Duchamp. Creo que ambos artistas tienen una manera bastante afín de entender la realidad. Que Tàpies utilice un lenguaje tradicional y Duchamp no lo haga es secundario. Ambos entienden que la disfunción es el motor que genera realidades. Por ejemplo, la máquina en El gran vidrio gira gracias a la imposibilidad de que sus pretendientes posean a la novia. La eficacia de la máquina que propone Duchamp no reside en lo sincrónico sino en lo disfuncional. Tàpies propone algo parecido. Muestra ocultando y se busca para afirmarse y borrarse a la vez. Creo que la fascinación que Tàpies siente por los cuerpos amputados lo relaciona estrechamente con Duchamp. La imagen de la mujer troceada en Étant donné participa del mismo discurso crítico que encontramos en Tàpies. Tàpies y Duchamp cuestionan la cultura moderna porque se estructura sobre pilares que se sostienen únicamente gracias al conocimiento especializado y eso nos incapacita para la comprensión total de la realidad. Que uno de estos artistas manifieste su crítica de forma irónica y el otro lo haga con un cierto dramatismo es tan sólo una cuestión anecdótica.

Para terminar me gustaría contar una anécdota. Una vez, en París, al volver la esquina de una calle me encontré de cara con Tàpies y su mujer Teresa, que paseaban sin rumbo fijo. Les dije que yo iba al Louvre y les propuse que me acompañasen, cosa que hicieron de buen grado. Siempre había esperado este momento: poder contemplar pintura a su lado y poder escuchar sus perspicaces observaciones. Una vez dentro del museo, sin embargo, rodeado de tantos siglos de pintura, Tàpies se sintió incómodo y empezamos a correr por las salas. ¡Jamás había visitado el Louvre a tal velocidad! ¡Creo que hasta ganamos la carrera a los protagonistas del filme de Godard! Era como si la sola presencia de la pintura lo indispusiera. Recuperó la calma en las salas del arte egipcio, pero incluso allí daba la sensación de que las piezas monumentales apenas le interesaban. Dirigió su atención a las piezas pequeñas y las contemplaba con la mirada embelesada del coleccionista. Jamás he podido hablar de pintura con Tàpies y creo que en ello hay un cierto pudor. ¿En realidad se puede hablar de pintura? La pintura sólo se puede compartir emocionalmente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de febrero de 2004