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Elecciones 2004

Un candidato secuestrado

Jeremías Bentham decía que "del choque de opiniones en el Parlamento surgen chispas, que son las que nos permiten ver la luz de la razón". Hoy seguramente sería algo aventurado hablar de "la" razón, pero hasta el más necio de los mortales sabe que todo diálogo o deliberación sirve para formarse una opinión más fundada sobre cualquier cuestión en disputa. Esta misma idea es tan consustancial a la democracia, que eso que llamamos Parlamento, además de servir para organizar un sistema de representación, se convirtió desde sus inicios en la sede de un plática -parliamentum- o debate institucionalizado. O, lo que es lo mismo, constituye una instancia formal de argumentación pública en la que las distintas preferencias, opiniones o propuestas deben justificarse mediante razones y en un ambiente de enfrentamiento dialéctico. Va de suyo que la extensión de este principio a otras instancias de decisión política -y las elecciones lo son, y en grado máximo- contribuyen a medir la madurez y el fuste de una democracia. Hasta el punto de que el único elemento que, en realidad, permite diferenciar a los sistemas de democracia avanzada entre sí es la cantidad y cualidad de la deliberación pública respectiva.

Todo esto es tan obvio que da cierto rubor tener que repetirlo. Aunque quienes deberían sentirse abochornados son aquellos que eluden los debates y se niegan en banda a aceptar ruedas de prensa con el candidato. O responden a la más oportuna de las preguntas con la broma de arrojar un euro, como si indagar por las razones para implicarnos en una confusa guerra hubiera que tomárselo a chirigota y fuera el capricho de un periodista y no el más evidente de los derechos ciudadanos. Lo extraordinario de estas y otras actitudes del PP es que transforman exigencias perfectamente legítimas en concesiones puramente discrecionales, que sólo serán satisfechas si las circunstancias así lo requieren. En otras palabras, que lo que debe ser un compromiso ético-político de todo partido para favorecer la comunicación política con la ciudadanía se reduce a criterios puramente estratégicos. Al "depende" de Gabriel Elorriaga.

Lo que no se acaba de ver es por qué ha optado el PP por esta curiosa campaña en la que su candidato está literalmente "secuestrado". Eso sí que es una novedad, sobre todo en estos momentos de personalización de la política. Sus apariciones de bajo nivel quizá formen parte de una estrategia más amplia dirigida a evitar "riesgos" en unos momentos en los que les favorecen las encuestas. Pero no parece que demuestre una especial confianza en las virtudes de Rajoy, hiperprotegido detrás de las habituales y despectivas bravatas de Aznar, el despliegue de "inauguraciones" y la venta constante de los logros del Gobierno. La puesta en escena de todas sus intervenciones electorales nos lo presenta siempre rodeado por sus compañeros de armas, como si no pudiera dejárselo solo. O, y esta puede ser una interpretación alternativa, como si nadie mereciera destacarse demasiado o aspirar a un protagonismo que en realidad corresponde al partido y a su líder cesante.

El mensaje también se inclina en exceso hacia las "conquistas" del pasado, el PP de Aznar y del Gobierno, e introduce una enorme ambigüedad hacia el futuro, que trata de difuminarse detrás de una inmensa retahíla de promesas electorales prácticamente inalcanzables. Su misma desmesura deja entrever que se apuesta por otorgar al candidato un perfil tecnocrático en el que a la "estabilidad" heredada se sumaría la "eficacia" del heredero. La falta de carisma que todas estas actitudes presumen se compensaría por los méritos de la organización pastoreada por Aznar. Y, claro está, un partido no puede sujetarse a un debate cara a cara. Ahí no puede ir acompañado por su camada. Por muy bien asesorado que esté, queda reducido a su personalidad desnuda. ¿Por qué arriesgarse entonces?

La gran cuestión que habrá que despejar es cómo integrará el electorado una campaña con el candidato favorito demediado. Puede que los próximos días nos deparen la sorpresa de un Rajoy liberado de sus cadenas. Eso será la señal de que al PP ya no le van tan bien las cosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de febrero de 2004