45º FESTIVAL DE CINE DE BERLÍN

John Boorman alivia con amoríos su mirada al 'apartheid' surafricano

El suave humor de Albaladejo fue muy celebrado en su debú

A lo que se ve, cada día toca un tema, porque el programa oficial de ayer estuvo especializado en la violencia. The Missing, del desigual Ron Howard (Apollo 13, A Beautiful Mind), es un western que recuerda a la mítica Centauros del desierto de John Ford, aunque sin su encanto ni sabiduría narrativa. Una madre granjera (Cate Blanchett) y su padre, un apache que la había abandonado años atrás (Tommy Lee Jones), deben recuperar a la hija mayor que ha sido secuestrada por indios malos para venderla en el vecino México. En bellos paisajes nevados, ambos corren situaciones de peligro ya que el indio enemigo es un caricaturizado "asesino psicópata con poderes mágicos" (Eric Schweig).

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La segunda entrega fue una confusa película croata sobre la guerra de los Balcanes, Los testigos, de Vinko Bresan, en la que, a partir del error cometido por un comando en un campo minado, y con una narración entrecortada que quizás signifique lo complejo de aquella guerra, se muestran los distintos ángulos de un mismo hecho, para acabar en un tópico plano de tono esperanzador: la pareja protagonista y la niñita que han salvado de su cautiverio contemplan desde una colina el nuevo amanecer.

Para tópicos, la tercera del día, Country in my skull, del británico John Boorman, que se anunció como denuncia de la violencia ejercida durante el régimen del apartheid en Suráfrica, suscitando el interés de los periodistas que abarrotaron el inmenso palacio del festival.

Interés defraudado, al menos para cuantos abandonaron la sala en un constante goteo. Quizás no fuera para menos, ya que el filme cuenta, en realidad, la historieta amorosa entre un periodista negro (Samuel L. Jackson) y la blanca rebelde surafricana que interpreta Juliette Binoche. Ambos asisten a los careos entre víctimas y verdugos que fueron propiciados hace ocho años por las Comisión Verdad y Reconciliación, pero la reconstrucción dramática que hace Boorman de esos testimonios, aunque algunos sean de víctimas auténticas, tienen un tufo digamos teatral, como alguien denunció casi a gritos antes de abandonar la sala. Puede que exagerara porque al final hubo aplausos. Las películas de un festival no llueven a gusto de todos, y menos aún en plan maratoniano.

De la película de Boorman había que salir corriendo (dicho sea sin mala intención) para ver en la sección Panorama la nueva de Miguel Albaladejo, Cachorro, que coincidía en horario de prensa. (¿Cómo pretenderán los organizadores de un festival que los acreditados estén en varios lugares a la vez? ¡Cuánto se aprende!). Cachorro arranca con un ardoroso polvo entre dos gordos y barbudos homosexuales, de los llamados osos, para cambiar rápidamente de registro y transformarse en una historia sentimental, que avanza por el camino de la ternura hasta pretender la lágrima. Un oso, dentista de profesión (José Luis García-Pérez), recibe el encargo de su alocada hermana (Elvira Lindo) de acoger a su hijo de nueve años (David Castillo), mientras ella viaja a la India, dando así pie a la intromisión de la abuela del niño (Empar Ferrer), que chantajea al homosexual con el fin de arrebatarle la criatura. La película es suave, con un humor muy celebrado en la primera proyección, y huye del tópico del homosexual acomplejado y sufridor. Tendrá otros, ya que parece que es difícil huir de ellos, pero algo es algo.

Mientras nos hacían correr de una sala a otra, en el Berlinale Talent Campus, donde se imparten charlas a 520 aspirantes a directores, el todopoderoso hombre de Hollywood, Jack Valenti, defendía la superioridad del cine americano y su derecho a imponerse en el mundo. Es decir, lo de siempre. Pero por lo visto hasta hoy en Berlín, tampoco es para tanto.

El director John Boorman en primer plano, junto a los actores Brendan Gleeson y Menzi Ngubane.
El director John Boorman en primer plano, junto a los actores Brendan Gleeson y Menzi Ngubane.AP

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