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Crítica:LOS NUEVOS

Fantasías, magias y servicios secretos

La lucha por conseguir la atención de un público lector, tanto entre escritores profesionales como primerizos, no llama mucho a la experimentación. Las novelas de Glòria Sales, Rubén Abella y Emilio Campmany tienden a la sencillez y eficacia formal y dejan que las tramas fantásticas se desenvuelvan sin tropiezos en la lectura. El primer trabajo de Irene Jiménez es también una especie de precisa y lírica fabulación, en forma de una sucesión de relatos basados en la biografía de Marguerite Yourcenar.

Mientras los escritores consagrados, y otros con suficiente prestigio, se lamentan, ocasionalmente, del grado de indiferencia y vacío que aqueja a la creación literaria -inapreciada por el mercado y sustituida por la marca de fábrica, quiero decir, por el valor de los nombres-, los problemas de los nuevos novelistas son todavía de ubicación, de hallar una editorial con cierta presencia en la mesa de novedades de las librerías. Pese al alarde político, que consigna que vivimos en un ámbito de libertades, hay una constricción, más sutil que la censura de antaño, que obliga a escribir a las claras, para que todo el mundo lo entienda, o dicho de otro modo, para que el lector no tenga que esforzarse más allá del movimiento de ojos y la rutina de pasar la página. A esta constricción, también llamada diafanidad narrativa, se debe la "conquista del lector" y el aumento de la producción editorial. Hay motivos para alegrarse. Ahora bien, conquistado y colonizado el lector, la novela ha quedado reducida a buena artesanía y fluidez admirable. Y si los autores maduros no se arriesgan con obras que exijan una lectura distinta a la absorbente y entretenida, los nuevos van a la zaga y componen una manufactura acorde con el gusto común. Así las cosas, la novela se autogenera, pero expulsando la ambición formal y cualquier delirio imprevisible.

En este sentido, a las novelas que hoy ocupan esta sección no se les puede imputar una fractura entre intención y resultado, ni haberse equivocado por exceso. De ningún modo. Son obras que denotan una excelente aplicación, proporción de la medida y una valía de la que cabe esperar otros libros también dignos de recepción.

A La triple máscara, que lleva el explícito subtítulo Historia de una búsqueda fantástica, el editor la define como "novela fractal", pero no se distingue mucho del género fantástico, excepto en que la narración transcurre ahora mismo, o mejor, mañana mismo, en 2005, y en un infinito postulado por el símbolo matemático que lo representa, agregado a ese año en los últimos capítulos. Se trata, en todo caso, de una novela cuya envoltura es más sorprendente que su contenido. Nada se dice de la autora, Glòria Sales; el prólogo lo firma una "editora y profesora de música"; de la traducción de los numerosos epígrafes, "tanto en el caso de las lenguas vivas como en el de las lenguas muertas", se responsabiliza el equipo editorial, y hay que suponer que también de las notas explicativas, donde se aclara someramente la figura del diablo y la significación de las Moiras. Apartados el revestimiento cultural y los seres y símbolos que no necesitan divulgación, la novela es una actualización de la tentación fáustica, contada con una prosa tan sencilla que tiene la extraña virtud de despejar el misterio que quiere convocar. Aun así, esa sencillez actúa a favor del argumento, y lo que podría haber sido un enrevesado galimatías de demonología, arte y ciencia, en un caserón con confabulaciones y malignos gatos negros, se convierte en una fábula que provoca, no un escalofrío por alguna presencia fantasmal, sino la desazón de que conocimiento e ignorancia son lo mismo.

La sombra del escapista, de Rubén Abella (Valladolid, 1967), debe sus méritos al magisterio literario de García Márquez. No es posible leer esta novela sin percibir la influencia del escritor colombiano. Abella ha asimilado muy bien los recursos de estilo, las vueltas atrás, las focalizaciones, los movimientos de rotación de la prosa del autor de Cien años de soledad, pero ha despojado esos procedimientos de retórica y cascabeleo, y ha logrado una concisión y transparencia que remonta su novela a los orígenes orales del arte de narrar. La sombra del escapista tiene ingredientes de prodigio, pero es el prodigio de una niñez asombrada; incluye historias de amor y calamidad, pero evita la desesperación y la tragedia; expone una fascinación colectiva que se transforma en venganza y violencia, pero mantiene la convicción de que el error reside en la restricción moral, no en el encantamiento. El núcleo de la novela es un mago itinerante, "dotado de la fabulosa facultad de hacer reverdecer el mundo", que conoce "cientos de recetas curativas, trucos de magia, consejos para afligidos y pociones de amor", y es la solución para las vidas menesterosas de los vecinos de la calle de la Luna, que aguardan su llegada todos los años. A través de cuatro personajes, un mocetón acomplejado por la anomalía de su cuerpo, un matrimonio abotargado por la decepción del amor y un viejo acomodador, unidos en una trama de azares y desdichas, la narración despliega una parábola de tintes fantásticos, aunque muy apegada a la realidad, sobre el engaño y el rencor colectivo. A los ojos de sus devotos, el mago es el amor, el entusiasmo y la vitalidad, pero sus artes de seducción son también mezquinas. Novela coral -los personajes son todos y nadie-, La sombra del escapista está impregnada de melancolía, y tal vez sea la melancolía el personaje principal.

En un registro totalmente opuesto, Operación Chaplin, de Emilio Campmany (Madrid, 1958), se acoge a lo que se viene llamando thriller de política-ficción, es decir, que parte de un suceso real, al que se añade una intervención anónima que desvela una trama oculta, para someter la realidad a la verosimilitud narrativa, y con el catártico efecto final certificar la sospecha de que los servicios secretos, si lo requieren los intereses de Estado, se apoyan en bandas terroristas. En este caso el suceso que da pie a la novela es el atentado sufrido, en la primavera de 1995, por el entonces líder de la oposición y hoy presidente del Gobierno. Con enorme soltura, sin recurrir a sinuosas explicaciones, siempre a ras de la más comedida eficacia, Campmany compone con precisión un sólido argumento, basado en los turbios manejos de los GAL y los métodos de ETA, y desarrolla la hipótesis de que aquel atentado fue cometido por ETA en colaboración con el Gobierno. La filtración de esa información, hasta llegar a las manos de un periodista, que intentará impedir la consecución del plan, tiene un sobrepeso excesivamente favorable; las licencias del autor para que su protagonista impida el atentado recuerda ciertos guiones de Hollywood, con un Harrison Ford, por ejemplo, salvando a la víctima en el último segundo. Al margen de esta concesión a la galería, Operación Chaplin propone una desasosegante inmersión en el orbe de los Servicios Secretos de Seguridad, en la doble y triple moral de su organización y en el siempre negado terrorismo de Estado.

La triple máscara. Historia de una búsqueda fantástica. Glòria Sales. Euxina. Barcelona, 2003. 220 páginas. 17,50 euros. La sombra del escapista. Rubén Abella. Lea. Santiago de Compostela, 2003. 225 páginas. 20 euros. Operación Chaplin. Emilio Campmany. Algaida. Sevilla, 2003. 335 páginas. 18 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de enero de 2004