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COLUMNA

La plaza de Dalí

Ocurre en todas las obras. Te hacen un presupuesto, luego van añadiendo cosas y termina costándote mucho más de lo inicialmente previsto. Si eso nos pasa con la reforma de la cocina o el baño de casa, donde duele hasta el último céntimo que pagamos, imagínense lo que serán las grandes obras públicas, aquéllas en las que el dinero parece de nadie aunque salga también de nuestros bolsillos. Un ejemplo notable fue la construcción del Palacio Municipal de Congresos en el Campo de las Naciones. El Ayuntamiento de Madrid quería lucirse y le encargó el proyecto a Ricardo Bofill. El presupuesto inicial ascendía a unos 4.000 millones de las antiguas pesetas, pero según avanzaba la obra al arquitecto catalán se le iba haciendo la boca un fraile y cuando inauguraron el edificio habían gastado más de 14.000. Como les quedó bonito y suntuoso aquella "leve" desviación presupuestaria fue cayendo en el olvido y todos tan contentos.

Ahora tenemos en Madrid una obra en marcha que lleva camino de superar todos los récords de imprevisión económica y funcional. Me refiero a la construcción del nuevo Palacio de los Deportes junto a la plaza de Dalí. Cuando el entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, anunció su decisión de levantar el edificio, sobre las ruinas del que ardió en junio de 2001, habló de 4.000 millones de pesetas y fijó la fecha de finalización en otoño de 2003. Ahora van por los 94 millones de euros, es decir, cuatro veces más de lo presupuestado, y si logran rematarlo antes del otoño de 2004 pueden darse con un canto en los dientes. El presidente regional había encargado previamente una inspección de los restos del edificio con el objeto de determinar la trascendencia de los daños estructurales. Aquel informe concluyó que la cubierta estaba destrozada pero que la estructura de hormigón era totalmente recuperable. Error de bulto. Los arquitectos no sólo han tenido que reforzar los cimientos del antiguo palacio, sino también los de varios edificios colindantes. Con todo, lo más grave es que, a pesar del ingente esfuerzo económico, el edificio nacerá con unas limitaciones funcionales inadmisibles. Como la longitud de su cuerda no pasa de los 160 metros, para poder albergar las pruebas del europeo de atletismo del año próximo habrán de elevar la pista con un complejo y costosísimo sistema que reducirá de 16.500 a 6.000 espectadores el aforo de sus gradas. Un auténtico desastre que descalifica el proyecto y nos obliga a recordar cuán sensatas fueron en su momento las opiniones contrarias a la reconstrucción del palacio sobre las cenizas del anterior. A Gustavo Villapalos, entonces consejero de Educación, su presidente le dejó con el culo al aire después de anunciar que propondría al Consejo de Gobierno que el nuevo palacio fuera levantado junto al estadio de la Peineta, para no tener problemas de espacio. Lo mismo manifestó en su momento el concejal de Cultura del Fernando Martínez Vidal e incluso los grupos de la oposición en el Ayuntamiento de Madrid. Todos entendían que aquella ubicación no respondía a las necesidades y que este tipo de recintos requiere ahora grandes aparcamientos, zonas verdes y servicios que a mediados del siglo pasado no eran demandados. El propio responsable de la oficina Madrid 2012, Feliciano Mayoral, consideraba que era mejor hacer allí un gran parque que incorporar una reconstrucción a las infraestructuras olímpicas. Lo que aquellas voces proponían con un sentido común aplastante es que el edificio devastado fuera sustituido por un complejo recreativo de menor tamaño, un buen polideportivo del que están muy necesitados los vecinos de aquel barrio, y el resto del espacio fuera destinado a zonas verdes de las que aún padecen mayores carencias. Por si fuera poco, el distrito de Salamanca sufre un grave problema de tráfico que se agudizaba considerablemente cuando en el pabellón había cualquier acontecimiento. Diplomáticamente, el nuevo consejero de Cultura, Santiago Fisas, ha dicho que "el espacio es el que es y mucho no hay".

Lo cierto es que los técnicos tendrán que encajar las pistas con calzador y forrar el edificio de cristal para que no parezca un mazacote embutido. La factura seguirá engordando y terminará costándonos un ojo de la cara. Las cabezonadas suelen salir caras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de enero de 2004