Reportaje:

Los Reyes Magos llegan a La Cartuja

Los empleados de la fábrica de cerámica Pickman vuelven a sus puestos tras casi un año de movilizaciones

Ojeras, ilusión y nervios. Antonio Martín, de 61 años, el empleado más antiguo de la fábrica de loza de la cartuja-Pickman, es casi el único que concilió el sueño el lunes por la noche. "Yo siempre duermo bien, soy tranquilo", aseguró. Sus compañeros reconocieron haber mirado al despertador a todas las horas de la madrugada. Ninguno de los trabajadores de la fábrica de loza de La Cartuja-Pickman podía disimular ayer que en los últimos meses han dormido poco y han dudado mucho si volverían a ocupar sus puestos de trabajo.

Después de 10 meses "y cinco días", según precisaron todos, la factoría reabrió ayer sus puertas tras el acuerdo entre el Gobierno y el empresario Emilio Portes, que se ha hecho cargo de la deuda de la empresa, unos ocho millones de euros.

"Es como si hoy me hubiera despertado de una pesadilla", explicó Antonio minutos antes de las siete, aún noche cerrada y con espesa niebla en las instalaciones de la factoría, en el término municipal de Santiponce. Su veteranía no le ha salvado de sentir cierto desasosiego estos meses. "En algún momento sí que he temido por mi trabajo", señaló. Lleva 43 en la empresa, en la que ha hecho casi de todo. Ahora espera seguir fabricando asas para las tazas, como hacía antes de la crisis. La receta no se le ha olvidado: "Hay que llenar el molde de barro líquido, esperar una media hora a que cuaje y, luego, abrirlo y esperar como otra hora. A ver cuándo empiezo", dijo.

Los trabajadores estaban citados en la fábrica a las siete de la mañana, como un día cualquiera de trabajo. Pero casi todos llegaron antes. Sin haber quedado en nada, se fueron encontrando a las puertas del comedor, muchos de ellos sin tener muy claro ni cómo ni por dónde iban a entrar. Los propios empleados soldaron el pasado 17 de febrero las puertas habituales de acceso a la factoría, por lo que ayer el ritual de la reapertura se hizo a través de la única puerta utilizable, cuya llave estaba en poder del comité de empresa.

De los 132 empleados que tuvieron que dejar sus puestos hace 10 meses, faltaba uno, Manolo, que falleció en octubre en un accidente de tráfico a la salida de una asamblea de trabajadores. Los 131 que quedan se fueron directos a sus respectivos talleres para poner fin a unas vacaciones obligadas que a todos se le han hecho demasiado largas.

"Yo ya no sabía qué hacer para matar el tiempo y no pensar", reconoce José Manuel Benítez, de 54 años y empleado de La Cartuja desde hace 26. "Le hacía cuatro mandados a mi señora, me iba al campo y me pasaba el día leyendo la prensa a ver si decían que había solución. He estado muy amargado. A ver dónde iba a ir yo con mi edad. Yo ya veía el futuro muy negro", afirmó José Manuel, quien, como casi todos sus compañeros, ha desarrollado en La Cartuja la mayor parte de su vida laboral y no se veía capaz de empezar de cero en el mercado de trabajo.

Algunos empleados vestían ya la bata azul para ponerse manos a la obra. "Esto está lleno de polvo; mira por dónde salen las telarañas", advirtió una de las trabajadoras afanada en dar una primera pasada con una bayeta amarilla a las mesas de su taller.

Algunos sacaban de sus bolsillos el calendario laboral, que en 2003 se ha quedado a medio cumplir y que estipula, como días de descanso, los próximos 24, 26 y 31 de diciembre. "Es una alegría terminar el año trabajando. Hace dos meses yo no tenía muy claro que la Navidad nos trajera esta vez buenas noticias", reconoció una de las empleadas.

El talante del nuevo jefe

Los trabajadores de la fábrica de loza de La Cartuja-Pickman vivieron ayer la reapertura de la factoría como un triunfo sindical, convencidos de que sus movilizaciones han sido determinantes para concienciar a las administraciones de la necesidad de buscar una solución a la crisis de la empresa. "La unión de todos nos ha hecho llevar mejor estos meses. Hoy todos vivimos juntos la alegría de volver, pero también hemos compartido momentos muy difíciles", contó Antonia Ramos, miembro del comité de empresa.

Los empleados estaban citados a las siete de la mañana, pero todos llegaron ayer antes de la hora y dispuestos a cumplir completa su jornada laboral, que termina a las 15.30, con apenas 20 minutos de descanso a las 11.00 para tomar un bocadillo.

Quien sí acudió a las siete en punto fue el nuevo empresario, Emilio Portes, quien convocó a una reunión a los mandos intermedios y los encargados de cada departamento.

"Me pongo en la situación en la que ellos se encontraban y creo que hoy hay que sentirse satisfechos", aseguró el empresario.

Algunos ya conocían personalmente a su nuevo jefe. "Me ha parecido agradable, muy sensato y parece muy interesado", dijo Antonia Ramos. "El anterior no se reunió nunca con nosotros y con éste ya nos hemos reunido tres o cuatro veces. Yo noto un talante muy distinto", aseguró.

El convenio suscrito el sábado entre el nuevo empresario y el delegado del Gobierno en Andalucía, Juan Ignacio Zoido, permite el uso de las instalaciones y la maquinaria, así como de la marca La Cartuja, embargada por la Seguridad Social, a la que los antiguos empresarios adeudan alrededor de cinco millones de euros. La empresa debe además otros casi tres millones a la Agencia Tributaria. La negociación sobre la quita o el aplazamiento del pago de la deuda aún no está del todo cerrada, pero los trabajadores, el empresario y las administraciones dan ya por solucionada la crisis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 09 de diciembre de 2003.

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