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Reportaje:La desaparición de un ciclista carismático

"¿Adónde vas, bruto? Para, que me sacas de punto"

En el sexto Tour de Indurain, el navarro tuvo que frenarle en un puerto de segunda, lo que puso de relieve el carácter ingenuo y feliz de Jiménez

A Miguel Indurain le cayó bien enseguida aquel chaval que corría como un juvenil. Más de una vez le había desnudado en su último Tour, pero pese a todo le caía simpático. Se había hecho amigo de él, de aquel gran cuerpo, de aquellos 1,83 metros de corredor, el verano anterior, cuando preparaba en la altura de Colorado (Estados Unidos) su asalto imposible a la triple corona de Colombia: el Mundial de ruta y contrarreloj y el récord de la hora, le había admirado en aquel tremendo circuito de Duitama que terminó entronizando a Abraham Olano, cómo salía a por Pantani, cómo, su cara afilada como un cuchillo, sus piernas infatigables, ligeras, lo frenaba, cómo se volvía en espera de aprobación. Lo admiró entonces, cuando a aquel chaval pocos por entonces conocían. Aquel chaval de 24 años que era José María Jiménez para todos y sólo El Chava para unos cuantos, El Chava y Jimmy. Le gustó tanto que no dudó en incluirlo en el nueve del Banesto que le arroparía en la conquista de su imposible sexto Tour. Y en aquel Tour del 96, el Chava, todo entusiamo, corrió como un juvenil. Corrió así cuando le llegó su momento de gloria, cuando en un puerto de segunda Indurain, que ya había sufrido la ley de Riis en los Alpes y su pájara en Les Arcs, iba a intentar lo imposible. Al Chava le mandaron ponerse delante del grupo y acelerar un poco la marcha y el Chava, todo entusiamo, sorprendió atodos con un demarraje que le dejó solo en cabeza. Solo y el vozarrón de Indurain detrás: "Adónde vas, bruto, para un poco de acelerar que me sacas de punto".

Pocos meses después, aquel mismo Chava, un chaval que parecía ingenuo y feliz en aquel equipo, vivió su día soñado en su bar, en El pescador

, en la carretera de El Tiemblo. Era día de descanso de la Vuelta del 96, la última carrera de Indurain, la carrera que no terminó, y el Chava llevó a todo el equipo, que se preparaba para la cronoescalada del día siguiente por esas carreteras. Entraron todos en el bar y él, feliz, se coló detrás de la barra y repartió pastas para todos, y le presentó al gran Miguel a su madre. Y todos fueron un poco felices. Y el Chava era un ciclista que prometía, un corredor que lo hacía todo fácil.

El Chava ya había ganado por entonces la subida a Urkiola y era dios para toda la peña de El Barraco, para el equipo de juveniles de Víctor Sastre que llevaban en el maillot el nombre de Ángel Arroyo, el gran ciclista de la tierra, y que se preparaban para seguir sus pasos. Eran Lastras, Mancebo, Navas, Sastre -que acabó convirtiéndose en cuñado del Chava al casarse con su hermana- y Curro García. "El Chava era por entonces el capo y para mí lo ha seguido siendo siempre, el Chava siempre será el capo", recordaba ayer Lastras. "Y todavía me acuerdo de que cuando ganó la Subida a Urkiola nos cruzamos con él en la carretera, nosotros, de 19 años, que volvíamos de correr la Vuelta a Pamplona juvenil, nos vió y cruzó su coche, su ford escort blanco en medió de la autovía y nos hizo parar. Y nosotros, felices".

El Chava ganó nueve etapas de la Vuelta, todas con final en alto, y una Volta a Catalunya, y un campeonato de España, y una Clásica de los Alpes, y etapas en la Dauphiné, en Asturias. Ganó mucho, menos de lo que podría haber ganado, e hizo feliz a mucha gente. Él, que nunca ha negado que como ciclista ha sido egoísta y pillo, sólo la gozaba sobre la bicicleta cuando pensaba en la afición, cuando presentía cómo sería su llegada a meta, su brazo en alto, el puño, y los niños, y los autógrafos. Era el único altruismo que se permitía, el altruismo de la fantasía.

"Pero el Chava tenía un problema", dice Eusebio Unzue, su director, "el problema de que no le costaba nada hacer las cosas bien. Te decía, 'tú, Eusebio, tranquilo, que te gano tres etapas, pero déjame tranquilo, déjame ir a mi bola'. Y él era tan bueno que siendo tan irrespetuoso con su profesión fue capaz de hacer grandes cosas. Descubrió que no necesitaba ser serio ni metódico ni trabajador ni nada".

"Yo no sé por qué soy ciclista", decía El Chava en una entrevista, "será quizás porque siempre se me dio bien desde el principio, será porque me sale todo muy fácil, porque me pongo en forma enseguida. Pero también sé que sólo me esfuerzo cuando sé que voy a ganar, si no, no tiene sentido esforzarse. Por eso nunca he sido ciclista de todo un año".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de diciembre de 2003