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Reportaje:La desaparición de un ciclista carismático

La última pedalada del Chava

El gran escalador abulense sufre un ataque al corazón mientras enseñaba unas fotografías a sus compañeros

Hace una semana, el domingo pasado, a David Navas le despertó de la siesta una voz que hacía meses que no oía así, con chispa, con alegría. Era la voz de toda la vida, la voz de antes de su amigo El Chava, de José María Jiménez, el ciclista de El Barraco (Ávila). "Oí su voz, esa voz, esa forma de entrar en casa dando un portazo fuerte, con energía, como había entrado siempre, como hacía meses que no le oía entrar, y di un bote en la cama. Me levanté contentísimo y fui corriendo a hablar con él", dice Navas, ciclista también, su amigo de siempre, compañero de entrenamientos, bollos y coca-colas a mitad de camino por los pueblos abulenses. Habló con él, con el Chava; se tomó un café y lo que le dijo estaba a tono con su voz, con sus eternas promesas, con su optimismo de siempre: "Que me voy a la clínica, que ya no me drogo, que voy a salir adelante, que tengo ganas de ser el de antes, que cuando hables con José Miguel pregúntale si hay algo en el futuro, que quiero volver, que a lo mejor puedo".

"Ha muerto como vivió. Al ataque y de repente", dice Antonia, la madre

"No iré a un equipo que me ponga dos guardas jurados para controlarme", decía el corredor

A Navas ni le dio tiempo a hablar con José Miguel, con Echávarri, el director del Banesto de toda la vida del Chava. A Navas, el optimismo, la fe, la alegría, le han durado una semana. Ayer, a él, a todo el mundo, le despertaba la noticia de la muerte del Chava. Su corazón, hipertrofiado por años de vida y esfuerzo de ciclista profesional, debilitado por años de abuso de alcohol y cocaína, engañado por el brutal deseo de autodestrucción que había llevado al escalador al abismo, sucumbió definitivamente por la noche, mientras enseñaba unas fotografías a sus compañeros de la clínica de desintoxicación. "Me duele mucho una muela. Apagad la televisión, por favor", pidió poco antes de morir. Así se lo contó su viuda, Azucena, con quien se había casado en mayo, a todos sus compañeros de equipo. Las asistencias del Samur intentaron inútilmente reanimarlo. Sólo tenía 32 años.

"Ha muerto como vivió. Al ataque y de repente", dijo ayer su madre, Antonia.

A Navas le dejó tan hundido la noticia que no salió de su casa en todo el día. Por la tarde, para aliviar la tensión, para lograr que la cabeza dejara de darle vueltas, se subió al rodillo y empezó a sudar. Pero siguió pensando. Las injusticias de la vida, la oportunidad negada, la rapidez con que todo ocurre...: "Hace dos años, ganando etapas, y ahora... Si se hubiera muerto hace mes y medio, cuando estaba mal de verdad...".

Cuando estaba mal de verdad, cuando no quería salir, cuando pesaba 120 kilos, él, que, como ciclista, andaba siempre por los 70; cuando, por la noche, su gente estaba siempre pendiente de que no les llamaran de algún antro para que fueran a recogerlo, inconsciente.

El Chava llevaba en la sangre la semilla de la autodestrucción. Fue un personaje exagerado en todos los sentidos. Para lo bueno y lo malo. El último ídolo del ciclismo español. Su punto de comparación habría sido el torero Curro Romero, el de las tardes de gloria, el de las grandes espantás, refractario al sentido común, convencido de la grandeza de su personaje, obediente sólo a unos designios fuera del alcance de los demás. Un personalidad disocial, sin sentido de la responsabilidad, con una fuerte inclinación narcisista, de autoadmiración, un consumista puro y rápido.

Si le hubiera gustado el ciclismo, si se hubiese empapado de la leyenda de su deporte, podría haberse sentido orgulloso de pertenecer a la estirpe de José Manuel Fuente o Luis Ocaña, las dos últimas figuras trágicas. Pero el Chava era otra cosa.

"Tengo un par de ofertas alucinantes. Me ofrecen mucho más dinero que aquí, en el Banesto", comentaba a sus compañeros en 1998, el año en que más carreras ganó, el año en que se convirtió en el icono de los niños de toda España; "pero no me voy a mover de aquí, no voy a ir a un equipo que me ponga dos guardas jurados en la puerta de la habitación para controlarme. Quiero vivir la vida. Quiero vivir la vida, disfrutarla ahora que sólo tengo 25 o 30 años, no cuando cargue ya con los 70".

Echávarri empieza a hablar y el llanto le corta la voz. Cuelga el teléfono. No puede aguantar, resistir. Vuelve a hablar: "Lo que más me fastidia es no haberme equivocado. Lo que más me fastidia es haber acertado, haber previsto todo lo que iba a pasar, haberlo sabido hace cuatro años. Lo que más me fastidia es que todos lo sabíamos y nadie ha podido hacer nada. Porque estaba escrito en su sangre, en sus genes, en su forma exagerada de encarar la vida, que iba a morir joven".

Echávarri, el director de siempre del Chava, empezó a asustarse de verdad en el invierno de 2001, unos meses en los que llamadas anónimas y de amigos de la zona de Ávila le despertaban todas las mañanas para referirle la última burrada del Chava, su última juerga.

El Chava, el ciclista que siempre había sido un un jeta simpático y chistoso, indisciplinado y todo lo que fuera; el escalador de talento que nunca había tomado en serio el ciclismo, que nunca había hecho su profesión al ciento por ciento, el incontrolable pero dentro de un orden, había dado un peligroso paso adelante. Andaba a la deriva.

La caída se hizo pública, aunque disfrazada de crisis nerviosa, de depresión de campeón, en febrero de 2002. Se hizo pública cuando el Chava hizo su primer intento serio de salir de la miseria, cuando se puso en manos de un psiquiatra, cuando se perdió en plan turismo rural con Azucena, su novia de toda la vida; cuando se refugió dos semanas en el hotel del ex ciclista Lale Cubino, en Béjar (Salamanca), al pie de La Covatilla, hasta donde se llevó su bicicleta y su maillot, donde, hinchado por la medicación, por los antidepresivos, lograba recorrer diez kilómetros y sudaba y se sentía un héroe de nuevo.

Y cuando se sentía querido y animado, cuando creía que toda la afición estaba con él, cuando aceptaba internarse en una clínica de desintoxicación de la que, siempre su estilo, único, se escapaba de vez en cuando al burger king de la esquina para comprar hamburguesas a todos sus compañeros, cuando se compró una finca en Pedro Bernardo (Ávila) y soñó con montar una residencia de ancianos, cuando cogía el teléfono y sus amigos sospechaban que estaba en un raro momento de lucidez y que había futuro, cuando no lo cogía y todos sospechaban, todos sabían, que... nada, que no había nada que hacer, que no había futuro, que el futuro era El Chava triste, solo, perdido, abandonado.

"Esta llamada me la esperaba. Ha sido una muerte inevitable", concluyó Eusebio Unzue, director del Banesto; "él había elegido este camino".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de diciembre de 2003