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COLUMNA

Alianzas legítimas

La formación del nuevo Parlament deberá serenar los ánimos encrespados, colocar a todos frente a sus propias responsabilidades, restaurar desgarros. Permitirá pasar la página de esta prórroga de la campaña electoral en que han consistido las maratonianas sesiones de negociación pública para formar Gobierno.

La ciudadanía puede dormir tranquila. Cualquier combinación que concite mayoría suficiente es legítima en términos democráticos. Lo es aunque su conveniencia sea materia opinable, distinta la densidad de sus apoyos parlamentarios o eventualmente incoherente cada fórmula con las respectivas promesas, ya de cambio, ya de relevo continuista.

En una elección de segundo grado, en que al presidente lo eligen los diputados y no directamente los votantes, la legitimidad descansa en el fiel de la balanza de la mayoría absoluta de escaños, 68 en este caso. En un paisaje tan reñido, no sólo rige el baremo primario de victoria fugaz -quién se erige en primera minoría-, sino sobre todo el criterio complejo de quién es capaz de fraguar una mayoría estable. Dicho de un brochazo, no manda quien gana, sino que, al final, gana quien gobierna.

Así, sería legítimo un frente nacionalista, aunque multiplicase el peligro de una fractura comunitaria, porque contaría con 69 escaños, uno más que la mayoría. Es legítima la izquierda plural, una alianza que tiene precedentes institucionales eficientes y una historia común en la oposición de la Ciutadella, porque agruparía 74 escaños. Y sería legítimo un tripartito ERC-PSC-CiU, con 111 eventuales apoyos, aunque resulte imposible por radical desestimiento de uno de sus posibles socios, el PSC.Erosionar directa o indirectamente, como algunos apuntan (al sugerir que los perdedores están robando la victoria al vencedor) y otros repican tamborilmente (en altavoces públicos o subvencionados), la legitimidad de cualquiera de esas fórmulas vulnera la regla democrática y mella el prestigio institucional de la Generalitat. ¿No les salen los colores a los hooligans de esta semana al recordar que el propio Artur Mas afirmaba el pasado 13 de abril: "Si podemos gobernar, aunque no seamos la lista más votada, lo haremos, pero esto no tendría que sorprender a nadie, y si no, fíjense en las coaliciones de Gobierno de Baleares o Aragón"? (La Vanguardia).

Mas logró un meritorio resultado al luchar contra el desgaste de 23 años, el trastorno que supone un cambio de liderazgo y la ventaja de partida de su primer rival, Pasqual Maragall. Su primogenitura en escaños le otorgaba un cierto derecho de preferencia para fraguar alianzas, confirmado por el desánimo inicial socialista.

Pero CiU ha acumulado errores de manual en la negociación. De entrada, mostró desconcierto al modificar su equipo, excluyendo a Mas, y perdió unos días preciosos en un puente, por otra parte merecido. De salida, el propio presidenciable esperó hasta el final de la prórroga a entablar diálogo con el depositario de la doble llave, el líder de Esquerra, Josep Lluís Carod Rovira, y declinó a favor de las izquierdas la iniciativa en la formación de la Mesa de la Cámara, abocándose a la soledad.

Entre medio, encajonó su estrategia negociadora en la mera rendición programática. Y abjuró de su propia obra de gobierno al aceptar la resurrección de la Corporación Metropolitana de Barcelona, al dar marcha atrás en las subvenciones a las escuelas de élite, y al asumir que eran necesarios nuevos mecanismos para garantizar la limpieza de la Administración, entre otras renuncias.

Con tanta cesión perseguía anular negativas basadas en discrepancias, cortocircuitar cualquier coartada que ayudase a Esquerra a confirmar su ubicación en el campo adversario. Correcto. Pero el tono defensivo del planteamiento resultaba evidente. Y la concomitante amenaza de acusar a los independentistas de entrega al españolismo, escasamente disuasiva a la luz del talón de Aquiles propio, el no tan lejano pacto de CiU con el PP de José María Aznar. Además, esta estrategia entreguista provocó el lógico recelo de los republicanos, nada olvidadizos de la sonriente succión que les perpetraron los aspiradores convergentes en los años ochenta.

Para más inri, el gran cañón Berta en la recámara de la federación, Jordi Pujol, se ha limitado a presionar al líder descarriado, ora considerado traidor a la patria nacionalista, ora adulado como su salvador, sin añadir nada sustancial, como lo sería -aunque se tratase de una operación suicida, a todas luces desproporcionada- la entrega de la presidencia. Todo indica que el temido cañón ha accionado hasta el momento como una pistola de agua.

A media partida, además, CiU cambió confusamente de planes, pasando de propugnar la alianza con Esquerra a asumir la fórmula de un tripartito con ésta y el PSC. Pero ni siquiera usó su preferencia para entablar diálogo directo con éste, algo realmente insólito entre tantas conversaciones cruzadas, en las que ha intervenido (al menos para configurar la Mesa de la Cámara) hasta un PP teóricamente tan extramuros del catalanismo.

Al contrario, estrategas y voceros subrayaron en tamborrada la necesidad de que Maragall se esfumase de la escena, culminando así la cruzada de descrédito personalísimo que se le practicó durante la campaña, y desde mucho antes. ¿Porque sus altas expectativas le habían colocado como derrotado? ¿O porque ha sido el único que desafió la hegemonía del pujolismo y la desafió con posibilidades, esto es, encarnando una alternativa acreditada en la alcaldía de Barcelona? Resulta extemporáneo proponer -desde los papeles- una alianza a un partido acompañándola de la invitación a que su líder dimita... y no caer en la cuenta de que a poco que se precie ese partido, no ya sólo quien lo encabece, recibirá la sugerencia como una afrenta global y reforzará su cohesión interna. ¿Por qué no conversaron y dejaron que el propio PSC decidiese qué hacer con sus asuntos y sus dirigentes?

Prefirieron intentar el puenteo con la cúpula del PSOE y algunos prestigiosos líderes históricos, según la secuencia que había funcionado en tiempos pujolistas de amos i masovers, pero que ya están periclitados. El cálculo era verosímil: sin el apoyo de CiU en el Congreso, José Luis Rodríguez Zapatero no sumaría escaños suficientes en la próxima primavera para desbancar al PP de Mariano Rajoy, y la combinación a secas del PSC con la independentista Esquerra, sin la tranquilizadora CiU, le resultaría fatal frente a unos populares en plena cruzada por esa unidad de España que ellos mismos dinamitan cada 24 horas.

Era verosímil, pero acabó de momento en fiasco. Porque olvidaba un pequeño detalle. A saber, que Zapatero y con él el PSOE realmente existente, ya había quemado sus naves de regreso. Se había comprometido, en la secuencia de actos más valiente y más potencialmente polémica de su trayectoria (muy teñida de pactismo a ultranza), a asumir el próximo Estatut surgido de la Ciutadella; a apoyar lo que negociase el PSC de Maragall; y a endosar el pacto de la izquierda plural catalana, incluyendo sus eventuales costes electorales derivados de las zafias acusaciones de aliarse con separatistas.

Mientras tanto, Esquerra afinaba sus expectativas de futuro. Se reafirmaba sin alharacas en la pretensión de reemplazar a CiU como formación hegemónica del ámbito nacionalista por encima de la opción de morder a unos socialistas desarticulados en la oposición. Consolidaba su intuición de que la cohesión nacional catalana depende del carácter transversal y no frentista del nuevo poder. Profundizaba en la vecindad programática, no exenta de esa discusión que aporta credibilidad, con el PSC. Y su líder, Carod Rovira, se lanzaba a la piscina empresarial de Madrid como pez en el agua, reincorporaba también a su mochila la estrategia federal (como paso intermedio) y revisitaba las alianzas de la Esquerra histórica.

Esto ocurrió, va ocurriendo. Estos son los mimbres de lo que hay. De la cesta ya bastante tejida que habrá, ojalá que civilizadamente: sin aniquilamiento de nadie. Si no sucede un terremoto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de diciembre de 2003