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Reportaje:

Carod-Rovira, "catalán y punto"

El político que decidirá quién es el próximo presidente de la Generalitat es un independentista hijo de aragonés y catalana

Josep Lluís Carod-Rovira, el independentista catalán que tiene en sus manos decidir quién será el próximo presidente de la Generalitat, es un político con muchos de los rasgos precisos para inquietar a la opinión pública española. La suya es la biografía de un rupturista, un político que votó contra la Constitución y consideró el Estatuto de Autonomía como una renuncia a demasiados principios y que, todavía ahora, explica a menudo que Cataluña "hizo mal la transición". Aunque, como se verá, los años no pasan en balde.

Quizá lo más llamativo de Carod sea que se define a sí mismo como "catalán, y punto". Proclama que su nación es la que habla catalán; es decir, no sólo la estricta Cataluña del Principado, sino también la del Rosellón, Valencia y las islas Baleares. En 1978 firmó el manifiesto Contra la Constitución Española, cuyo principal argumento era que "los catalanes no son españoles" y el rechazo al artículo 145, que prohíbe la federación de comunidades autónomas.

El empeño de Carod es superar la oposición entre nacionalismo y progresismo

Pero no es sólo esto. Carod es un republicano en un país organizado como una monarquía constitucional. Y desde 1996 es el secretario general de un partido, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que, por no renunciar a serlo, no pudo concurrir con sus siglas históricas a las primeras elecciones convocadas tras el franquismo, las de 1977.

A todo esto se añade todavía que el propio Carod presume en conferencias y mítines de ser un ejemplar atípico en la mesocrática élite política catalana. No es un producto de la clase media. Nacido en 1952 en una familia humilde de Cambrils (Tarragona), hijo de padre inmigrado de Aragón tras la Guerra Civil y de madre catalana, no ha habido mitin en la reciente campaña electoral en el que no reivindicara su origen de clase popular. Su padre era un trabajador del puerto de Cambrils, y antes había sido carabinero, y cuando el cuerpo fue integrado en la Guardia Civil, fue guardia civil. La familia de la madre tenía un estanco. Cursó sus primeros estudios en una escuela pública, primero, y luego en el seminario de Tarragona, cuando ésta era casi la única vía para hacer el bachillerato abierta a los vástagos de familias que no podían pagar colegios privados.

La trayectoria política juvenil de Carod siguió la evolución de los pequeños partidos nacionalistas e izquierdistas que, tras los años de activismo contra la dictadura, no pudieron superar la condición de extraparlamentarios. Siendo estudiante de filología catalana en la Universidad de Barcelona ingresó en 1971 en el Partit Socialista d'Alliberament Nacional (PSAN). Luego pasó sucesivamente al Moviment d'Unificació Marxista (MUM), al Bloc Català de Treballadors (BCT), al Bloc d'Esquerra d'Alliberament Nacional (BEAN), a Nacionalistes d'Esquerres (NE), y a Entesa de l'Esquerra Catalana (ENE).

El largo itinerario por esta ensalada de siglas desembocó en 1987 en el ingreso en Esquerra junto con otro activista del independentismo, Àngel Colom, y un grupo de nacionalistas cansados ya de moverse siempre en lo que fatalmente era el mundo de los grupúsculos.

Pero las luchas políticas juveniles fueron una excelente escuela para Carod, además de una gran diversión. Estuvo durante un mes en la cárcel en 1973, junto con 113 dirigentes de la Assemblea de Catalunya, la gran organización unitaria de los últimos años del antifranquismo. En ella convivió con primeras figuras de la política catalana: el abogado comunista Josep Solé Barberà; Jordi Carbonell, hoy presidente de Esquerra; el socialista Raimon Obiols, y el que poco después sería uno de los fundadores de Convergència, Miquel Sellarès, entre muchos otros.

En Esquerra, Carod consiguió su primera acta como diputado autonómico en 1988, y

pronto se vio que era un orador de gran eficacia. Su primer golpe parlamentario fue conseguir la aprobación, en 1989, de una resolución de la Cámara que proclamaba que Cataluña no renuncia al ejercicio del derecho de autodeterminación.

Como buen licenciado en filología, lo suyo es la palabra, y como tal, sus primeros trabajos fueron dar clases de catalán. Fue presidente de Òmnium Cultural en Tarragona, trabajó como técnico de planificación lingüística de la Generalitat y entre 1982 y 1984 fue delegado del Departamento de Cultura del Gobierno catalán en la provincia de Tarragona, cuando el titular del departamento era Max Cahner.

Casado en 1973 con Teresa Comas, con quien tiene tres hijos, Carod mantiene como un prurito personal el hecho de residir en Tarragona, pese a que su trabajo como secretario general está en Barcelona. Aunque la agenda de un líder político no deja muchos huecos, también mantiene su pasión lectora, que le ha llevado a crear una biblioteca con 15.000 ejemplares.

Haberse curtido en mil y una batallas de partido le serviría para superar entre 1987 y 1996 las turbulencias que agitaron a Esquerra. El dominio de la oratoria, sus vibrantes mítines y la experiencia como diputado le convirtieron en el dirigente mejor situado para asumir el liderazgo del partido en 1996, después de que la deriva errática de Colom desembocara en una aguda crisis de identidad y una grave ruptura que lo puso al borde del desastre.

En octubre de 1996, Àngel Colom y Pilar Rahola abandonaron ERC y fundaron el Partit per la Independència (PI), y un mes después Carod fue elegido secretario general de Esquerra. En poco tiempo pacificó el partido y emprendió la tarea de convertirlo en algo más que una versión radical del pujolismo. No era fácil, porque desde 1980 Esquerra había estado dominada por quienes, encabezados por Heribert Barrera, consideraban un acierto haber dado la presidencia de la Generalitat a Jordi Pujol en 1980, a pesar de que en el Parlamento catalán había una mayoría de izquierdas. En apoyo de Pujol formaron una mayoría parlamentaria con los ex franquistas de la UCD, con CiU y la propia Esquerra.

Aquella decisión de Esquerra, que inauguró los 23 años de gobiernos de Pujol, hizo recaer sobre ella la acusación de que era efectivamente nacionalista, pero no de izquierdas. Contra este lastre comenzó a luchar Carod desde la secretaría general, alejando a Esquerra de Convergència y del pujolismo, aunque siempre con escrupuloso cuidado de no caer en brazos del otro polo de la política catalana, el Partit dels Socialistes (PSC).

Fue la política de equidistancia, que se ha revelado sumamente rentable para Esquerra. Pero para Carod es algo más. Es el intento de articular un proyecto nacional y progresista a la vez, que catapulte a su partido, y a él, a la presidencia de la Generalitat. Si no ahora, dentro de cuatro años.

Para conseguirlo ha recuperado una formulación republicana del catalanismo, basada en valores cívicos, "que no se fija en los apellidos, no pregunta a nadie por su origen ni por la lengua que habla en casa", superadora del nacionalismo identitario de Pujol, basado en la lengua, la historia y la cultura.

En esta evolución, que persigue abrir su espacio político-electoral a los catalanes nacidos en otras partes de España, única forma de lograr grandes mayorías, Carod ha hecho suya la idea de las identidades nacionales compartidas. Ha asumido que el viejo eslogan independentista según el cual los catalanes no son españoles ya no responde a la realidad de Cataluña, donde hay ciudadanos que se sienten a un tiempo catalanes y españoles, catalanes y andaluces, catalanes y argentinos, catalanes y magrebíes, etcétera. Aunque siempre advierte que no es su caso -que se engloba entre quienes se consideran sólo catalanes-, proclama que no se debe obligar a nadie a renunciar a su identidad para adoptar otra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 23 de noviembre de 2003