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Crítica:

La Europa de la virtud

Después del monumental balance sobre el siglo XX realizado en Memoria del mal, tentación del bien, Tzvetan Todorov indaga sobre las causas y las consecuencias de la reciente guerra del Golfo en El nuevo desorden mundial. Como suele ser habitual en sus últimos trabajos, Todorov demuestra una extraordinaria agudeza a la hora de diseccionar discursos políticos e intelectuales que, en momentos decisivos como los que hoy se viven, gozan de una amplia y despreocupada aceptación. En este sentido, El nuevo desorden mundial no puede defraudar a quienes esperan de Todorov una crítica minuciosa de los argumentos empleados para invadir Irak, realizada desde una tradición liberal a la que tanto ha contribuido desde su obra ensayística.

EL NUEVO DESORDEN MUNDIAL

Tzvetan Todorov

Traducción de Zoraida de Torres Burgos

Península. Barcelona, 2003

144 páginas. 13 euros

Frente a las especulaciones que han buscado las verdaderas razones de la guerra en turbias conspiraciones palaciegas o en irrefrenables intereses económicos, tentados por la magnitud de las reservas petrolíferas iraquíes, Todorov propone, simplemente, dar crédito a las declaraciones públicas de Bush y de su entorno. De esta manera, no sólo se evita el riesgo de sucumbir a la tentación de las teorías conspirativas de la historia, sino que, además, se propicia un análisis de mayor calado: el de desentrañar los presupuestos ideológicos desde los que actúa el equipo dirigente del país más poderoso del planeta. Todorov escribe páginas certeras acerca de la continuidad entre la lógica milenarista de algunas sectas religiosas de la antigüedad, los intentos de exportar la civilización a través de la empresa colonizadora, la promesa comunista de construir el paraíso en la tierra y, finalmente, el actual proyecto norteamericano de extender militarmente la democracia por el mundo. Los devastadores efectos de cada uno de estos episodios pueden resumirse en el hecho de que, por un camino o por otro, siempre acaban en lo mismo: en el sacrificio de los individuos concretos en favor de las abstracciones. Desde esta perspectiva, y siempre según Todorov, "democracia", "libertad" o "prosperidad" no han operado en la preparación de la guerra contra Irak de manera distinta a como lo hicieron durante el socialismo real los conceptos de "revolución", "comunismo" o "sociedad sin clases".

Es precisamente la lucidez

de éstos y similares juicios, rematados por la idea de que la democracia no es un sistema "virtuoso", sino un sistema de reglas formuladas con la ambición de garantizar la libertad individual, lo que produce mayor desconcierto al abordar la lectura de la segunda parte de El nuevo desorden mundial, la que Todorov aborda como "reflexiones de un europeo". En primer lugar, la simple sugerencia de adoptar como objetivo de la Europa unida el de convertirse en una "potencia tranquila" parece incurrir en el mismo error que Todorov subraya en algunas concepciones de la democracia: ¿qué argumentos pueden justificar el que, a diferencia de ésta, Europa sí deba configurarse como un sistema "virtuoso", como un espacio de la virtud, y no como un sistema de reglas que garanticen mayor libertad individual que cada Estado nacional por separado? El desconcierto se acentúa cuando, ya hacia las últimas páginas de su ensayo, Todorov desgrana un rápido inventario de "valores" europeos -casi podría hablarse de "virtudes" europeas-, elaborando una nómina aproximativa que abarca desde la libertad individual hasta el laicismo, pasando por la racionalidad o la justicia.

El intento de construir el espacio político europeo a partir de un listado, sea el que sea, corre el riesgo de convertir Europa en una abstracción en cuyo nombre se puede acabar sacrificando a los individuos concretos, lo mismo que sucedió con las ideas de "sociedad sin clases" o de "democracia". Lejos de conjurar ese eventual riesgo, la somera explicación que Todorov ofrece de cada uno de los "valores" enumerados parece confirmarlo, porque al remitirlos una y otra vez a la herencia clásica deja entender dos cosas: la primera, que Grecia y Roma fueron sus creadores desde la nada, algo que no se corresponde con la realidad; la segunda, que la herencia clásica es monopolio exclusivo de Europa, algo que no es una constatación sino un proyecto político tan sectario como persistente, iniciado en el Renacimiento y nunca hasta nuestros días enteramente abandonado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de noviembre de 2003

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